Opinión

Crisis económica e integración regional

Edición de Marzo 2009

El dilema de los nacionalismos europeos: fortalecerse para enfrentar la crisis o retraerse para procurar soluciones globales

Por Harold James* *Profesor de Historia y Asuntos Internacionales de la Woodrow Wilson School de la Universidad de Princeton  

11030PRINCETON. Todo el mundo sabe ya que estamos en la peor crisis económica desde el decenio de 1930. Las reacciones proteccionistas son tristemente familiares: protestas contra los trabajadores extranjeros, peticiones de protección comercial y un nacionalismo financiero que pretende limitar las corrientes de dinero a través de las fronteras nacionales.

Sin embargo, en el decenio de 1930 el nacionalismo no fue el único espectáculo en la ciudad. Muchos empezaron a hablar de integración regional como respuesta a la depresión.

Pero el tipo de integración que se da en tiempos de crisis económica resulta con frecuencia destructivo. Las versiones menos atractivas del regionalismo de ese decenio procedieron de Alemania y de Japón y representaron en la práctica nada menos que una imposición de su poder a vecinos vulnerables, que se vieron sometidos por la fuerza a una dependencia financiera y comercial basada en el Grosswirtschaftsraum de Alemania o en su equivalente japonés, la Gran Esfera de Prosperidad Común de Asia Oriental. A consecuencia de los horrores de ese período, sigue existiendo un gran recelo de conceptos como "Gran Asia Oriental".

En la segunda mitad del siglo XX, Europa tuvo la oportunidad de crear una forma mucho más benévola de regionalismo, pero hoy la Unión Europea (UE) está paralizada por haber desperdiciado la oportunidad de crear instituciones más fuertes cuando los tiempos eran mejores y los ánimos estaban menos acalorados.

Estados Unidos está sufriendo diversos problemasque se han examinado ampliamente durante muchos años, pero nunca parecían ser tan urgentes. De repente, ante la crisis económica, dichos problemas han pasado a ser causas importantes de inestabilidad política.

En los países de la zona del euro hay una política monetaria común y un mercado integrado de capitales con instituciones financieras cuyas actividades rebasan las fronteras nacionales, pero la regulación y supervisión de los bancos se hace en el nivel nacional –como debe ser–, porque cualquier rescate, en caso de quiebra de un gran banco, pasa a ser un asunto presupuestario, en el que los costos recaen sobre los contribuyentes de los Estados particulares y no sobre los de la UE en conjunto, pero este sistema tiene poco sentido dentro de la lógica económica de la integración europea.

El segundo problema evidente es la pequeñez del presupuesto de la UE en comparación con el de los Estados miembros. La inmensa mayoría de las actividades gubernamentales se produce en un nivel nacional, pero los diferentes gobiernos tienen grados distintos de margen de maniobra presupuestario.

La deuda pública italiana, griega o portuguesa es tan elevada que cualquier intento de utilizar el gasto presupuestario como parte de una estrategia de lucha contra la crisis económica está condenado al fracaso, pero Irlanda, que antes tenía un déficit y unos niveles de deuda pequeños, afronta repentina e inesperadamente el mismo tipo de problema, en vista de la necesidad que tiene su gobierno de hacerse cargo de la deuda privada del sector bancario. En cambio, Francia y Alemania tienen una situación presupuestaria inherentemente sólida, por lo que sólo los países fuertes de la UE pueden hacer algo contra la recesión que está empeorando profundamente.

Además, la formulación de toda la idea keynesiana de estímulo de la demanda corresponde también al decenio de 1930 y a un marco de economías nacionales independientes. Los keynesianos llenaron la bañera con el agua caliente del estímulo fiscal. Cuando la bañera nacional tiene agujeros y otros se benefician de su calor, esa operación carece de atractivo. En cualquier caso, sólo funcionó en el caso de los Estados grandes; los Estados pequeños no podían hacer keynesianismo en un lavabo.

Hay formas de resolver el problema bancario y el presupuestario. La más sencilla es la del control de los bancos. Está claro que el Banco Central Europeo tiene la capacidad técnica y analítica para hacerse cargo de la supervisión general de los bancos europeos recurriendo a los bancos centrales de los Estados miembros como cauces de información. Para abordar el problema presupuestario, se podrían emitir bonos europeos con una garantía general, medida que podría ser temporal y limitada a la emergencia financiera.

Tanto la reglamentación bancaria como la política presupuestaria requieren una europeización mucho mayor. La forma más evidente es la de recurrir a los mecanismos y las instituciones existentes, en particular el BCE o la Comisión Europea.

El problema que plantea esa propuesta es el de que supondría una relativa debilitación de los Estados nacionales, incluidos los mayores: Alemania y Francia. Lo más probable es que se resistieran e intentaran mantenerse en sus propias bañeras.

De hecho, la crisis ha convertido una vez más a Francia y Alemania en protagonistas decisivos del proceso europeo, pero cuanto más padecen la crisis, más adoptan –en gran medida– el punto de vista nacional. Desde la perspectiva de Berlín o París, no debe haber una europeización sistemática. En cambio, los estados grandes están fomentando ahora agrupaciones oficiosas para buscar soluciones a escala mundial.

Así se amplifican resonancias del decenio de 1930 que están exponiendo claramente el aprieto de la Unión, por una curiosa coincidencia: la República Checa ocupa ahora la presidencia rotatoria de la UE. Los checos, probablemente el pueblo que tiene un recuerdo más vívido del mal regionalismo de ese período, han sucedido a Francia, el país europeo que hoy menos se recata en afirmar su interés nacional. El choque entre dos concepciones de Europa está erosionando la estabilidad política de una zona que en tiempos representaba el mejor modelo y la mayor esperanza de regionalismo benigno.

 

 

Copyright: Project Syndicate, 2009

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