El presente de una de las actividades primarias más esenciales de la economía admite no sólo cultivos alternativos, sino también una lectura alternativa en algunas de sus estructuras claves
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“El Perú ya no es un país agrícola”
FALSO. Su población sí lo sigue siendo; el que es minero es el Estado. Eso ocurre porque en la economía hay dos tipos de sectores. Por un lado, están los que supuestamente enriquecen a los peruanos, pero primero tienen que contribuir al Estado para que éste distribuya esa riqueza, como en el caso de la minería o los hidrocarburos; son los sectores que pagan muchos tributos (impuestos, regalías, etcétera) pero no tienen gran cantidad de personal. Por otro, están sectores como la agricultura que enriquecen a los peruanos sin necesidad de que el Estado intermedie en la operación; son aquellos que no pagan muchos tributos, pero sí salarios a mucha gente.
El mejor ejemplo está dado por los pueblos situados en torno de Chavimochic, que hoy tienen negocios con movimiento, con consumo permanente y acceso a diferentes servicios. Ésa es una bonanza en cuya gestación no ha participado directamente el Estado. Hagamos un cálculo simple: un agricultor esparraguero, por hectárea, debe poner US$4 diarios en el sobre de pago de un obrero. En todo Chavimochic hay alrededor de 5,000 hectáreas de espárragos, por lo que hablamos de US$20,000; que por siete días que se trabaja la tierra, son US$100,000 que se van a gastar semanalmente en los pueblos aledaños sin que el Estado haya tocado un sol. Es verdad que con el progreso de la tecnología agrícola hay empresas grandes que pagan importantes impuestos; pero no hay tal cosa como un canon esparraguero que genere disputas entre poblaciones, por ejemplo. Todo el flujo económico va directamente al pueblo, y por eso el país es agrícola.
“La crisis económica inevitablemente golpea al agro”
NO TENDRÍA POR QUÉ SER ASÍ. La agricultura moderna, tecnificada, está inevitablemente atada a las fluctuaciones de la economía mundial, pues su desarrollo está basado en la agroexportación. La agricultura tradicional, en cambio, constituía por definición un colchón social rural ante las crisis, dado que abastecía el consumo más básico posible en el mercado interno, el de productos de panllevar. Hoy, ese colchón –que ciertamente no volvía rico a nadie, pero sí permitía “pasarla” en tiempos difíciles– se ha caído por la ineficiencia de los minifundios, que no tienen la capacidad económica para soportar los efectos de la crisis y terminan canibalizando entre ellos el mercado existente.
Por eso, la agricultura tecnificada no es un reflejo de la agricultura nacional, y no puede constituir un ejemplo para determinar cuáles son las soluciones a toda la problemática agraria del país. De hecho, un agricultor puede estar muy mal mientras en paralelo el resto de la cadena está bien. Si en determinado momento, por efecto de la crisis, el exportador ve que no va a ganar, no exporta; si el transportista ve que no va a ganar, no transporta; si el que empaca ve que no va a ganar, no empaca; pero el agricultor siempre debe producir, porque es el dueño de la tierra y no le queda otra opción. Por eso, acaba siendo el más desamparado de la cadena de producción.
“La diversidad climática del país es una ventaja”
NO TANTO PARA EL AGRO. La gran dificultad de la variedad de microclimas existente en el país es que, en términos estrictamente agrícolas, no facilita el desarrollo de la tecnología. Las áreas acaban siendo tan reducidas que hacen muy onerosa la experimentación agraria en general y el desarrollo de semillas en particular. Es imposible imaginarnos a Monsanto invirtiendo en el desarrollo de una semilla para la parte alta del valle de Chincha, por ejemplo. Por cierto, es una realidad inevitable, así que hay que intentar sacarle provecho en la medida de lo posible.
No podemos compararnos con Chile y Argentina porque ellos son los dos únicos países del mundo que cuentan, a lo largo de su territorio, con todas las latitudes de la zona templada del mundo, la misma que no es equinoccial (zona en la que, a diferencia de lo que pasa en el Perú, el día no dura, en todo el año, lo mismo que la noche). Por esa razón, pueden producir, para vender a los países ricos de la zona templada del norte, los productos agrícolas que ellos consumen cuando, por estar en invierno, desaparecen de sus mercados.
