Si la realidad de la Iglesia se pone en cifras, quizás algunos supuestos sobre el presente y futuro del catolicismo puedan leerse de manera distinta
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Por John L. Allen Jr.*
*Corresponsal del semanario National Catholic Reporter y analista sobre El Vaticano para la CNN
“La Iglesia católica se está debilitando”
NO.Ya sea debido a la escasez global de sacerdotes, a los bancos de iglesia vacíos en antiguos bastiones católicos o a la gran cantidad de escándalos por abuso sexual, parecería que la Iglesia católica moderna está en decadencia. En rigor, la Iglesia está atravesando el mayor período de crecimiento en sus 2,000 años de historia. La población católica del mundo creció de 266 millones en 1900 a 1,100 millones en el 2000, un incremento del 314%. En comparación, la población mundial creció en un 263%. La Iglesia no solamente aprovechó el boom de la natalidad; logró atraer a nuevos conversos.
Sí, el catolicismo está decayendo en Europa, y también estaría perdiendo terreno en Estados Unidos si no fuera por la inmigración, especialmente entre los hispanos. Un estudio reciente llevado a cabo por el Pew Forum on Religión & Public Life comprobó que por lo menos un 10% de los ciudadanos estadounidenses ha dejado de ser católico. No obstante, estos descensos han sido más que compensados con el crecimiento en África, Asia y América Latina. Solamente en África subsahariana, el número de católicos aumentó asombrosamente en un 6,700% durante el pasado siglo, de alrededor de 2 millones a 130 millones. Actualmente, la República Democrática del Congo tiene la misma cantidad de católicos que Austria y Alemania juntas. India tiene más católicos que Canadá e Irlanda en conjunto.
No es que el catolicismo se esté debilitando, sino más bien que su centro de gravedad demográfico se está desplazando. Lo que alguna vez fuera una religión considerablemente homogénea, concentrada en Europa y América del Norte, es ahora una fe verdaderamente universal. En 1900, apenas el 25% de los católicos vivía en el mundo en vías de desarrollo; hoy, esa cifra asciende a 66% y va en aumento. En unas pocas décadas, los nuevos centros del pensamiento teológico ya no serán París y Milán, sino Nairobi y Manila.
En la actualidad, los índices de fertilidad están cayendo en gran parte del mundo en desarrollo, por lo que es poco probable que el catolicismo pueda mantener en los próximos 100 años el espectacular crecimiento experimentado durante el siglo XX. En partes de América Latina, África y Asia, el catolicismo está siendo superado por sus competidores, principalmente por la Iglesia pentecostal y la evangélica, que crecen aceleradamente. No obstante, el único gran desafío que enfrenta la Iglesia católica no es afrontar la decadencia sino, más bien, manejar la transición a una fe multicultural.
“El catolicismo es de derecha”
SÓLO EN PARTE.Depende de cómo se defina la “derecha” y, si vamos al caso, la Iglesia. Es cierto que las estructuras institucionales del catolicismo son instintivamente conservadoras. En el siglo XIX, el papa Gregorio XVI impidió la construcción de un sistema de ferrocarriles y de alumbrado de gas en los estados papales por temor a las consecuencias que podrían acarrear esas innovaciones “antinaturales”. También es cierto que en cuanto a temas controvertidos como el aborto, los casamientos entre personas del mismo sexo y la investigación con células troncales embrionarias, la postura católica oficial se apega firmemente a la derecha cultural.
Sin embargo, la Iglesia siempre ha sido más que su jerarquía, y las convicciones de sus bases son todo, excepto uniformes. Estados Unidos ofrece un buen ejemplo. Históricamente, los católicos norteamericanos eran demócratas y, a pesar de los agresivos esfuerzos de los conservadores desde la era Reagan por atraerlos, aún existe un importante electorado católico liberal. Como prueba, casi todos los sondeos de opinión realizados durante la campaña para las elecciones presidenciales del 2008 revelaron que los católicos estaban parejamente divididos entre Barack Obama y John McCain.
Incluso sería poco probable que las posturas oficiales de la Iglesia obtuvieran el visto bueno de los conservadores seculares. El papa Juan Pablo II era el principal crítico moral de las dos guerras del Golfo lideradas por Estados Unidos. El papa Benedicto XVI ha censurado la “falsa promesa” del capitalismo de libre mercado al estilo norteamericano y se ha revelado como un elocuente medioambientalista. Entretanto, la Iglesia católica está oficialmente en contra de la pena de muerte, del tráfico de armas, y a fav
or de las Naciones Unidas y de los inmigrantes –posturas reprobadas por muchos en la derecha–.
