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¿Sabía que comer fruta luego del almuerzo o de la cena no sirve para nada? ¿Y que el pan no engorda? ¿O que el ají ayuda a perder peso? La causalidad entre comer y ser es cada vez más directa.
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Por Adriana Roca
Cuando era pequeña los desayunos, almuerzos y cenas en mi casa solían ser una especie de tortura, sobre todo cuando mi abuela estaba de visita. La madre de mi mamá, que era el ser más divino sobre la faz de la tierra para mí, vivía en una eterna dieta y reemplazaba todas sus comidas por tortitas, pancitos, helados, chocolates y dulces. Ella no iba a engordar con cosas que no le gustaban (como las verduras, las menestras, las carnes, pescados, y pollos). Lo repetía siempre. Y entonces, cada vez que nos sentábamos a la mesa a comer, mi abuela se excusaba de ingerir cualquier plato que sirvieran dado que ella ya había “comido” algo antes.
Entonces, mi madre, que era el ser más opuesto a mi abuela, se empeñaba en dar un discurso que yo odiaba. Empezaba con algo así: “si no comes comida sana, vas a terminar mal. Tu piel se va a volver más fofa, su brillo le desaparecerá; si te caes y te rompes un hueso, éste nunca se curará. Y lo peor de todo es que terminarás desmemoriada”.
El credo de vida de mi madre era –y sigue siendo– que uno es esencialmente lo que come. A mí me decía “papa frita”, porque era lo que más me gustaba comer y como mi abuela, reemplazaba comidas enteras por sólo comer papas. Y aún lo sigo haciendo. Y mi abuela todavía sigue sus dietas de dulces. Ella, que es relativamente joven para ser abuela, ya no puede ver, no puede estar parada mucho tiempo, repite todo ochenta veces y su piel es como hecha de goma de mascar. Pero todo eso constituye los síntomas de una persona mayor, eso lo sé. El problema es que siempre tuvo esos síntomas, incluso cuando no tenía más de 55 años. Fue cuando caí en cuenta de eso último que realmente me puse a pensar en que quizá, a la larga, por más pesada que haya sonado mi madre, puede haber tenido razón.
Para comenzar, en términos de bienestar físico, la dieta que uno lleva es esencial. Ésta debería estar conformada por proteínas (15%), grasas (30%), e hidratos de carbono (55%). La nutricionista Fátima Aramburú recomienda buscar alimentos naturales y evitar a toda costa los procesados. “Estamos formados por nuestra carga genética y nuestro estilo de vida. Respecto de lo primero no se puede hacer nada, pero si llevamos una dieta adecuada podemos desactivar la predisposición a los problemas de origen genético”, señala la especialista.
En ese sentido, siempre es importante empezar el día comiendo frutas, sobre todo porque el cuerpo sólo las procesa bien cuando el estómago está vacío. Así que si usted es de aquellos que piensan que comer frutas de postre es bueno, está muy equivocado. Además, las frutas, así como las verduras también tienen antioxidantes biológicos, como los carotenoides, que protegen a las células y a los tejidos de daños causados por radicales libres de oxígeno dentro del cuerpo. Ese tipo de nutrientes ayuda a proteger al esqueleto a reducir su proceso de oxidación y, por ende, no deja que los huesos se debiliten.
El yogur también debería formar parte del desayuno o podría ser un postre en las comidas debido a que ayuda a mejorar la salud. Contiene bacteria “buena” que desplaza a la mala bacteria que se ubica en el colon y que muchas veces causa una variedad de síntomas desagradables, como diarrea o estreñimiento. Los probióticos –es decir, la buena bacteria– ayudan a aliviar gases, dolores, diarrea e hinchazón, asociados al síndrome del intestino irritable. En general, el yogur ayuda a apaciguar todos los síntomas intestinales. Incluso, según estudios de Walden University, los probióticos ayudan a prevenir infecciones vaginales y aminoran el mal aliento.
Los panes y cereales también son saludables y ayudan a empezar el día con energía. Contra lo que la mayoría de las personas piensa, el pan no engorda, en especial el pan integral. En general, da fibra, y evita la acumulación de los restos innecesarios para el organismo en el intestino.
