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Un “lujo” que el país se da: tener personas bajo la línea de pobreza y, a la vez, obesas

Por Milagros Agurto*
*Decana de la Facultad de Nutrición de la Universidad Científica del Sur
La pobreza siempre estuvo asociada a la desnutrición, niños con talla corta, la enfermedad y la muerte; mientras que la riqueza a la opulencia, el buen comer, la obesidad y las enfermedades relacionadas con el aumento de peso. Hoy, este paradigma ha cambiado. A los profesionales de la salud no nos llama la atención a observar a personas que hace dos o tres décadas fueron desnutridos, delgados y de talla, y que hoy son obesos y con enfermedades como hipertensión o diabetes.
Obesidad con dinero y sin él
No es lo mismo obeso adinerado que obeso que no tiene dinero. Algunos investigadores han intentado dar solución a este dilema y algunos llegan a conclusiones que deben ser tomadas en cuenta: el niño que fue pobre y al que le faltó alimento suficiente en la etapa de crecimiento vivió generalmente “ahorrando energías”, es decir, combustible. De esa manera, tiene “un gen ahorrador” que le permite subsistir con poco manteniendo sus funciones básicas; cuando el alimento pasa a “abundar”, el cuerpo lo reconoce como un exceso y lo almacena, y se produce la obesidad. Esto, sumado a la poca actividad física o escasez de movimiento, puede acarrear enfermedades crónicas como la diabetes.
La pregunta que salta es: ¿llegará suficiente información sobre los beneficios de la actividad física a todos los rincones del país? Los gimnasios se han hecho para una elite que los puede pagar, ¿En cuántos municipios del país se promueve la salud a partir del ejercicio?
El que tiene dinero o mayor acceso a los alimentos generalmente es obeso porque come mucho. Esto, incluso si se trata comida sana, pero en gran cantidad; este un mito que se debe desterrar, pues muchos piensan que por comer sano nunca engordarán. También son obesos quienes comen mucha comida grasosa –entiéndase como tal aquella comida que excede los niveles de grasa permitidos al día o por porción–, cual ocurre en Estados Unidos.
En el Perú, en particular, las personas obesas son de zonas más deprimidas económicam
ente, donde la dieta, por lo general, se elabora sobre la base de carbohidratos (harinas). Así ocurre en ciudades del norte del país, por ejemplo.
Otro factor interesante es la transculturización. Se observan tres generaciones juntas: una abuela campesina en polleras con aumento de peso por la edad, pero de apariencia saludable; la madre, con una vestimenta normal y algo rolliza, y la nieta, al lado, vestida muy a la moda con jean a la cadera y sobrepeso notorio que rebalsa la correa. Muchos de los patrones saludables de las personas del campo, que partían de una comida elaborada en casa, se han perdido cuando emigraron a la ciudad. Quizá tienen más comodidades respecto de la zona rural, pero su urbanización también colaboró con el aumento de la obesidad y la pérdida de su alimentación sana.
La no-contradicción
La pobreza y la obesidad, pues, pueden coexistir en el mismo momento y lugar. En el Perú muchas pueden ser las variables que originen este hecho: van desde la gestación, cuando las madres ya desnutridas se embarazan y los niños nacen de bajo peso con el “gen ahorrador”, hasta la propia desnutrición que padecen en la infancia para después vivir una la adultez con “abundancia” que generará sobrepeso y luego obesidad, acompañados de inactividad o poco movimiento.
Insisto al pensar que ni la desnutrición ni la obesidad se vencerán con programas asistenciales en los que se brinden alimentos. La educación y la erradicación de las inequidades sociales que seguimos afrontando serán la única forma de cambiar la evolución de esta enfermedad. La educación nutritiva incorporada al plan de estudios desde la etapa inicial en las escuelas permitirá que los niños, desde temprana edad, tomen conciencia del rol de los alimentos y la salud; de cuál es la importancia de éstos en las diferentes etapas de la vida, cómo y cuándo consumirlos, en qué cantidad.
Por cierto, al hablar de nutrición se hace inherente el tema de la actividad física, que hoy se ha perdido en las escuelas, o al menos en muchas. Estamos generando pequeños genios que posiblemente no vivirán mucho porque tienen mucho peso. A la vez, las áreas verdes de las calles no se pueden pisar porque son para adornar la ciudad –no importa que los niños no tengan dónde jugar–. Construimos más edificios o edificios más grandes a expensas de la destrucción de las veredas donde antes caminábamos y de los parques donde antes jugábamos.
El análisis, creo, no es tan fácil; hay que enganchar muchas piezas en el rompecabezas. Las más importantes: una industria alimentaria que nos permita tener alimentos más sanos; gobiernos locales que fomenten más la actividad y vida sana con menos violencia en las calles; escuelas que equilibren mente y cuerpo; y acabar con muchas de las inequidades que además fueron responsables del punto de inicio, la pobreza. ¿La pobreza trae más desnutrición y/u obesidad? ¿O son la desnutrición y/u obesidad las responsables del aumento de la pobreza?
Lo único que me queda claro, volviendo al principio, es que hoy vemos a los que hace dos o tres décadas fueron niños desnutridos convertirse en adultos con sobrepeso u obesidad. Y que finalmente significarán una carga económica al Estado cuando enfermen, y generarán una disminución de la productividad del país. En resumen, el Perú sigue hipotecando su futuro.
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