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Estados Unidos y América Latina

Edición de Febrero 2007

F. Lowenthal, quien fuera fundador del Diálogo Interamericano y del Programa para América Latina en el Wilson Center for Scholars, ha publicado en la reciente edición de Foreign Affairs en Español, un artículo con sus impresiones sobre las relaciones hemisféricas a inicios del siglo XXI.

           

La asimetría de poder entre Estados Unidos y los países de la región es la principal constante que se mantiene en las relaciones hemisféricas desde la Segunda Guerra Mundial. Y, en su mayoría, los países de América Latina siguen siendo muy vulnerables a tendencias, acontecimientos y decisiones que les son exógenos. Para Lowenthal,  Brasil, Cuba, Chile y, más recientemente, Venezuela constituirían importantes excepciones a ello.

           

Por otro lado, cada vez le es más difícil a Estados Unidos coordinar o controlar una política integral para con la región. En parte porque América Latina tiene poca presencia en la pantalla del radar de la política estadounidense y, por tanto, las decisiones del gobierno de  Washington para con la región obedecen a una confluencia, a veces contradictoria, de opiniones, sectores, grupos y regiones. Lowenthal considera irónico que la era de cumbres hemisféricas haya florecido justamente cuando resulta menos posible que ellas sean fructíferas en establecer políticas comunes de alcance regional.

           

Asimismo, en el mundo globalizado de hoy, la importancia relativa de los sectores no gubernamentales –empresariales, sindicales, prensa, ONG de todo tipo– vis-à-vis las burocracias estatales tradicionales ha aumentado. En algunas circunstancias, Human Rights Watch podría resultar ser más poderosa que el Pentágono, afirma Lowenthal. Y la clasificadora de riesgos Moody’s más influyente que la CIA. Y el Foro Económico Mundial de Davos más relevante que la OEA.

           

Por último, si hasta hace 30 años la política norteamericana para la región se resolvía predominantemente entre el Departamento de Estado, el Pentágono y la CIA, actualmente el número de agencias participantes se ha multiplicado: el departamento del Tesoro, la Reserva Federal, la Oficina de Representación Comercial, la Agencia Antidrogas y tantas otras, tienen un rol comparativo creciente. Hay temas –como el de la migración, por ejemplo– en los que los gobernadores de California, Texas y Florida pueden tener más que decir que muchos altos funcionarios de Washington y otros en los que el Congreso resulta más determinante que la Casa Blanca.

           

Lowenthal, de otro lado, distingue a los países latinoamericanos sobre la base de cinco dimensiones: 1) la naturaleza y el grado de interdependencia económica y demográfica con Estados Unidos, 2) la medida en que los países se han abierto a la economía mundial, 3) la fuerza relativa de sus instituciones, tanto estatales como no gubernamentales, 4) el predominio y solidez de las normas y prácticas democráticas, y 5) para aquellos países con grandes poblaciones indígenas, la manera en que las naciones enfrentan el desafío de su integración e inclusión.

           

Con tales referencias, Lowenthal distingue siete subregiones: Brasil, Chile, Argentina y el resto del Mercosur, México, América Central, el Caribe, y lo que llama el Arco Andino (aunque reconoce que, para muchos propósitos, éste requiere de una diferenciación). Respecto de Brasil, Lowenthal se muestra bastante optimista. Considera que su sociedad y economía se desempeñan cada vez mejor. Lo ve a la cabeza en el activismo e influencia de los países del Sur global, trabajando estrechamente con países como India y Sudáfrica. Pronostica que, en el futuro, Brasil va a desempeñar un rol más gravitante en las Naciones Unidas.

           

De otro lado, resalta a Chile como el país latinoamericano más comprometido con la economía mundial, el que cuenta con las instituciones más articuladas y la cultura democrática más sólida. Ello le permite ejercer un “poder blando” significativo a escala regional y con Estados Unidos.

           

Argentina, en cambio, es vista por Lowenthal como enfrentando grandes dificultades en la construcción de consensos sociales, en el fortalecimiento de sus instituciones, la apertura de su economía y el logro de un futuro más predecible. Por ello, considera probable que Argentina no vaya a contar con mucha empatía de Estados Unidos, independientemente de quien gobierne en Washington o Buenos Aires.     

           

México, América Central y el Caribe –aunque constituyen hoy tres subregiones distintas– tienen en común su acelerada integración comercial, demográfica y financiera con Estados Unidos. Lowenthal estima que, en el curso de los próximos 25 años, van a ser absorbidos plenamente dentro de la órbita de Estados Unidos. Asimismo, agrega que, con el tiempo, estas tendencias incluirán también a Cuba.

           

Para Lowenthal todos los países andinos, en grado variable pero preocupante, enfrentan desafíos de gobernabilidad, debilidad institucional, elevada pobreza y escasa integración de poblaciones indígenas que se vuelven más demandantes. En el caso específico del Perú, señala que el triunfo en primera vuelta de candidatos antisistema durante las tres últimas elecciones generales constituye una expresión de inestabilidad preocupante.

           

El autor concluye que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina seguirán siendo muy complejas, principalmente bilaterales, de múltiples facetas, ocasionalmente contradictorias, y muy difíciles de resumir en fraseos amplios o en paradigmas simples.

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