Así, la demanda internacional por la agricultura chilena y argentina es consistente, porque durante todos los años se produce durante el invierno del hemisferio norte. El Perú, en cambio, es un país en zona tropical (equinoccial, donde, durante todo el año el día y la noche duran lo mismo), pero cuya costa y sierra, gracias a la corriente de Humboldt y a los Andes, tienen un clima benigno que nosotros llamamos “templado” (sin que ello quiera decir que el Perú está en la zona templada del hemisferio sur). Esto lo coloca en una situación compleja en el plano genético, ya que las semillas desarrolladas en los países ricos del mundo (Europa, EEUU) no son 100% compatibles con nuestros climas porque no son equinocciales, y porque tampoco lo son las producidas en los países tropicales más ricos (Brasil, India, entre otros), dado que éstos a pesar de ser equinocciales no tienen nuestro clima “templado”.
Por ello, no le queda al Perú otro recurso que hacer, aunque la diversidad de ecosistemas no lo ayude para ello, un gran esfuerzo para desarrollar sus propias semillas.
“Los cultivos no tradicionales son la solución para el agro”
SÓLO EN PARTE. Cuando la costa redujo la siembra de productos industriales como el algodón, aumentó la producción de productos de panllevar, quitándole a la sierra el mercado costero que tradicionalmente abastecía. Esto generó una crisis en la sierra y también en la costa.
Ahora se habla de hacer exportar a la sierra, pero para que ella pueda competir externamente debe tener una gran productividad; es decir, altas producciones por hectárea. Y su clima y geografía hacen difícil –mas no imposible– que las tenga.
También se habla de los “cultivos de cuatro meses”, los cuales si bien se pueden sembrar en la costa y en la sierra, desgraciadamente constituyen un cimiento agrario débil porque para producirlos no se requiere que el país tenga una estructura paralela costosa difícil de crear “de un día para el otro”. Por la misma razón, “de un momento a otro” cualquiera en el mundo puede sembrarlos y hacer que su demanda desaparezca, como ocurre con las verduras, menestras, cebollas, etcétera.
La importancia de la caña de azúcar, el algodón, los frutales o los espárragos radica en que para producirlos y exportarlos se requiere tiempo para iniciar la producción y costosas inversiones paralelas como ingenios, desmotadoras, o plantas conserveras, que impiden a otros países producirlos “de buenas a primeras”. Por eso, lo más recomendable es desarrollar una agricultura que esté, en la mayor parte posible, sustentada en cultivos sólidos que tienen, por las razones mencionadas, una demanda anual más o menos estable. Y a la vez, utilizar los cultivos de “cuatro meses” para “especular” tanto en el mercado internacional como local cuando y donde la inversión en cultivos sólidos todavía no sea posible.
“Hay que recolocar los cultivos de la costa en la selva”
ANTES HAY PREGUNTAS QUE CONTESTAR. Una de ellas es qué se va a sembrar en su lugar. El agro cumple una función social, y la verdad es que los arroceros de Lambayeque, por ejemplo, no pueden dejar de sembrar arroz sin tener un cultivo para reemplazarlo ni el dinero para realizar el cambio de su actividad agrícola.
Ciertamente hay un tema vinculado al costo del agua y al de la salinización de las tierras, el cual se discute en la actualidad. Pero hay que recordar que sólo la cosecha de invierno de arroz se riega con agua de las lagunas, que vendría a ser el agua cara; porque la de verano se riega durante la temporada en que los ríos traen tanta agua que la mayor parte se va al mar.
Me pregunto: ¿Cuánto cuesta el agua que los arroceros usan para su siembra de verano si la mayor parte de ella se va al mar? ¿Cuál es el costo del agua que se usa para la cosecha de invierno? ¿Cuál es el costo de mudar el arroz a la selva? ¿Cuál es el costo de las obras que se requieren para evitar la salinización de las tierras? ¿Cuál sería el costo social y económico para el norte peruano si la industria arrocera se muda a la selva y se dejan de sembrar sus tierras?
Las respuestas a estas preguntas no están en el ámbito político, sino en el técnico y el económico.
“Socialmente, hoy el agro está mejor que antaño”
FALSO. Hoy en el agro, por ejemplo, no se paga el seguro social ni el aporte para las jubilaciones que antes sí se pagaban. Al margen del delito moral y la falta de control, hay una razón puramente económica derivada del esquema de minifundio para que no se pague.
