Con la excepción de Richard Nixon, quien tuvo que renunciar al cargo por el escándalo de Watergate, la aprobación popular del presidente George W. Bush al término de su segundo mandato ha sido la más baja desde la que tuvo su antecesor Harry Truman, quien también tuvo responsabilidad por una guerra exterior –la de Corea–. Sin embargo, al día siguiente (setiembre, 2001) del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, la aprobación a W. llegó a superar el 90%. Y la mayor caída registrada durante su gobierno no se dio como consecuencia de hechos vinculados a la guerra con Irak sino por la respuesta dada o percibida ante el desastre ocasionado (agosto 2005) por el huracán Katrina a la ciudad de Nueva Orleáns.
Debido a las diferencias abismales que actualmente existen en calidad de vida entre las dos Coreas, la historia ha terminado siendo mucho más generosa con el presidente Truman que lo que fueron sus contemporáneos y hoy día se le destaca como un líder democrático, enérgico y acertado. Si los muchos críticos de W. se refieren a su gobierno como “uno de los peores de la historia”, sus simpatizantes usan con frecuencia el ejemplo de Truman para señalar que –cuando y si un futuro Irak democrático y pacífico se convierta finalmente en un ancla de estabilidad en una región agitada– la historia reivindicará al presidente Bush.
Cualquier gestión de ocho años resulta una necesariamente de luces y sombras. John F. Kennedy condujo a Estados Unidos a Camelot, pero también a la Bahía de los Cochinos. Lyndon B. Johnson avanzó como nunca antes en la afirmación de los derechos civiles, pero se quedó entrampado en la guerra de Vietnam. Jimmy Carter rescató al país de la pesadilla de Watergate, pero para conducirlo a un estado de confusa sensación de malestar. Ronald Reagan trajo abajo el Muro de Berlín, pero terminó su gobierno canjeando rehenes por armas en Irán. Y Bill Clinton equilibró las finanzas públicas, pero enfrentó un antejuicio por un comportamiento escandaloso.
En su discurso de despedida, W. señaló que el mayor mérito de su gobierno –uno que él considera insuficientemente reconocido– ha sido mantener la seguridad territorial de Estados Unidos después de los ataques terroristas de 2001. Es obvio para cualquier analista que su principal error fue atacar Irak con el argumento, reiterado ante sus aliados y la comunidad internacional, de que dicha acción era necesaria para destruir sus armas de destrucción masiva, las cuales nunca se llegaron finalmente a encontrar. Por otro lado, es evidente que la acción más reciente de reforzar el número de tropas norteamericanas, cuando muchos críticos demandaban su retiro ante “una guerra perdida”, fue una decisión que W. tomó casi solo, en el medio de una campaña electoral, y que resultó finalmente acertada para la estabilidad de la región. Lo que terminen haciendo el presidente Barack Obama y su secretaria de Estado Hillary Clinton durante los próximos meses y años en Irak puede resultar crítico para la evaluación final de la gestión de W. Si la política de Estados Unidos se mantuviera en esencia, esta tendencia podría atenuar las críticas a la gestión del presidente Bush.
Hubo otros hechos muy significativos durante su gobierno: el apoyo consistente y generoso contra el sida y la malaria en África, la exigencia de rendimiento y resultados para el “fondeo” de los colegios públicos, la asistencia financiera a los mayores para la adquisición de medicinas recetadas, la elección de dos notables juristas –John Roberts y Samuel Alito– a la Corte Suprema, y la afirmación –por primera vez hecha por un presidente de Estados Unidos– respecto a la legitimidad de un estado palestino.
El ataque a Irak y la respuesta al Katrina tampoco fueron las únicas fallas. W. no logró, como quería, renovar el sistema de seguridad social (con un sistema similar al del fondo de pensiones) ni reformar el complejo sistema de inmigración. El aumento en el gasto del sector público ha sido el mayor desde el presidente Johnson. Con el argumento de la seguridad, el Poder Ejecutivo asumió poderes que, en opinión de algunos analistas, resultan anticonstitucionales. Así, por ejemplo, se amplió la facilidad para escuchar conversaciones. Por otro lado, contra la opinión mundial, se rechazó un pacto (que finalmente resultó poco efectivo) sobre cambio climático y la crisis económica, que explotó a finales de su gobierno, es la peor desde la Gran Depresión.
La mayor caída en la aprobación la tuvo como reacción a la gestión del gobierno ante el Katrina. Decenas de miles de personas sufrieron, por varios días, escasez de agua, comida y asistencia mínima, en una ciudad inundada, con miles de casas destruidas y miles de millones en pérdidas. El presidente Bush estaba en California y, de regreso, su avión sobrevoló la zona sin aterrizar. El primer contacto con la prensa lo tuvo junto con Michael Brown, director de la oficina federal para emergencias. W. le dijo ante los periodistas: “Brownie, estás haciendo un excelente trabajo.” Éste, sin embargo, tuvo que renunciar a los pocos días ante expresiones evidentes de ineficiencia. Bush resultó visto como un líder poco sensible ante la tragedia de los más pobres. El capital político que ganó con la reelección en 2004 lo perdió entonces.
En cuanto a América Latina, aunque la prioridad dedicada a la región disminuyó, como consecuencia de las múltiples crisis internacionales, el gobierno de W. resultó muy abierto y afirmativo. Además de con el Perú, Estados Unidos suscribió TLC con América Central, Panamá y Colombia, aunque estos dos últimos todavía dependen de la aprobación de su Congreso. Uruguay también ha mostrado interés en iniciar negociaciones en este sentido. Con Brasil, Estados Unidos firmó un acuerdo de aprovechamiento de energía renovable y mantuvo relaciones pragmáticas y respetuosas. No queda claro, en el marco de las obvias urgencias fiscales del próximo gobierno, en qué medida el gobierno del presidente Barack Obama resulte mejor para la región que el que termina de George W. Bush.Normas de uso:
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