Según la agencia oficial de estadísticas de Zimbabwe, la inflación alcanzó el 66,000 por ciento en el 2007, lo que se asemeja más a la Alemania de Weimar que al África moderna. Si bien nadie está completamente seguro de cómo hizo el gobierno para calcular los precios, dado que prácticamente no hay nada a la venta en los negocios, la mayoría de los indicadores sugieren que Zimbabwe tiene buenas chances de romper los récords mundiales de inflación.
Por supuesto, por más curiosos que pudieran parecer, los banqueros centrales podrían decidir que reunirse en Harare sería demasiado inconveniente y políticamente indigerible. Por suerte, hay otros muchos destinos inflacionarios agradables, aunque menos espectaculares. La inflación en Rusia, Vietnam, Argentina y Venezuela está sólidamente instalada en los dos dígitos, sólo para nombrar algunas posibilidades.
De hecho, a excepción de Japón –que está acosado por la deflación– los banqueros centrales podrían reunirse casi en cualquier parte y ver una inflación alta y en alza. A las autoridades chinas les preocupa tanto la inflación del 7 por ciento de su país que están imitando a la India e imponen controles de precios sobre los alimentos. Incluso Estados Unidos tuvo una inflación del 4 por ciento el año pasado, aunque la Reserva Federal de alguna manera esté convencida de que la mayoría de la gente no se va a dar cuenta.
Muchos banqueros centrales y economistas sostienen que la creciente inflación global de hoy es sólo una aberración temporal, impulsada por los crecientes precios de los alimentos, el combustible y otras materias primas. Es verdad, los precios de muchas materias primas clave están entre un 25 por ciento y un 50 por ciento más altos que a principios de año. Pero si los banqueros centrales piensan que la inflación de hoy es simplemente producto de una escasez de recursos a corto plazo y no de una política monetaria laxa, se equivocan. El hecho es que, en gran parte del mundo, la inflación –y llegado el caso las expectativas inflacionarias– seguirá subiendo a menos que los bancos centrales empiecen a ajustar sus políticas monetarias.
Actualmente Estados Unidos es el origen de la inflación global. Frente a una combinación viciosa de precios de viviendas que colapsan y mercados crediticios que implosionan, la Fed ha sido agresiva a la hora de recortar las tasas de interés en un intento por evitar una recesión. Pero aunque la Fed no lo admita en sus pronósticos, el precio de esta "política de aseguramiento" casi con certeza será una inflación más elevada, y quizá por varios años.
La inflación de Estados Unidos estaría contenida excepto por el hecho de que muchos países, desde Oriente Medio hasta Asia, pegan sus monedas al dólar. Otros, como Rusia y Argentina, no tienen una paridad literal con el dólar pero, de todos modos, intentan suavizar los movimientos. En consecuencia, cada vez que la Fed recorta las tasas de interés, ejerce presión sobre todo el "bloque del dólar" para que haga lo mismo, por miedo de que sus monedas se aprecien a medida que los inversores buscan mayores rendimientos.
Una política monetaria más laxa en Estados Unidos, en consecuencia, ha marcado el ritmo de la inflación en una porción importante –tal vez cercana al 60 por ciento– de la economía global. Pero, dado que la mayoría de las economías en Oriente Medio y Asia están en mejor forma que Estados Unidos, y teniendo en cuenta que la inflación ya trepa de manera sostenida en la mayoría de los países emergentes, un estímulo monetario agresivo es lo último que necesitan en este momento.
El Banco Central Europeo (BCE) se mantiene calmo por el momento, pero probablemente él también esté frenando cualquier subida de la tasa de interés en parte por miedo a hacer subir aun más el euro, que ya alcanzó niveles récord. Y el BCE teme que si la recesión estadounidense demuestra ser contagiosa, tal vez tenga que cambiar de rumbo y empezar a recortar las tasas de todas maneras.
Ahora bien, ¿qué ocurre a continuación? Si Estados Unidos pasa de una recesión suave a una profunda, las implicancias deflacionarias globales cancelarán algunas de las presiones inflacionarias que enfrenta el mundo. Los precios de las materias primas globales colapsarán, mientras que los precios de muchos bienes y servicios dejarán de subir tan rápidamente a medida que crezca el desempleo y el exceso de capacidad.
Por supuesto, una recesión estadounidense también traerá aparejados más recortes de las tasas de interés por parte de la Fed, lo cual exacerbará los problemas más tarde. Pero las presiones inflacionarias serán aún peores si dicha recesión sigue siendo suave y el crecimiento global se mantiene sólido. En ese caso, la inflación podría aumentar fácilmente a los niveles de los ochenta (si no de los setenta) en gran parte del mundo.
Hasta ahora, la mayoría de los inversores pensaron que preferirían arriesgarse a una inflación alta por un par de años que aceptar incluso una recesión breve y poco profunda. Pero se olvidan fácilmente de los costos de la inflación alta y de lo difícil que es erradicarla del sistema. Tal vez ellos también deberían intentar llevar a cabo algunas conferencias en Zimbabwe y darse su propio baño de realidad.
Kenneth Rogoff *
* Profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard y ex economista en jefe del FMI
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