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El Plan Económico en Estados Unidos

Edición de Febrero 2009

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125 La combinación de menores impuestos y mayores gastos aprobada por el Congreso de Estados Unidos para reactivar la economía no es sino uno de los elementos del plan económico del presidente Barack Obama. El 10 de febrero, su secretario de Tesoro, Timothy Geithner, anunció un esbozo de un plan de estabilidad financiera bastante amplio que, sin embargo, no impresionó a los mercados por su falta de detalle.

Cuando estalló la crisis en setiembre de 2008, algunos bancos dejaron de prestarles no sólo a sus clientes hipotecarios, sino incluso a muchos de sus bancos pares. Se perdió, de la noche a la mañana, la capacidad de valuar adecuadamente los activos y, por tanto, la credibilidad en los estados financieros. Por ello, el dinero dejó de circular. El costo del interés interbancario se disparó.

Cuando los bancos dudan en prestarse entre sí, el problema es uno de liquidez. El dinero existe. Simplemente que, por desconfianza, no circula. Una crisis de iliquidez es, tal vez, la parálisis más dañina que puede enfrentar una economía moderna. Casi todo lo que hizo el secretario de Tesoro anterior, Hank Paulson, durante los últimos cuatro meses del gobierno de George W. Bush, fue intentar revertir dicha crisis de iliquidez. Ello finalmente se logró. Lo peor ya pasó en Estados Unidos. Los bancos ya se prestan entre sí a tasas razonables.

El nuevo plan financiero del secretario Geithner no requiere, hasta ahora, de nuevo dinero ni medidas adicionales del Congreso de Estados Unidos, sino que utiliza el marco legal existente y los recursos obtenidos previamente por la administración Bush. Aunque los montos involucrados pueden resultar muy significativos, el plan tiene bastante sentido común.

El diagnóstico de Geithner es muy convencional y compartido por la mayoría de los analistas. La crisis se generó en la promoción codiciosa del otorgamiento de hipotecas a personas que incumplían con los requisitos económicos para hacerse de la propiedad de tales activos. Mientras la burbuja inmobiliaria crecía, los proveedores de las hipotecas originales fueron revendiéndolas a otros, que las empaquetaban en papeles comerciales transables que eran revendidos aun varias veces. En condiciones normales, un mercado secundario como éste permite distribuir los riesgos y alimentar de nuevos recursos al sistema financiero, abaratando así los costos de endeudamiento. Pero después que la burbuja inmobiliaria se desmoronó, resultaba muy difícil separar las buenas de las malas deudas. Y al margen de la dificultad para estimar el valor de papeles basados en hipotecas –nadie los quiere comprar hoy– ellos se han vuelto papeles “tóxicos”, por lo que todo el sistema de crédito se frena.

La actual crisis ya no es de iliquidez sino de crédito. Los bancos en Estados Unidos prefieren prestar menos, no porque desconfíen de dónde van a obtener los recursos en caso de cualquier emergencia, sino porque están preocupados por la real capacidad de pago de sus clientes en una economía recesiva. Es un comportamiento natural en todos los ciclos depresivos.

El Plan de Geithner tiene tres partes. Primero, aplicar un “stress test” (prueba de tensión) a cada banco que solicite ayuda. Aquellos bancos que la superen podrán recibir préstamos oficiales para racionalizar sus estados financieros. A ello se dedicará la segunda mitad de los US$700,000 millones autorizados por el Congreso en setiembre del año pasado (TARP). Cada cierto tiempo, el gobierno revisará que dichos préstamos estén siendo usados efectivamente para extender el crédito a los consumidores. Los bancos que pidan apoyo estatal deberán someterse a los topes de remuneración ejecutiva establecidos recientemente por el presidente Obama.

Como segundo componente del Plan, el Tesoro establecerá un fondo de inversión público-privado para administrar y disponer los papeles “tóxicos”. La idea es trabajar con el sector privado sobre cómo fijar un precio para estos papeles que fluctúe entre su valor original y su valor casi nulo en el mercado de hoy. (Hay que recordar, sin embargo, que estos papeles están garantizados por activos reales cuyo valor no es cero.) El Tesoro suministrará los recursos iniciales del fondo y la Reserva Federal contribuirá con el financiamiento que se requiera. La idea es limpiar los balances de los bancos, permitiéndoles hacer préstamos con más confianza.

Por último, el gobierno pretende participar directamente en el mercado secundario de deudas de todo tipo. Geithner estima que una parte importante del capital dedicado al financiamiento en Estados Unidos participa sólo en el mercado secundario. Cuando hay temor y aprensión, estos mercados se retraen y no funcionan adecuadamente.

Los montos que se dedicarían a este Plan son muy significativos: US$2.4 billones (trillion), total que supera al presupuesto anual de Estados Unidos. Pero, por cierto, mucho de esto se va a devolver. Los fondos del TARP cuestan 8% al año a los bancos que lo usan. El fondo planteado debería, a la larga, generar utilidades para el gobierno, porque éste pagará precios bajos por papeles que podrá seguramente vender a mejor precio cuando en algunos años el mercado inmobiliario se recupere. Tal vez sea en la intervención temporal en los mercados secundarios hasta que ellos se regularicen, donde se podrían generar algunas pérdidas, ya que esa intervención estará a cargo de funcionarios interesados en mantener dinámicos los mercados per se y no necesariamente en generar utilidades. Pero el costo puede resultar uno relativamente bajo en comparación.

Por cierto que este plan es tan sólo un inicio. Nadie sabe bien en realidad cuán solventes son los estados financieros de los bancos de Estados Unidos. En Suecia, durante los noventa, el gobierno recurrió a una nacionalización temporal que resultó efectiva, pero en ese país el número de bancos es pequeño. En Estados Unidos hay más de mil bancos. La clave va a ser la evolución de sus estados a lo largo de 2009.

LO PEOR YA PASÓ EN ESTADOS UNIDOS. LOS BANCOS YA SE PRESTAN ENTRE SÍ A TASAS RAZONABLES.

 

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