Imaginemos que un agricultor parcelero contrata un peón para que trabaje dos días y le paga S/.20 por jornada; son 40 soles, cuyo 4% es S/.1.60, que representa el aporte al seguro. Para poder pagar ese monto, el peón debe estar inscrito en el Seguro Social con sus papeles personales en regla y el parcelero, para pagar esa reducida cantidad de dinero, debe movilizarse hasta el pueblo. Lo anterior hace que acabe siendo muy difícil evitar que ese S/.1.60 deje de ser aportado al seguro.
Así, se trata de una compleja logística de pago muy distinta a la de los tiempos en los que un revisor gubernamental, aun con las limitaciones de la época, se acercaba a un agricultor mediano, esos de lo que hoy casi no existen, y estaba en plena capacidad de imponer multas a quien no cumpliera con estándares que hoy en día podrían ser más exigentes. Los sindicatos eran, además, mucho más fuertes y tenían mayor capacidad de protesta que la que existe hoy.
Por eso, la recomposición del tejido social del agro pasa por devolver a la clase media al campo. Eso no quiere decir regresar a él a quienes muchas veces fueron expropiados por tener determinados apellidos, sino que haya integración de una clase más preparada con la actividad agrícola, la cual se ha perdido.
Hoy, en el colmo del absurdo, el parcelero se acaba financiando con el salario del obrero: no le paga por el despanque del maíz hasta que lo venda. Y sólo en ese momento todos los que despancaron (cosecharon) se le acercan a exigir su pago.
“El agro no debe volver a la situación anterior a la Reforma”
HAY MUCHO QUE IMITAR DE LOS AÑOS CINCUENTA. La “revolución verde” que el mundo llevó a cabo mientras nosotros hacíamos la reforma agraria trajo el desarrollo de la tecnología, la cual se está aplicando en las 80,000 hectáreas de agricultura moderna que existen y que estamos obligados a tratar de aplicar en el mayor número de hectáreas posible. De hecho, fue ese atraso en la aplicación de los adelantos producidos por la “revolución verde” el que logró que los chilenos aplicaran el riego por goteo 25 años antes que el Perú y que hoy tengan una agricultura más desarrollada que la nuestra, cuando antes de la reforma agraria ocurría lo contrario.
Así, la base fundamental para desarrollar la agricultura en el país pasa por seguir varias pautas que no se han descubierto ayer, sino hace mucho, en términos de política de insumos, acceso a créditos, distribución de agua y desarrollo genético.
Antes, por ejemplo, había un Código de Aguas que contemplaba la realidad hídrica de la costa. Por ello, determinaba los derechos en horas de riego con un porcentaje del agua disponible en un río o canal y no en un volumen fijo, porque la escasez de agua en ciertos momentos del año vuelve imposible hacerlo. Por ese motivo, las críticas al Código de Aguas no están dirigidas a cómo se va a distribuir un agua que no hay, sino a quién la va a distribuir porque todos quieren quedarse con la mayor parte.
Lo anterior, por supuesto, obvia el conocido tema de propiedad, respecto del cual, irónicamente, hoy en día la tendencia en las haciendas de caña es que los inversionistas tengan más tierras que antes. Y dado el contexto actual del mercado, hasta podrían ocurrir casos paradójicos en los que un solo grupo empresarial podría acabar controlando más tierras que las que años atrás manejaban cuatro distintas familias supuestamente latifundistas.
Según la naturaleza de las inversiones, eso podría traer como consecuencia un monopsonio, que controla la demanda (precio de un insumo por ejemplo) y que por lo tanto es posible que acabe monopolizando la oferta (precio que paga el consumidor). Y a la larga, la situación propietaria, si nuestros legisladores no tienen noción de futuro, podría ser más compleja que la que existía antes de una Reforma que en la práctica –y siempre en términos de derechos de propiedad– a estas alturas ya se habría producido por sí sola de forma mucho más ordenada, ya que las familias terratenientes habrían tenido, por presiones familiares, que repartir la mayoría de los fundos entre su descendencia. A estas alturas, las generaciones de primos segundos actuales o los terceros que hubieran adquirido las tierras de ellos estarían llevando a cabo sus propios negocios individuales.
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