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2009

Edición de Diciembre 2008

154 El año pasado, el valor conjunto de las marcas de Merrill Lynch, AIG, Morgan Stanley y Goldman Sachs, era estimado por Interbrand en US$37,000 millones. Desde entonces, Merrill ha dejado de existir como una empresa independiente, AIG ha sido intervenida por el Tesoro norteamericano para evitar su quiebra, y Goldman Sachs y Morgan Stanley se han tenido que transformar en bancos receptores de depósitos del público para cubrirse así, eventualmente, bajo el paraguas del apoyo federal. Lionel Barber, editor del Financial Times, considera que, junto a Goldman Sachs, ahora un banco corriente, las otras dos entidades financieras que mejor salen de esta crisis son el Banco Santader de España y J.P.Morgan Chase.

 

Cuando a finales de setiembre pasado, el Congreso de Estados Unidos rechazó el primer plan de rescate financiero presentado por el secretario de Tesoro Hank Paulson, la bolsa de Wall Street se desplomó. De 500 acciones que registra el índice de Standard & Poor, 499 cayeron. Sólo aumentó ligeramente el precio de la acción de una empresa: Campbell Soup Company. El desplome del castillo financiero en paralelo con la persistencia del valor de la sopa, algo que hubiera sorprendido a la misma Mafalda, constituye una expresión emblemática de la recesión en curso.

Si el desplome de la confianza en el sistema financiero no fuese uno tan dramático, dicha recesión sería una relativamente fácil de proyectar. La economía de Estados Unidos recién empezaría a recuperarse a fines de 2009 o comienzos de 2010. Ello implicaría que la economía mundial crecería en 2009 sólo 2.5 por ciento, contra más de 3.8 por ciento en 2008. En esta perspectiva, el dinamismo de China, India y otros países en desarrollo impediría una depresión mayor. Para que este escenario sea viable, sin embargo, las tradicionales políticas monetarias y fiscales contracíclicas deberían ser suficientes para calmar gradualmente la grave tormenta en curso.

Sin embargo, hay cambios de dirección que pueden complicar el panorama. Uno es el de la propensión al ahorro en Estados Unidos. En los años ochenta, las familias norteamericanas guardaban, en promedio, el 9 por ciento de sus ingresos, una proporción similar a la que ahorran los europeos hoy. Para 1990, sin embargo, debido al optimismo, el ahorro familiar norteamericano disminuyó a cerca de 5 por ciento del ingreso total y, a comienzos del siglo XXI, a menos de 2 por ciento. En 2005, estimulados aún más por la burbuja inmobiliaria y por el alza de las acciones, los norteamericanos dejaron de ahorrar; pasaron a consumir literalmente todo lo que ganaban. Ello, por obvias razones, podría estar cambiando rápidamente. La deuda de las familias actualmente ya alcanza a todo el PBI de Estados Unidos, el doble de lo que era hace dos décadas. Y del ingreso medio, se destina 14 por ciento a servir dicha deuda. Y los jefes de familia promedio, que son de mayor edad que hace dos décadas, pueden sentirse crecientemente inseguros respecto de si sus ahorros le alcanzarán para el momento de la jubilación.

El consumo de los hogares norteamericanos constituye un pilar esencial del crecimiento económico global. Su total anual se acerca actualmente a US$10´000,000 millones. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si por este cambio de ánimo, las familias norteamericanas volvieran a ahorrar durante 2009 el 5 por ciento de sus ingresos? Ello implicaría una reducción del consumo global en US$500,000 millones, casi cuatro veces el PBI del Perú, un noveno del PBI de China. La recesión mundial sería entonces mucho más severa. La expectativa favorable es que mediante una reducción en las tasas de interés, menores impuestos y mayor gasto en obras públicas, la reducción en el consumo resulte siendo una más gradual. En tal sentido, la confianza que genere el programa económico del presidente electo Barack Obama será fundamental. El equipo de sus colaboradores nombrados hasta la fecha pareciera inmejorable. La otra gran incógnita en el tiempo es la permanencia del valor del dólar.

Esta crisis se produce en simultáneo con una transformación tecnológica sin precedentes. Por ejemplo, 1,500 millones de personas, casi un cuarto de la población mundial, ya utiliza regularmente Internet. Y la mitad de ellos realiza transacciones comerciales vía este medio, beneficiando a nuevos empresarios como Jack Ma, el fundador del Alibaba, quien estuvo en Lima para la reunión de APEC. En los próximos años, ya ni siquiera va a necesitarse de computadoras para el acceso a Internet, bastará el uso de teléfonos inteligentes. Estos sectores productivos vienen creciendo, a pesar de la crisis, a tasas de 15-20 por ciento anual.

En cualquier recesión, algunos sectores y empresas ganan y otros pierden, la preferencia por la liquidez crece y la preocupación por los costos se intensifica. Por ejemplo, los restaurantes, bares y cinemas pueden sufrir porque las personas pueden preferir quedarse en casa para ver una película. Pero ello puede generar, también, un aumento de la comida a pedido. Uno podría suponer que las marcas de lujo no resultarían afectadas en una crisis porque los ricos pueden sostener su ritmo de consumo, pero los mayores consumidores de estos productos suelen ser personas de ingreso medio que quieren impresionar bien, actividad que pueden dejar para tiempos mejores.

En The World in 2009 de The Economist, Henry Kissinger afirma que Estados Unidos enfrenta no sólo el final de un período de crecimiento muy significativo, sino la comprobación de que un sistema económico no puede sostenerse exclusivamente con base en deuda. Considera que una de las tareas fundamentales del próximo año será cerrar las brechas entre un sistema económico global y un sistema político basado más en estados nacionales. Para el ex secretario de Estado, quien fuera determinante en el acercamiento entre China y Estados Unidos, si la oportunidad se aprovecha, 2009 puede marcar el inicio de un nuevo orden mundial. Así, en diciembre del próximo año habrá una reunión de las Naciones Unidas en Copenhague sobre cambio climático en la cual se podría lograr un acuerdo global en tal sentido.

Esta crisis se produce en simultáneo con una transformación tecnológica sin precedentes

 

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