Para el cronista que escribiera dicha historia resultaría irresistible pensar, a la manera de un psicoanalista, que el suicidio de su padre en 1971 y, sobre todo, la nota que éste le dejó para explicárselo significaron el inicio de la carrera de Montesinos para enriquecerse a toda costa, aunque ya hubiese en episodios anteriores de su vida algunas pistas de su carácter intrigante y corrupto. “Nunca seas pobre” eran las tres palabras de la carta de despedida paterna que el entonces oficial del Ejército jamás olvidaría. Tres palabras aparentemente capaces de desencadenar la codicia más desmedida que el Perú recuerde –o, mejor, haya visto– en su historia como país.
Pero el primer paso de esa ambición –convertirse, según diversos indicios, en espía de Estados Unidos– estuvo relativamente cerca de ser el último que Montesinos diera en su vida. ¿Qué lo salvo de los cargos de traición a la patria y de la pena de muerta que éstos implicaban? ¿Cómo habría cambiado la historia reciente del Perú si en 1976 un pelotón de fusilamiento hubiese terminado con la vida de Montesinos?
Historia de una traición
Un sábado por la noche de 1972 Montesinos miró por primera vez el poder de cerca. Armado de paciencia, coraje y varios libros, esperó por horas al jefe de las Fuerzas Armadas y primer ministro del gobierno de Juan Velasco Alvarado, el general Edgardo Mercado Jarrín, quien disfrutaba el fin de semana en su casa de playa en Punta Hermosa. En uno de esos giros del destino que, en cuestión de segundos, cambian la vida de alguien, cuando Mercado Jarrín se enteró de la visita del desconocido oficial (a quien sus asistentes y hasta su esposa habían intentado despachar de regreso a Lima) decidió atenderlo. Montesinos no desperdició la oportunidad que se le abrió: sedujo al general más intelectual de la Revolución Peruana con una charla sobre geopolítica y al lunes siguiente ya era uno de sus asesores. Una posición privilegiada para la intriga y, también, para el espionaje.
“Mientras trabajaba para Mercado Jarrín, Montesinos se volvió útil para Estados Unidos y mantuvo contactos cordiales con la embajada de ese país en Lima”, afirman Sally Bowen y Jane Holligan, dos periodistas de origen británico autoras de una de las biografías mejor documentadas del ex asesor. Ambas también relatan las sospechas del sociólogo Francisco Loayza, colega y mejor amigo de Montesinos en aquella época, a quien el agente de la KGB en Lima le afirmó que aquél había sido “ganado” por la CIA. Incluso, algunas versiones recogidas por el periodista Luis Jochamowitz en su libro indican que los primeros contactos de Montesinos con la agencia estadounidense datarían de 1971, antes de que conociera a Mercado Jarrín. “El hecho es que hacia mediados de esa década, Vladimiro ya estaba activamente implicado en una trama de espías más o menos compleja”, sentencia Jochamowitz.
Probablemente las actividades de espionaje de Montesinos no eran demasiado trascendentes y, en lugar de referirse a temas de seguridad nacional como las compras de armas a la Unión Soviética, tocaban chismes más o menos triviales sobre los mandos políticos de la llamada Revolución. “Cuando las acusaciones llovieron sobre él, argumentó lo absurdo de afirmar que un capitán pudiera tener secretos valiosos para la CIA”, cuenta la biografía de Jochamowitz. “Su ambiguo trabajo podía comenzar con detalles menos impresionantes que los tanques soviéticos. La agenda de actividades semanales de Velasco o la de Mercado, acompañadas por comentarios o chismes sobre características personales de los generales –lo que en el lenguaje del oficio llaman ‘perfiles’ o ‘inteligencia biográfica’– ya sería suficiente para un aprendiz de espía deseoso de hacer méritos”, añade el periodista. Así se entenderían, además, la desaparición de documentos de la oficina de Mercado Jarrín –listas de ascensos, saludos institucionales, cartas– que en su momento el propio Montesinos reconocería llorando ante el general, llorando y culpando de todo a su “curiosidad intelectual”.
Cuando Mercado Jarrín pasó al retiro a principios de 1974, Montesinos continuó trabajando con destacados oficiales del “ala dura” del gobierno: los generales Jorge Fernández-Maldonado, quien ocupó la jefatura de las Fuerzas Armadas en 1976, y el general Enrique Gallegos Venero, ministro de Agricultura entre noviembre de 1974 y julio de 1976. En ambos encargos tampoco faltaron las sospechas de que Montesinos traficaba información.