Obispos y teólogos insisten en que, dada la amplitud de la doctrina social católica, la Iglesia no es compatible con ninguna alianza secular. Según John Carr, miembro veterano de la US Conference of Catholic Bishops (Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos), el catolicismo es “políticamente huérfano”. En las nueve elecciones presidenciales celebradas en Estados Unidos entre 1972 y el 2004, una mayoría de católicos estadounidenses votó por un republicano en cinco de ellas y por un demócrata en cuatro. Ya sea por una cuestión de doctrina oficial o de opinión de las bases, la Iglesia católica no representa precisamente al Partido Republicano en sus plegarias.
“La Iglesia es extremadamente rica”
EN REALIDAD, NO,aunque ciertamente no es pobre. Sería comprensible que a cualquiera que haya estado alguna vez en la Plaza de San Pedro en Roma y haya visto a un príncipe de la Iglesia (el nombre coloquial para un cardenal católico) salir de un Mercedes Benz negro con placas del Vaticano le resultara difícil creer en las argumentaciones sobre tiempos difíciles.
No obstante, se suele exagerar la riqueza de la Iglesia católica. Se rumorea, por ejemplo, que El Vaticano nada en la abundancia, pero su presupuesto anual es inferior a US$400 millones. A modo de comparación, considérese que el presupuesto de la Universidad de Harvard supera los US$3,000 millones. La cartera de acciones, bonos y bienes inmuebles del Vaticano asciende a aproximadamente US$1,000 millones. Como un marco de referencia un tanto extravagante, Forbes estima que Oprah Winfrey, por sí sola, vale US$2,500 millones. Los grandes tesoros artísticos del Vaticano, como La Piedad, de Miguel Ángel, son literalmente invaluables; están registrados en los libros del Vaticano con un valor de 1 euro cada uno porque no pueden ser vendidos ni prestados.
En algunos casos, las diócesis y las parroquias son grandes terratenientes, y la Iglesia dirige una vasta red de escuelas, hospitales y centros de servicio social. Esa infraestructura puede generar cifras impresionantes. En el 2001, el ingreso anual de los programas católicos en Estados Unidos fue de US$102,000 millones. Sin embargo, la mayoría de estos programas apenas cubre los gastos u opera en rojo, en parte debido a que suelen estar destinados a poblaciones de bajos ingresos y minoritarias. Fuera de Europa y Estados Unidos, casi todas las diócesis y las parroquias se manejan con presupuestos muy precarios; ni qué hablar de los misioneros que a menudo viven en la más absoluta pobreza en áreas muy remotas.
Los católicos –del Papa para abajo– habitualmente sugieren que la Iglesia debería adoptar una mayor “simplicidad”, y es absolutamente justo esperar que cualquier organización que exige justicia para los pobres practique lo que predica. No obstante, las populares imágenes de las bolsas de dinero apiladas en el sótano de la Iglesia son erróneas. Simplemente no están ahí.
“La Iglesia nunca cambia”
FALSO.La realidad no es que la Iglesia nunca cambia, sino que nunca admite haber cambiado. Quienes siempre han sido católicos saben que cada vez que alguna autoridad comienza una oración con la frase “Como siempre ha predicado la Iglesia...”, alguna antigua idea o práctica está a punto de cambiar.
Anteriormente, por ejemplo, la Iglesia consideraba que prestar dinero con un interés constituía el pecado de usura, lo cual no es dogma hoy. O considérese que cuando los papas eran también gobernantes civiles, sentenciaban a muerte a los criminales. Quienes viajen a Roma pueden visitar el Museo Criminológico para ver una guillotina papal perfectamente conservada, regalo de Napoleón. Hoy, naturalmente, la Iglesia católica lidera las campañas globales en contra de la pena de muerte. Más recientemente, el papa Benedicto XVI desechó la creencia en el limbo, una antesala especial en la vida ulterior para los bebés no bautizados.
