La revolución genética de los próximos 20 años tiene nombre propio: se llama biología sintética, o simplemente, vida artificial
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-->Por Serapio Cazana

El sueño de crear vida en el laboratorio a partir de materia inerte se convirtió en aventura científica en 1953. Ese año, Stanley Miller, estudiante de doctorado de la Universidad de Chicago, y su director, Harold Urey, crearon en una burbuja de vidrio una especie de atmósfera primitiva. A modo de caldo orgánico, soltaron descargas eléctricas y produjeron algunos aminoácidos que son fundamentales en la composición de las células. Con ello, buscaban explicar el origen de la vida en la Tierra.
Alrededor de 50 años después del experimento Miller-Urey, un equipo de investigadores en Maryland ha creado el primer cromosoma artificial, el cual contiene información genética para reproducirse y crecer, de acuerdo con The Washington Post. Muy pronto, los científicos podrán crear formas de vida enteramente nuevas para diversas aplicaciones. Cabe, pues, preguntarse cuál sería su impacto real en la salud y la economía.
La empresa Synthetic Genomics está trabajando en crear células para producir etanol, hidrógeno y otros componentes para combustibles. Otra empresa de San Carlos, California, llamada Ls9, está reprogramando la bacteria E. coli con la finalidad de producir un sustituto del combustible, el cual podría bajar el precio del galón de gasolina a tan sólo US$1.50. Por su parte, un grupo de científicos de la Universidad de Nottingham ha creado membranas celulares, que constituyen una forma de vida artificial, y su finalidad es lograr la administración selectiva de fármacos, especialmente contra la concentración de células cancerígenas. Según la revista Scientific American, detrás de la comercialización de estas formas de vida artificial está el objetivo de controlar los procesos industriales en el nivel biomolecular durante los siguientes años.
Por lo tanto, actualmente más y más científicos están diseñando –y tratando de construir– sistemas biológicos para producir nuevos y mejores medicamentos, así como multiplicar los suplementos alimenticios en muchos países en vías de desarrollo a costos reducidos. Esto, además de producir combustibles o simplemente generar organismos que puedan consumir los residuos tóxicos de las industrias y disminuir la contaminación.
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De acuerdo con la revista Trends, entre el 2010 y el 2030 el mundo será testigo de una gran revolución en ingeniería genética. La decodificación del genoma humano permitirá que los hombres de ciencia puedan producir tejidos y órganos según las funciones específicas que éstos realizarían. Así por ejemplo, los biólogos pueden recomponer el ADN de la piel para que ésta tenga luces intermitentes, semejantes a las de una luciérnaga o un árbol de Navidad.
Otra tendencia que se prevé para estas dos décadas de la gran revolución es la generación de una industria “vital”de trillones de dólares. ¿Dónde se situará el Silicon Valley de las células? ¿Surgirán los equivalentes biológicos de Apple, Intel o Microsoft? Indudablemente, las empresas que lleguen primero a estos niveles de investigación tienen mejores posibilidades para disponer las reglas del juego a su favor, como ocurrió en los ochenta con los fabricantes de microprocesadores.
Sin embargo, a pesar de que la vida artificial tiene la capacidad de transformar totalmente la economía mundial, los logros de la ciencia implican grandes desafíos para los gobiernos. Por ejemplo, la aplicación militar de este tipo de tecnología ya está en estudios. ¿Pero qué pasaría si esos conocimientos cayeran en manos de un grupo terrorista o de una banda de delincuentes? Obviamente, en los próximos años la ciencia, la industria y los gobiernos tendrán que trabajar mano a mano.

Por último, es ultraconocido el candente debate entre ciencia y religión en los últimos siglos, y la vida artificial sin duda lo pondrá de nuevo en agenda.
Trends indica que los naturalistas sostendrán que si la vida puede ser creada en un laboratorio no tiene nada de mágica ni de sobrenatural, lo cual constituiría una evidencia contra la fe en Dios. No obstante, los religiosos argumentarán que la creación de la vida a partir de materia inerte más bien apoya la creencia en Dios. Su razonamiento será, muy posiblemente, el siguiente: para crear una sola célula se han requerido miles y miles de horas de trabajo en varias décadas, y de las mentes más brillantes. ¿Cómo habría habido de surgir, entonces, la vida al azar en una atmósfera tan hostil como la que existía en la Tierra hace millones de años? Usted sabrá si creer o no.
Entre junio y noviembre de este año se completará el montaje de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés) y se duplicará el número de astronautas que viven ahí de manera permanente –actualmente son tres, y rotan cada seis meses–. Hace un año, la Agencia Europea del Espacio lanzó su propio laboratorio a la ISS, el Columbus, que se encarga de realizar varios experimentos, que pueden ser de biología, física o química. Y nadie menos que un científico peruano, Martín Canales Romero, es el coordinador de investigaciones del Columbus en el Deutsches Zentrum für Luft Raumfahrt e.V., con sede en Alemania.
La jornada regular de trabajo es de nueve horas diarias, pero normalmente los científicos se quedan más tiempo. “El trabajo científico a veces se convierte en rutina: es como ir a una oficina en Lima y hacer tu trabajo de todos los días. Pero cuando ocurren hechos importantes, reflexionas en lo fascinante que es dedicarse a esta labor”, señala Canales.
El proyecto de la ISS comenzó hace 10 años con el lanzamiento del módulo ruso Zarya, al que le siguió para acoplarse la nave estadounidense Unity. Así, comenzó una especie de juego de lego, en el cual cada vez se añaden más piezas hasta conseguir una estructura completa. Se estima que cuando se termine la estación, será del tamaño de un estadio de fútbol.
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