Para el almuerzo o cena, se recomienda ingerir mucho pescado, ya que éste es rico en proteínas y en ácidos grasos de omega-3. Según investigaciones de The Journal of the American Medical Association, el omega-3 del pescado ayuda a evitar la enfermedad coronaria (coronary heart disease) en la gente adulta y estimula el desarrollo del cerebro en niños pequeños. Asimismo, combate la declinación cognitiva y la depresión. En todo caso, se estima que el pescado que se consume en la actualidad puede tener niveles relativamente altos de mercurio, debido a la contaminación de las aguas. Pero de acuerdo con investigaciones hechas en Estados Unidos, las cantidades de mercurio que pueden incorporar los peces vivos son mínimas como para ser un riesgo para sus consumidores. El efecto negativo que se podría generar, en todo caso, es que aminore la capacidad cardiovascular de una persona.
A su turno, las lentejas ayudan a bajar de peso y a reducir el tamaño de la barriga. Esto debido a que estabilizan los niveles de azúcar en la sangre y previenen que haya disparos de insulina que hacen que el cuerpo genere grasa extra, especialmente en el área abdominal.
Por lo general, la gente que incluye en su dieta carne roja tiene más fibra muscular que la que no lo hace. Si se está tratando de perder peso, la carne ayuda a eliminar más kilos más rápido, ya que hace que la masa muscular quede intacta y se eliminen las calorías de grasa. Además, contiene vitamina B12, cuya principal función es regular la formación de las células rojas del cuerpo, además de regular los niveles de energía. Sin embargo, si la carne se consume en grandes cantidades puede causar un aumento en el ácido úrico en la sangre, que luego forma cristales que se acumulan en las articulaciones y causan dolor e inflamación. Eso se conoce como la enfermedad de la gota.
Comer chiles y ají también es genial, según la revista Self. Los picantes aceleran el metabolismo, debido a que contienen un elemento químico que se llama capsaicina. Y, sorprendentemente, el ajo y el jengibre, además de hacer la comida deliciosa, tienen propiedades antiinflamatorias que ayudan a combatir la artrosis y la artritis reumatoide.
Eso sí, la sal debería ser ingerida en mínimas cantidades debido a que incrementa la eliminación del calcio a través de la orina. Y las papas fritas, los chips y todo lo frito deberían, en realidad, ser eliminados de la dieta, puesto a que los alimentos que son cocinados en temperaturas altas (a más de 190°C) generan una sustancia química que se llama acrilamida, que, a su vez, es cancerígena.
La fuente de la belleza
Para la juventud cuasi eterna, los antioxidantes son más que necesarios en la dieta, ya que previenen la salida de arrugas. Entre los mejores alimentos antioxidantes destacan los cereales, los frutos secos, las legumbres (también buenas para reducir el colesterol) y lospimientos, que contienen el doble de vitamina C que los cítricos. Los frutos rojos,como lasfresas, arándanos, y frambuesas son indispensables. El brócoli, la col, la palta y el aceite de oliva también deben estar presentes –sobre todo los dos últimos– por ser ricos en vitamina E. Asimismo, contienen ácidos grasos, que previenen las manchas que aparecen en la piel por el paso del tiempo y los efectos nocivos de los rayos solares.
Según la revista Telva, el repollo, las coles, las cebollas moradas, espinacas, zanahorias y tomates protegen la vista, las uñas y le dan vida al cabello, ya que son ricos en vitamina A y minerales. Asimismo, la publicación asegura que entre los otros “tesoros antiedad” están las uvas negras, los cítricos, los berros y el chocolate, ya que son fuentes de magnesio y manganeso, que previenen el estrés y la ansiedad.
Mente sana en cuerpo sano
También existen cientos de alimentos que contienen sustancias que, sintetizadas por las neuronas, permiten que el cerebro funcione bien. Éstas se llaman neurotransmisoras, y estimulan la capacidad intelectual y la memoria en las personas. Los alimentos que contienen estas sustancias mágicas son los siguientes: los frutos secos, como las nueces; los pescados azules, como el atún, la sardina, el salmón y el lenguado; las margarinas enriquecidas con DHA y las harinas integrales.
Sin embargo, para la nutricionista Aramburú, “la margarina es pésima, y es mejor siempre utilizar mantequilla”.
Finalmente, también existe la comfort food: comida que ayuda a mejorar el estado de ánimo. Según una serie de estudios, los carbohidratos –como por ejemplo el arroz, las harinas refinadas o el azúcar– estimulan el bienestar de las personas debido a que generan una reacción química que produce la liberación de dopaminas en el cerebro. La dopamina es una hormona que atenúa los sentimientos negativos cuando uno está cansado o estresado.
Una combinación de comida sana, entonces, estimula el alma, el cuerpo y la cara.
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