Los apologistas pueden argüir que lo que cambió en tales casos fueron las circunstancias históricas, no los principios subyacentes. Pero, de cualquier manera, algo importante colapsó. Por lo general, la creciente presión ejercida desde abajo a la larga hace erupción para provocar un cambio radical, como ocurrió durante el Concilio Vaticano II a mediados de la década de 1960. De pronto, la misa comenzó a celebrarse en idiomas vernáculos en lugar del latín, el catolicismo pasó de criticar la libertad religiosa a defender los derechos humanos, y los “herejes” protestantes se convirtieron en “hermanos separados”.
Eso no pretende sugerir que todo puede cambiar. Un futuro Papa no va a enseñar que Jesús no existió, que no era el hijo divino de Dios, o que el pan y el vino utilizados en la misa católica en realidad no se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. La historia católica es siempre una combinación de continuidad y cambio. Lo difícil es anticipar qué es lo que podría llegar a cambiar –y cuándo–.
“El Vaticano está rodeado de un velo de misterio”
NO EXACTAMENTE.En realidad, El Vaticano es mucho menos reservado que otras instituciones de alcance mundial –por ejemplo, el gobierno estadounidense o Coca-Cola–. El Vaticano no recoge imágenes de satélites espías y no está obsesionado con proteger el diseño de armas de alta tecnología. No tiene secretos comerciales, no tiene proyectos de investigación y desarrollo ni planes de venta que esconder ante ojos inquisidores. Por lo tanto, la actividad de El Vaticano es mucho más pública de lo que la gente podría imaginar.
El Vaticano tampoco es muy bueno a la hora de guardar secretos, aun cuando lo intenta. Después de todo, es una burocracia llena de gente dogmática y decidida. Tarde o temprano, la mayoría de las cosas se filtran (hay un dicho famoso acerca de que Roma es una ciudad en la que todo es un misterio y nada es un secreto). En el verano del 2007, el papa Benedicto XVI expidió una muy esperada resolución que les otorgaba a los sacerdotes un permiso ampliado para la celebración de la antigua misa en latín. Sin embargo, cuando apareció, la historia resultó decepcionante porque el contenido de la resolución se había filtrado a la prensa muchos meses antes y había sido sometida a un análisis exhaustivo.
El problema con El Vaticano no es tanto su secretismo como su absoluta singularidad. No se parece a ninguna otra institución que uno pueda conocer, con su propia historia, su propio idioma y sus ritmos. Si no se conoce la diferencia entre la visión jesuita y la dominicana en cuanto a la gracia durante el siglo XVI, por ejemplo, o entre una sobrepelliz y un sobreprecio, es normal que las conversaciones dentro del Vaticano sean muy difíciles de comprender. O, si no se sabe que en muchas oficinas es el subsecretario quien verdaderamente realiza el trabajo, puede resultar complicado seguir los procedimientos de la actividad de la Iglesia. El truco para entender al Vaticano es llegar a dominar su cultura. Hagan eso y el velo de misterio seguramente se descorrerá.
“El catolicismo está obsesionado con el sexo”
NO, USTEDES LO ESTÁN.Antes de la revolución sexual de los años sesenta, la gran mayoría de las personas hubiera considerado que la idea de que el catolicismo es mojigato era sumamente extravagante. La antigua crítica hacia a los católicos era que se entregaban en exceso a los placeres de la carne, especialmente al sexo y el alcohol, en contraste con los protestantes, considerados más frugales. Como escribiera el poeta católico Hilaire Belloc: “Dondequiera que brille el sol católico, siempre habrá risas y buen vino tinto”. Cuando, en la actualidad, los críticos atacan al catolicismo por sus posturas “puritanas”, uno imagina a los auténticos puritanos, que despreciaban a la Iglesia de Roma y su laxitud moral, retorciéndose en sus tumbas.
