El libro más reciente del senador Barack Obama –The Audacity of Hope– ha encabezado, por varias semanas, la lista de los más vendidos en Estados Unidos. En su gira para promoverlo nacionalmente, el senador ha sido recibido por miles en cada ciudad, quienes han pagado no poco dinero en entradas para escucharlo y verlo en teatros y estadios. Al comentarlo, el crítico de The New York Review of Books utiliza el concepto “fenómeno”, un término que en su raíz griega original tiene dos acepciones: “aparición” y “fantasía”. Ambos le vienen bien a Obama, quien surgió súbitamente al estrellato en julio del 2004 cuando, siendo apenas un candidato a la senaduría por Illinois, tuvo a su cargo uno de los discursos principales de la Convención Demócrata en Boston. Resultó una verdadera “aparición” de una nueva figura en la escena política estadounidense.
En esencia, ¿quién es Barack Obama y qué representa? La historia del carismático senador cuarentón es una muy especial: hijo de un economista de Kenya y de una madre blanca oriunda de Kansas, sus padres se divorciaron cuando él contaba con apenas dos años. Su padre regresó a África, a participar en la política de su país, donde fue injustamente maltratado. Entre los 6 y 10 años, Obama vivió en Indonesia con su madre, quien se volvió a casar con un oriundo de ese país. Luego volvió a EEUU con ella y una hermana menor, porque su madre quiso regresar a estudiar una maestría. Pero cuando ella retornó a Indonesia, Obama se quedó en Hawai viviendo en casa de sus abuelos. Allí asistió a un colegio privado de clase media alta. Fue luego a la Universidad de Columbia en Nueva York. Al graduarse, se mudó a Chicago, donde trabajó como organizador comunitario en barrios pobres predominantemente negros. De allí partió para estudiar leyes en la Universidad de Harvard, donde su padre también había estudiado su posgrado. Regresó a Chicago para abrir un pequeño bufete. Su esposa, Michelle, es también abogada como él. Dicen los analistas que la buena estrella lo acompañó a lo largo de su campaña para ser elegido –muy joven– como senador por Illinois. Actualmente ocupa, en antigüedad, el puesto 98 entre los 100 senadores. Hace pocos meses bromeó con mucha humildad diciendo que, por ahora, lo que hacía en el Senado era “tajar los lápices”.
Sus varios libros, sin embargo, revelan a una mente intelectual con una búsqueda espiritual interna. Sus mejores textos son autobiográficos, cálidos, humanos y muy sensibles. En el último, por ejemplo, sus capítulos se refieren a temas muy amplios y generales, como: política, oportunidad, fe, raza, familia, entre otros. Su sentido del humor es muy irónico, una característica poco común en Estados Unidos. Sus textos, sin embargo, no abundan en recomendaciones específicas de gestión política. A veces escribe cosas como: “En este tema, la derecha opina así y la izquierda opina de esta otra manera. Como yo soy alguien de izquierda, concuerdo más con lo último, pero creo que la derecha tiene un punto en afirmar esto o lo otro.” No parece ser, por temperamento, un batallador político. Más bien parece un creyente en la virtud cívica y en la posibilidad de lograr acuerdos satisfactorios sobre la base de negociaciones entre personas de buena fe que puedan legítimamente discrepar. Entre los pocos temas que sí apoya está la inversión pública en educación, ciencia, tecnología y energía. Quisiera eliminar, también, todas las exoneraciones de la industria petrolera. Y más que de programas burocráticos, es partidario de la experimentación gubernamental.
El senador Obama evalúa la posibilidad de enfrentarse a su colega, la senadora Hillary Clinton, en la carrera por la nominación de la candidatura presidencial por el Partido Demócrata para las elecciones de 2008. Un comentarista de The New York Times, por ejemplo, señalaba recientemente, que el tema del comercio exterior y los tratados bilaterales podría resultar un tema controversial en la campaña de las primarias, con Clinton a favor y Obama en contra. Si bien hay otros varios postulantes interesados en el partido demócrata, algunos ya anunciados y otros testeando las aguas, algunos analistas consideran que la carrera sería, finalmente, una entre Clinton, Obama y los demás.
Si bien Obama aún no ha presentado un solo proyecto de ley que haya merecido la atención del Senado, su disposición manifiesta a reconocer los diversos ángulos que cualquier problema pudiera tener, junto a una inteligencia singular, podrían ayudarlo a superar el clima de agudo enfrentamiento y polarización en el que están los líderes partidarios más tradicionales para plantear una nueva manera de ver la política. Ello podría motivar y entusiasmar a una gama más amplia de votantes que la convocada tradicionalmente por su partido. Según los analistas, la senadora Clinton enfrenta el problema de que, siendo la favorita, podría ser también la candidata que generaría más resistencias entre los votantes independientes. Con Obama, en cambio, se daría el caso inusual de que su inexperiencia sea considerada, por muchos, como una ventaja.
En pocos años, Barack Obama se ha convertido en una figura en la política estadounidense. Su persona genera mucha curiosidad y su mensaje ha despertado esperanzas, no muy precisas aún. Con tres décadas de vida útil por delante, su mayor prueba será su sentido de oportunidad, el saber escoger bien los tiempos para administrar su buena estrella.Normas de uso:
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