Pero no sólo eran sospechas: también hubo un intento de acusación formal por parte de quien, con suerte opuesta, sería el antagonista de Montesinos en la vida militar: el mayor José Antonio Fernández Salvatecci, un agente de contrainteligencia del Ejército. El mayor consiguió entrevistarse con el propio Fernández-Maldonado para comunicarle los resultados de sus investigaciones: Montesinos espiaba al gobierno; mantenía contactos con el agregado naval y con la agencia de prensa de Estados Unidos, quienes eran sus vínculos con los servicios de inteligencia de dicho país; y también mantenía relaciones con agencias de noticias extranjeras y otros servicios de inteligencia. A todos ellos les suministraba información secreta. Fernández Salvatecci quería del jefe de las Fuerzas Armadas la autorización para iniciar un proceso. No la obtuvo.
“El Ejército cerró filas”, relatan Bowen y Holligan. Fernández Maldonado se resistió a desatar un escándalo que involucraría a oficiales que aún gozaban de alta estima, como Mercado Jarrín, y que lo enlodaría a él mismo, como jefe directo de Montesinos. Incluso, cuando en setiembre de 1976 Montesinos fue arrestado y juzgado por haber abandonado sin permiso su nuevo e indeseado puesto en un cuartel en Sullana para atender una beca en Estados Unidos, Fernández Salvatecci volvió a ventilar la acusación de traición a la patria sin éxito. “En 1976, luego de que Morales Bermúdez reemplazara a Velasco, existía un equilibrio muy precario en las Fuerzas Armadas, el cual no permitía que se enlodara la trayectoria de oficiales importantes de la primera fase del gobierno, como Mercado Jarrín o Fernández Maldonado”, explica el periodista Fernando Rospigliosi, especialista en temas militares. Un cálculo político salvó a Montesinos, el espía descubierto, de su más seguro final: el paredón.
De reo a ‘Doc’“Cuando lo quisieron acusar de traición a la patria, Montesinos utilizó el modus operandi típico en él: ‘si me hundo, los hundo a todos’”, explica Jochamowitz, justo cuando Montesinos y su último jefe, Alberto Fujimori, están siendo sometidos a interminables juicios por corrupción y violaciones de los derechos humanos, entre otros delitos. Una dupla que hoy suena indivisible pero que, de haber sido fusilado Montesinos, nunca habría existido.
De hecho, la historia recuerda que es gracias a la aparición providencial de Montesinos que Fujimori logró eludir una acusación por defraudación tributaria denunciada por el entonces congresista Fernando Olivera en plena segunda vuelta electoral de 1990. Así como en 1972 Montesinos esperó por horas a Mercado Jarrín, 18 años después se pasaba noches sentado en el carro de su viejo amigo Francisco Loayza, sociólogo y uno de los pocos asesores de Fujimori durante su campaña, ansioso de que la puerta del tsunami se abriera. Aunque, como coinciden Jochamowitz y Rospigliosi, probablemente Fujimori hubiese llegado a la presidencia de todos modos por el fenómeno social que representaba la oposición a la candidatura de Mario Vargas Llosa, la ayuda de Montesinos en el momento oportuno facilitó en gran medida la consumación de la mayor sorpresa electoral que el Perú viviera hasta ese momento.
Los métodos, entonces, se mantenían, pero Montesinos era otro. A su experiencia como capitán cercano a los altos mandos de las Fuerzas Armadas durante el gobierno de Velasco, le sumaba ahora los kilómetros recorridos como abogado de narcotraficantes en el Callao. “Hubiese sido difícil, si no imposible, que Fujimori encontrara alguien que tuviera un conocimiento profundo de cómo y a quiénes corromper y controlar en órganos clave para un gobierno autoritario, como las Fuerzas Armadas y el Poder Judicial. Montesinos supo encontrar a las personas corrompibles y ubicarlas en los puestos indicados para sus intereses”, sostiene Rospigliosi.
Montesinos va acaparando poder paso a paso. En las primeras semanas, es una especie de jefe de seguridad de Fujimori, al que va inoculando de miedos y teorías conspiratorias. Luego, se convierte en su nexo con los militares, una casta con la que aparentemente Fujimori no sentía mayor afinidad. También va copando el Poder Judicial con personajes corrompibles y deudores de favores y afectos. Su último gran paso, cuyo aprendizaje lo tendría fascinado buena parte de la segunda mitad de los noventa, sería el control de los medios. “En la mitad de los ‘vladivideos’ de esa época que pude leer Montesinos siempre menciona temas relacionados con los medios: programas de televisión, ratings, nombres de animadoras”, recuerda Jochamowitz.
