Economía

Es el momento de nacionalizar los bancos insolventes

Edición de Febrero 2009
Es real: la estatización ha dejado de ser una opción tabú en el vocabulario económico de Estados Unidos y acaba convirtiéndose en una opción saludable para los mercados
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Por Nouriel Roubini*

*Profesor de Economía en la Universidad de Nueva York y Presidente de RGE Monitor


NUEVA YORK. Hace un año predije que las pérdidas de las entidades financieras de Estados Unidos llegarían al menos a US$1 billón (millón de millones) y posiblemente hasta US$2 billones (ver Perú Económico, abril 2008, p. 32). En aquel momento, el consenso entre los economistas y las autoridades era que esos cálculos aproximados eran exagerados, porque se creía que las pérdidas provocadas por las hipotecas de riesgo ascendían a un total de sólo unos US$200,000 millones.

Como señalé, al deslizarse la economía de Estados Unidos y la mundial hacia una profunda recesión, las pérdidas de los bancos superarían con mucho las correspondientes a las hipotecas de mayor riesgo y, además de éstas, comprenderían las de riesgo medio y las de riesgo mínimo, la propiedad inmobiliaria comercial, las tarjetas de crédito, los préstamos para la compra de automóviles, los préstamos a estudiantes, los préstamos comerciales e industriales, los bonos de empresas, los bonos soberanos, los bonos estatales y de las administraciones locales y las pérdidas de todos los activos que hubieran titulizado dichos préstamos. De hecho, desde entonces las amortizaciones hechas por bancos de Estados Unidos ya han superado la marca del US$1 billón (el tope mínimo de mis cálculos aproximados) y entidades como el FMI y Goldman Sachs predicen ahora pérdidas de más de US$2 billones (trillions en inglés).

Pero, si pensamos que la cifra de US$2 billones es ya enorme, los últimos cálculos aproximados hechos por RGE Monitor –mi empresa de consultoría para la investigación– indican que el total de pérdidas de los préstamos hechos por entidades financieras de Estados Unidos y la pérdida del valor de mercado de los activos con los que cuentan (por ejemplo, titulaciones hipotecarias) ascenderán nada menos que a US$3.6 billones.

Los bancos y los agentes de bolsa de Estados Unidos están expuestos a la mitad, más o menos, de esa cifra –es decir, US$1.8 billones–; lo demás corresponde a otras entidades financieras de Estados Unidos y del extranjero. El capital que respaldaba los activos de los bancos ascendía, el pasado otoño, sólo a US$1.4 billones, lo que representaba para el sistema bancario de Estados Unidos un agujero de unos US$400 millones; es decir, cerca de cero, aun después de recibir la recapitalización de dichos bancos por parte del Estado y del sector privado.

Se necesitan otros US$1.5 billones para alcanzar el nivel de capital que tenían los bancos en el período anterior a la crisis con vistas a resolver la crisis crediticia y restablecer los préstamos al sector privado. Así, pues, el sistema bancario de Estados Unidos en conjunto es insolvente; y en realidad, la mayor parte del sistema bancario británico parece insolvente también, como también muchos bancos de la Europa continental.

Hay cuatro métodos para limpiar un sistema bancario que afronta una crisis sistémica: recapitalización de los bancos, junto con la compra de activos tóxicos por un “banco malo” estatal; recapitalización, junto con garantía estatales –después de una primera pérdida por los bancos– de los activos tóxicos; compra privada de activos tóxicos con una garantía estatal (el actual plan del gobierno de Estados Unidos); y nacionalización completa (llámesela “sindicatura estatal”, si desagrada esa palabra fea) de bancos insolventes y su reventa al sector privado, una vez que se los haya limpiado.

De las cuatro opciones, las tres primeras presentan diversas deficiencias. En el modelo del “banco malo”, el Estado puede pagar en exceso por los activos malos, cuyo valor verdadero no es seguro. Incluso en el modelo de la garantía puede estar implícito ese excesivo pago estatal -o un exceso de garantía cuyo precio no se fije adecuadamente mediante las tasas que el Estado reciba-.

En el modelo del “banco malo”, el gobierno tiene el problema suplementario de administrar todos los activos malos que haya comprado, tarea para la que carece de preparación técnica, y la engorrosísima propuesta del Tesoro de Estados Unidos, que combina la eliminación de los activos tóxicos de los balances de los bancos con la prestación de garantías estatales, era tan poco transparente y tan complicada que los mercados cayeron en picado en cuanto se anunció.

Así, pues, la nacionalización puede ser, paradójicamente, una solución más favorable para los mercados: eliminará los accionistas preferenciales y comunes de las entidades claramente insolventes y –si la insolvencia es demasiado importante– posiblemente los acreedores no garantizados, al tiempo que representará una carga menor para los contribuyentes. También puede resolver el problema de la gestión de los activos malos de los bancos revendiendo la mayoría de los activos y los depósitos -con garantía estatal- a nuevos accionistas privados después de una limpieza de los activos malos (como en la resolución de la quiebra del banco Indy Mac).

La nacionalización resuelve también el problema de los bancos “demasiado grandes para quebrar” –aquellos que son sistémicamente importantes-, por lo que el Estado debe rescatarlos con un elevado costo para los contribuyentes. De hecho, ese problema es ahora mayor, porque el actual planteamiento ha propiciado la adquisición de bancos débiles por otros incluso más débiles.


Fusionar bancos zombis es semejante a cuando unos borrachos intentan ayudarse mutuamente a mantenerse de pie. La adquisición de Bear Stearns y WaMU por JPMorgan, la adquisición de Countrywide y Merrill Lynch por Bank of America y la adquisición de Wachovia por Wells Fargo subrayan el problema.

Con la nacionalización, el gobierno puede fragmentar esas monstruosidades y venderlas a inversores privados como buenos bancos menores. Suecia adoptó ese método con éxito durante su crisis bancaria a comienzos del decenio de 1990. En cambio, el actual método estadounidense y británico puede acabar produciendo bancos zombis al estilo japonés, nunca reestructurados adecuadamente y causantes de la perpetuación de una congelación crediticia. Japón padeció una situación de casi depresión durante un decenio por no haber limpiado los bancos. Estados Unidos, el Reino Unido y las demás economías corren el riesgo de un resultado similar –recesión multianual y deflación de los precios– si no actúan adecuadamente.


Copyright: Project Syndicate, 2009.

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