No es que el agua se haya agotado por completo, pero ya en algunas zonas del planeta exhibe las particularidades de un recurso no renovable como el petróleo
Por Augusto Townsend K.En el mercado petrolero existe la noción de que el mundo está próximo a alcanzar, si no lo ha hecho ya, el punto cúspide de su capacidad de extracción de crudo. Es decir, el momento en el cual el volumen de producción llegará a su máximo posible por la maduración de los campos petroleros a nivel mundial, luego de lo cual se verá un descenso inevitable en el ritmo de explotación. Este suceso, comúnmente denominado
peak oil, genera enormes controversias en torno a cuándo podría ocurrir. Algunos analistas dicen que ya ocurrió, otros que sería cuestión de años y los más incrédulos, que no se asomaría ni en el próximo siglo, pues las innovaciones tecnológicas aún por descubrirse permitirían aprovechar todos aquellos yacimientos que hoy son económicamente inviables por la caída del precio del crudo.Ahora bien, el petróleo ha sido en las últimas décadas el recurso no renovable que mayor influencia ha tenido en la aparición de conflictos armados (de ahí que el Medio Oriente sea la zona más tensa del planeta, o que haya piratas asaltando buques petroleros en Somalia). Hoy, sin embargo, proliferan las voces de quienes creen que el agua lo sustituirá en ese rol. Si fuera el caso, cabría preguntarse si el cambio de posta ocurriría en un escenario similar al del
peak oil, pero aplicado al agua; algo así como un
peak water. ¿Será este último la campana de alarma de una nueva era de conflictividad en el mundo?
Una paradoja atemorizanteEl lector acucioso ya debe haber identificado el truco en esta pregunta: mientras que el petróleo es un recurso no renovable (aunque quizá lo correcto sería decir que su renovación es demasiado lenta –dura millones de años- como para compensar su ritmo de explotación en el mundo globalizado), el agua parece ser un bien renovable. Como es sabido, los recursos no renovables se caracterizan por la limitación de su stock, mientras que los renovables por la limitación de sus flujos. El agua es un recurso particularmente extraño porque, a pesar de estar limitado en stock (lo que lo asemejaría a un recurso no renovable), virtualmente toda el agua que consume el ser humano, ya sea para hidratarse, para asearse o para realizar cualquier tipo de actividad económica, encuentra una vía de retorno al ciclo hidrológico, lo cual permite su reutilización
ad infinitum. Como se verá después, el agua también cumple con la particularidad típica de los recursos renovables de tener limitaciones de flujo.Para entender la problemática del agua, lo primero que uno debe hacer es despercudirse de la noción de que se trata del recurso más abundante del planeta. El hecho de que dos tercios de la Tierra estén conformados por agua no necesariamente ayuda mucho a asegurar la sostenibilidad de sus usos finales. Esto, porque se trata principalmente de extensas aglomeraciones de agua salada, la cual, al igual que el petróleo, no tiene mayores usos para el ser humano a menos que sea procesada industrialmente (con los elevados costos que ello supone) o que se espere que la naturaleza haga su parte y la convierta en lluvia (la cual no necesariamente cae en los lugares donde más se necesita). En el reporte The World’s Water 2008-2009 del Pacific Institute, Meena Palaniappan y Peter H. Gleick dan cuenta de esta paradoja con enorme claridad. Como paso previo a su análisis sobre la verosimilitud del
peak water, los especialistas señalan que la Tierra tiene aproximadamente 1,400 millones de km
3 de agua, pero que el 97% de ella es agua salada de los océanos. El agua apta para consumo sólo alcanza los 35 millones de km3, y de éstos, la gran mayoría está ya sea en glaciares o en zonas con capas de nieve permanentes, o en cavernas subterráneas cuya profundidad las hace inaccesibles para el ser humano. Desafortunadamente, y a diferencia del petróleo, el agua no es un recurso que se pueda dejar de consumir, por lo cual la estrechez de la oferta implica una carencia para la cual no hay sustitutos disponibles. En ese contexto, cerca de un tercio de la población mundial ya vive en zonas con estrés hídrico entre moderado y alto, partiendo de la definición de las Naciones Unidas que califica como tales a los lugares donde el consumo excede el 10% de los recursos de agua dulce. Alrededor de 80 países ya estaban sufriendo escasez de agua hacia mediados de la década de los noventa y, según las Naciones Unidas, aproximadamente 1,800 millones de personas afrontarán un escenario de escasez absoluta de agua para el 2025.
Estrés focalizadoEn vista de lo anterior, la pregunta crucial que habría que hacerse, a decir de Palaniappan y Gleick, no es cuánta agua hay en el mundo, sino cuán limitada en términos prácticos es la explotación del recurso. Y eso inevitablemente deriva en un análisis en el cual el factor geográfico juega un rol clave. En buena cuenta, aun cuando el
peak water sea un postulado técnicamente erróneo dada la recirculación de recurso en el ciclo hidrológico, lo que sí podría estar dándose es la existencia de escenarios de
peak water circunscritos a determinadas localidades en las cuales sí se estén agotando las fuentes hídricas (un río que desaparece, una laguna que se seca, una pozo subterráneo del cual no se puede bombear más agua). Por cierto, el cambio climático también juega un papel trascendental en esto, modificando los patrones que sigue la naturaleza y provocando sequías en algunas latitudes e inundaciones en otras.Da la casualidad de que el agua no está equitativamente distribuida a lo largo del planeta. Hay países que la tienen en abundancia, mientras que otros sufren su escasez. Incluso dentro de un mismo país, como claramente es el caso del Perú, puede haber zonas con alta disponibilidad (la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes) y zonas con complicaciones de estrés hídrico (Moquegua y Tacna, por ejemplo). La paradoja del caso peruano es que sus principales centros económicos están ubicados en la costa, que es justamente donde escasea el agua. Desafortunadamente, algunas alternativas de solución son muy caras en términos relativos (desalinizar agua, hacer trasvases en la cordillera para traer agua desde la selva) y otras enfrentan problemas de incentivos perversos (al no haber una adecuada señal de precios que refleje la escasez del recurso, no se tiene un escenario adecuado para impulsar el ahorro en el consumo). Y aquí vuelve a surgir nuevamente el paralelo entre el agua y el petróleo: la solución más efectiva para superar la estrechez en estos mercados no necesariamente radica en ampliar la oferta, sino en asegurar que las personas reduzcan su nivel de consumo al mínimo indispensable. Ya sabe: para la próxima, cierre bien el caño.
