“Obama es considerado un visionario en la escena política. Pero también tiene tendencias minimalistas muy significativas”
Respecto de la campaña para la nominación por el Partido Demócrata, las apuestas favorecen actualmente, y por un margen de 85 a 15, al senador Barack Obama sobre su colega Hillary Clinton. Y respecto de las probabilidades relativas para ganar la presidencia en las elecciones, éstas actualmente son 50-10-40 para los candidatos Obama-Clinton -John McCain, respectivamente. La del próximo noviembre será la primera elección presidencial a realizarse en Estados Unidos entre dos senadores. El 22 de abril se celebraron las elecciones primarias en el estado de Pensilvania, un reducto clintoniano donde la candidata tuvo, en algún momento, más de 20 puntos de ventaja sobre su competidor. Al cierre de esta edición, los resultados favorecían a Clinton, pero Obama había logrado reducir la diferencia. Clinton necesitaba ganar esta primaria por más de 10 puntos para permanecer en carrera. El haberlo logrado podría constituir una suerte de “maldición cósmica” en contra de los demócratas y en favor de McCain, en vista de la resquebrajada unidad partidaria demócrata. La alternativa de Clinton sería renunciar a la candidatura y consolidar el rol que ella misma podría desempeñar en un eventual gobierno de Obama: el liderazgo virtual del Senado.
En una presentación televisiva sobre su libro La audacia de la esperanza, hace apenas menos de dos años, cuando a Obama le preguntaron cómo definía su rol en la Cámara Alta, el candidato respondió con humildad risueña: “Yo soy el senador 98 (en antigüedad, un criterio rector en el Senado); por ello, por ahora, lo que hago es tajar los lápices”. Que el senador “tajador de lápices” haya terminado convirtiéndose, a los 45 años, en el candidato con más opción para ser elegido presidente de Estados Unidos constituye un fenómeno político singular, especialmente en un país de maquinarias partidarias tan consolidadas.
Aparte de por sus libros, ambos autobiográficos, Obama destacó en su carrera por su trabajo de organizador en comunidades sociales en la ciudad de Chicago. Esta labor de base, y los textos de sus memorias, encajan bien con su reclamo por cambios en la política estadounidense. Pero también, en paralelo, durante esos años él fue profesor de derecho constitucional en la prestigiosa Universidad de Chicago. Cass Sunstein, colega docente de Obama por entonces, publicó recientemente un artículo en The New Republic que pretendía explicar las razones que hacían del candidato un personaje tan especial e inédito en la política norteamericana.
Según Sunstein, en una sociedad como Estados Unidos que se rige por la jurisprudencia de la ley común (common law), y especialmente en temas referidos a la interpretación constitucional, suele haber dos tipos de jueces: los minimalistas y los visionarios. Los minimalistas son aquellos que buscan el consenso y las interpretaciones parciales y pragmáticas; y que, por otro lado, descartan las abstracciones, las ideologías simples y las grandes teorías; por ello, tienden a respetar las tradiciones y se resisten a modificar éstas a la ligera, o sin un análisis cuidadoso que sea suficientemente plural. En disputas sobre temas como, por ejemplo, la libertad religiosa, prefieren interpretaciones que puedan ser aceptadas tanto por creyentes como por no creyentes. Muy ocasionalmente, los minimalistas pueden ser inducidos a pensar en grande y abandonar el statu quo, pero sólo después de aprender, acomodar e integrar distintas perspectivas al problema.
Los visionarios, en contraste, tienen una perspectiva amplia de hacia dónde la sociedad debería encaminarse. Pueden estar dispuestos a sostener posiciones absolutas respecto a valores como la libertad o la igualdad, al margen de la popularidad de las mismas. Los visionarios critican a los minimalistas por demasiado prudentes y acomodaticios.
Obama es considerado un visionario en la escena política por su insistencia en el cambio y su motivadora retórica. Pero también tiene –según Sunstein– tendencias minimalistas muy significativas. En su discurso después de su primera victoria en Iowa, el candidato insistió en que era importante que cualquier presidente “escuchara y aprendiera” de aquellos que no estaban de acuerdo con él. En La audacia de la esperanza, reclama una política que acepte “la posibilidad de que la otra parte pueda, en algunos casos, tener argumentos válidos”.
Como cualquier minimalista, Obama considera que el verdadero cambio requiere de consenso, aprendizaje y acomodo, usualmente malas palabras en la mente de los visionarios. Por ello, por ejemplo, aunque postula una política radical respecto del cambio climático, también se interesa por la energía nuclear y una “estrategia de mercado que reduzca gradualmente las emisiones nocivas de la manera más económica”. A diferencia de la mayoría de los demócratas, reconoce que aumentos significativos en el salario mínimo “desincentiva a las empresas a generar más empleos”.
Esta curiosa mezcla de visionario-minimalista es bastante inédita en la política de Estados Unidos. Ella vuelve eventualmente más creíble su promesa de cambio. Su mensaje es unificador y, por lo tanto, capaz de pensar en grande. Por encima de todo, Obama rechaza el sectarismo político. Es alguien que llamaría a republicanos e independientes al gobierno. Argumenta que muchos norteamericanos no distinguen bien entre los argumentos de la derecha y la izquierda, entre los conservadores y liberales; y demanda de los políticos que se adapten a esa realidad. Su atractivo entre independientes y republicanos proviene del hecho de que siempre respeta y no pocas veces acepta el derecho de los demás a sus compromisos más arraigados. Por ello resulta, a la vez, el candidato del cambio y de la reconciliación.Normas de uso:
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