Parecería, entonces, que las circunstancias –¿o tal vez todo fue premeditado?– llevaron a Montesinos, un ex militar; abogado corruptor de jueces y fiscales; con contactos en la política, la sociología y la inteligencia y –finalmente, aprendiz de broadcaster–, a ser el alter ego en la sombra de Alberto Fujimori, su siamés en ese sustantivo que resume lo peor de otra década: fujimontesinismo. Imposible que hubiese otro como él. ¿Pero si Montesinos no hubiera llegado vivo al año 90, acaso no podrían haber surgido varios pequeños Vladimiros que relacionaran a Fujimori con los distintos poderes fácticos?
Rospigliosi cree que no, pues las peleas internas hubieran desmembrado al gobierno. Jochamowitz, en cambio, arroja una lista tentativa. Rafael Merino Bartet, un antiguo asesor de los militares al que Montesinos trajo de vuelta al Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) en los noventa podría haber sido un primer nexo con las Fuerzas Armadas, además de un creativo pensador de psicosociales; alguno de los varios publicistas que rodearon a Fujimori podría haber fungido de enlace con los medios: los hermanos Winitzky, Daniel Borobbio o, en las postrimerías del régimen, Carlos Raffo. Con el Poder Judicial podría haber intermediado alguno de los ministros de Justicia que tuvo Fujimori, como Augusto Antonioli o Fernando Vega Santa Gadea. “Lo dramático del fujimorismo es que todo estaba concentrado en Montesinos”, sentencia Jochamowitz.
Una segunda alternativa para Fujimori sin Montesinos podría haber sido no buscar apoyarse justamente en esos poderes fácticos, sino en algún tipo de concertación con distintos actores políticos y sociales; algo que, de hecho, intentó en su primer gabinete. Un camino que lo hubiera alejado de la opción del autogolpe del 5 de abril de 1992 –el cual, de acuerdo con Rospigliosi, habría sido imposible de ejecutar sin un operador político-militar como Montesinos–. Sin golpe, tampoco habría habido reelección en 1995, ni el espectacular destape de la corrupción del 2000, ni la renuncia por fax, ni, probablemente, los megajuicios que hoy se pueden ver en la televisión. Y el incierto futuro del país habría tomado diversos caminos (ver Si no hubiera habido autogolpes en la vida tan fuertes en Perú Económico de octubre del 2007). Pero, dentro de ellos, lo más probable, dado el ánimo general y las propias preferencias de Fujimori, era que las instituciones políticas tradicionales cayeran en la irrelevancia que, efectivamente, las caracterizó en los noventa, y que se buscasen atajos rápidos para aprovechar ese poder que, para Jochamowitz –también autor de una biografía de Fujimori– “fue un tesoro que él se encontró de pronto”.
Último video“La ruina final de Vladimiro Montesinos es la constatación de que estábamos frente a un demente sin ningún control de su persona ni de los acontecimientos que él mismo generó”, afirma Jochamowitz. Ahora bien, la gran pregunta es si fue el Perú el que creó a ese demente y lo llevó a lo más alto del poder o si fue ese demente quien configuró al Perú de los noventa. “No todo está determinado por los grandes procesos sociales. El país habría sido muy diferente sin Montesinos”, sostiene Rospigliosi. “Si el Perú no hubiese tenido un Montesinos, hubiésemos tenido que crearlo”, les dijo, en sentido contrario, un alto funcionario del SIN a Bowen y Holligan.
Tal vez sea conveniente volver a las dos biografías de Montesinos para encontrar unas reflexiones finales sobre su papel en la historia. “En un país corroído por el caos y la burocracia, Montesinos ofrecía a peruanos importantes, empresarios extranjeros, mafias colombianas, agentes de la CIA y funcionarios estadounidenses, sin distinción, lo que al parecer querían: un orden brutalmente rígido, un sistema vertical, una solución clandestina, la salida más rápida, a un precio”, escribieron Bowen y Holligan. “Si el fujimorismo era un estado de ánimo general, el montesinismo era la forma de actuar en ese clima”, sostuvo Jochamowitz.
Le tocará más bien a quienes escriban la historia que sí fue dentro de varias décadas saber si deberán terminarla también parafraseando a García Márquez: "Las estirpes condenadas a diez (o cien) años de corrupción no tenían una segunda oportunidad sobre esta tierra".
* Analista de Perú Económico y de Semana Económica
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