Sin embargo, a partir de la década de 1960, el catolicismo ha sido arrastrado a una controversia pública tras otra en torno a las denominadas cuestiones pélvicas –tales como los derechos de los homosexuales, los roles de género, la familia, el aborto, la anticoncepción, la inseminación artificial y otros temas de ética sexual acaloradamente debatidos–. Las enseñanzas católicas antes consideradas moderadas o incluso permisivas por una persona común, como fomentar las familias numerosas, han llegado a parecer positivamente anticuadas para la mayoría de los analistas. El hecho es que las enseñanzas sobre sexo y género son objetadas aun dentro de la propia Iglesia. Los sondeos indican que una gran mayoría de católicos, al menos en Estados Unidos, está en desacuerdo con las posturas oficiales de la Iglesia en cuestiones tales como anticoncepción, fertilización in vitro y si a los sacerdotes debería o no permitírseles el casamiento. Otras mayorías más estrechas están a favor de la ordenación sacerdotal de las mujeres y se oponen a la categórica prohibición del aborto. Y en tanto los asuntos de vida constituyen un factor importante para muchos católicos estadounidenses a la hora de elegir un candidato presidencial, las cuestiones de justicia social, como la ayuda a familias necesitadas y la reforma inmigratoria, suelen revestir la misma importancia. Como ocurre con la mayoría de las cuestiones, la opinión católica es mucho más diversa –y tolerante– de lo que habitualmente se cree.
Si la obsesión con el sexo está en algún lugar, es en la cultura popular, no en la Iglesia. Durante su primer año de papado, Benedicto XVI de hecho utilizó la palabra “África” cuatro veces más seguido que la palabra “sexo”, aunque fue un documento aislado del Vaticano que prohibía la ordenación sacerdotal de homosexuales el que copó los titulares de los periódicos. El cruce entre el sexo y la religión simplemente vende bien, y no es demasiado justo culpar por ello a la Iglesia.
“La Iglesia es ultrajerárquica”
NO REALMENTE.El catolicismo tiene una clara cadena de mando, lo cual lo hace muy inusual entre las religiones modernas (¿alguna vez se plantearon quién está a cargo del judaísmo o del Islam?). El Código de Derecho Canónico de la Iglesia asigna al Papa “poder ordinario supremo, pleno, inmediato y universal”. Esa estructura jerárquica exacerba la percepción de que el catolicismo está regido casi exclusivamente por un enfoque descendente. Sin embargo, en la práctica, el catolicismo es en verdad una operación más bien relajada y descentralizada.
La Curia romana, la burocracia administrativa central de la Iglesia, tiene una fuerza laboral de 2,700 funcionarios para manejar los asuntos de más de 1,100 millones de católicos. Si la misma relación entre burócratas y ciudadanos fuera aplicada al gobierno estadounidense, alrededor de 700 personas conformarían la planilla de empleados federales. En otras palabras, El Vaticano no posee las herramientas para microadministrar, salvo en los casos más excepcionales. Esto no es Wal-Mart, donde el ajuste de la temperatura de los locales que se hallan a miles de kilómetros de distancia es controlado por una computadora en la central corporativa situada en Bentonville, Arkansas.
Además, el catolicismo no es una gran corporación. Los activos de las diócesis de todo el mundo no pertenecen al Papa sino a los obispos, y eso les puede brindar una autonomía considerable en lo que se refiere a cuestiones administrativas. En el 2001, por ejemplo, Roma ordenó al arzobispo de Milwaukee detener la remodelación de su catedral porque no aprobaba el diseño. El arzobispo respondió que era él quien pagaba a los contratistas, por lo que Roma podía ocuparse de sus propios asuntos.
Aun dentro del Vaticano, las distintas oficinas funcionan de manera bastante independiente. A veces la mano izquierda de Roma no sabe –o no aprueba– lo que su mano derecha está haciendo. Durante los años de Juan Pablo II, el propio maestro de ceremonias del Papa solía diseñar misas papales que ignoraban los cambios realizados por la oficina de política litúrgica del Vaticano. Y cualquiera que haya prestado real atención a las cambiantes respuestas del Vaticano a las crisis de abuso sexual probablemente haya recibido una impresión de incoherencia interna más que de un estrecho control descendente.
Probablemente, la realidad de la Iglesia esté mejor ilustrada en la vieja ironía de que el catolicismo es “una monarquía absoluta atemperada por una desobediencia selectiva”. Detrás de la independencia local y de las cambiantes respuestas a los escándalos, casi siempre hay un admirable nivel de animado debate. A medida que la Iglesia se haga más diversa, esta tradición de diálogo y deliberación será aún más crucial para su futuro. Los papas y las prácticas cambiarán, pero los cimientos de la fe seguramente seguirán siendo fuertes y flexibles.
Reproducido con permiso de Foreign Policy, # 169 (noviembre/diciembre 2008) - www.foreignpolicy.com
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