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La decadencia de Francia

Edición de Mayo 2007

En vísperas de las recientes elecciones francesas, el presidente del Instituto Jean-Jacques Rousseau de París, Michel Gurfinkiel, escribe un artículo en Commentary titulado: ¿Puede Francia ser salvada? (del cual se recoge algunos de los datos demográficos para este artículo). El deterioro previsto para uno de los estados más antiguos de Europa –que por varias épocas ejerció el liderazgo mundial en ciencia, tecnología, finanzas, cultura, arte y literatura– ha sido materia de libros recientes, todos ellos éxitos de librería, por escritores franceses de muy diversa ideología: Nicolas Baverez, Jacques Marseille, Michel Godet, Claude Allègre y Louis Chauvel.

           

Francia, como pocos países en el mundo, se sintió muy segura de su destino histórico y de su identidad nacional. Aunque nunca ganó un concurso de estabilidad política –14 constituciones, 3 dinastías reales, 5 repúblicas y unas 50 crisis revolucionarias, desde la toma de la Bastilla hasta las revueltas suburbanas de 2005– su sociedad siempre fue vista como una sólida y estable. Las novelas del siglo XIX la describen como una en la cual la familia cumplía un rol muy relevante. Si bien el código napoleónico permitió el divorcio, éste era difícil de obtener; asimismo, la ley tradicionalmente daba preferencia en la herencia a los hijos dentro del matrimonio y otorgaba mayor autoridad a los padres que a las madres.

           

La burocracia estatal –incluyendo a la fuerza armada– contaba, hasta hace poco, con un elevado prestigio social. El sistema educativo era envidiado en todo el mundo. Un gobierno secular y una minoría importante de librepensadores coexistían con una mayoría ampliamente católica. Los pequeños agricultores constituían una clase social relevante y muy peculiar. También existía una importante clase obrera, con una subcultura socialista o comunista. Pero lo que solía dominar era una amplia clase media que compartía una educación y cultura comunes y que estaba comprometida con la preservación de su herencia nacional.     


En 1789, Francia contaba con una población de 27 millones, la mayor de Europa, y su agricultura era la más rica. Durante el siglo XIX, su población aumentó en sólo 30 por ciento. Después de la Segunda Guerra Mundial sí hubo una expansión demográfica relativa; a un punto tal que, durante el gobierno del general Charles de Gaulle, se jugaba con la proyección de que Francia contaría con 100 millones de habitantes para el 2000. La realidad fue que la población se ha estabilizado en 63 millones. Y, de cada cuatro, uno tiene más de 60 años. Seis millones de inmigrantes, casi todos islámicos, se han instalado en Francia durante los últimos 30 años. Y los inmigrantes ilegales suman algo más que eso. En promedio, los inmigrantes son mucho más jóvenes que los franceses y propensos a tener más hijos, por lo que la proporción de neofranceses en la población de Francia aumentará significativamente para 2050.

           

Más que en otras sociedades, la familia como célula social sufre en Francia de una aguda crisis. La tasa de divorcios, por ejemplo, ha crecido de 12 por ciento en 1970 a 40 por ciento en 2005. Actualmente, una de cada cinco parejas de franceses convive, una de cada tres madres vive sola y los hijos de parejas no casadas suman el 40 por ciento del total. Por otro lado, la población que se declara católica se ha reducido al 51 por ciento; y apenas un tercio de ellos  se considera católico observante.  

           

El estado, por su parte, ha crecido desordenadamente. La educación se ha deteriorado. Los profesores en los colegios resultan muchas veces incapaces para hacer frente a las pandillas. Un informe reciente preparado por el gobierno chino no califica a universidad francesa alguna entre las 100 mejores del mundo. La misma París, la eterna “ciudad de las luces”, tiene hoy dificultades para competir con Londres, Bruselas, Ámsterdam, Berlín, Milán y Barcelona. El índice de criminalidad –crímenes reportados respeto de población– ha aumentado de 12 por ciento en 1960 a 60 por ciento en 1980 y 70 por ciento en 2000.    

           

Por cierto que Francia sigue siendo uno de los países más ricos del planeta. Su PBI es de US$2.2 millones de millones y el per cápita supera US$30,000 anual. Pero la economía está estancada y la innovación es muy limitada. Varias de las principales empresas francesas se están mudando a otros países; Renault, por ejemplo, acaba de trasladarse a Holanda. La actual tasa de desempleo en Francia es el doble que en Inglaterra, Estados Unidos o Japón. Y, entre la población con menos de 24 años, alcanza el 22 por ciento.

           
Tocqueville afirmó que la revolución de 1789, en vez de destruir la naturaleza monárquica del estado francés, la reforzó. Mientras Inglaterra se convertía en una monarquía democrática, Francia se volvió una república imperial. En el último medio siglo, su refinada burocracia hace frente a las urgencias de la sociedad esencialmente haciendo crecer el gasto público y la deuda estatal. No se sabe aún si el nuevo presidente tendrá la capacidad para innovar y proponer a su sociedad las importantes reformas que permitirían sacar a Francia de su actual tendencia al deterioro.

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