Cómo habría cambiado la historia de la Guerra del Pacífico –y la de Sudamérica misma– si Argentina se aliaba con Bolivia y el Perú en 1873
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Por Roberto Castro Lizarbe y Héctor Collantes
Si Prado no se hubiera marchado a Europa o si el Huáscar no hubiera sido un monitor sino un blindado. Si la defensa de Lima hubiera sido encabezada por un militar y no por Piérola, o si Cáceres no se hubiera quedado sin municiones en Huamachuco. La Guerra del Pacífico está repleta de historias que no fueron y quizá muchos querrían haber leído.
Hay, entre todas ellas, una que reviste mayor curiosidad por su impacto; que va más allá del anecdotazo bélico y quizá podría haber transformado no sólo la historia del conflicto, sino la geopolítica entera de la región. Es la famosa negativa de Argentina de integrarse al Tratado Secreto (al menos en el papel) de Alianza Defensiva que el Perú y Bolivia habían firmado en Lima, el 6 de febrero de 1873. El Tratado que, según la convención histórica, desencadenó indefectiblemente la Guerra.
Refiere el historiador Jorge Basadre –no en su propia Historia del Perú, sino en el capítulo que tiene a cargo en la de Juan Mejía Baca– que en julio del mismo año, el embajador peruano en Buenos Aires, Pedro Yrigoyen, presentó al presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento la propuesta formal de alianza. Tras algunas idas y vueltas de su gabinete, Sarmiento firmó en setiembre el pedido de autorización al Congreso para concretar la adhesión, y fue respaldado en la Cámara de Diputados por 48 votos contra 18, además de aprobarse un crédito de 6 millones de pesos para gastos militares. No obstante, el Senado –con el que Sarmiento sostenía algunas disputas– dilató y postergó sucesivamente la votación respectiva, hasta que a mediados de 1874 se dieron por agotadas las gestiones e Yrigoyen fue relevado de su cargo.
A partir de esa firma frustrada, se han tejido elucubraciones de todo calibre, desde las hechas por el propio Basadre –“¿por qué no se vio la conveniencia de un tratado exclusivamente peruano-argentino”, se pregunta con algo de furia el célebre historiador– hasta las que la sabiduría popular permite hallar en cualquier conversación de taxi. Como que la derrota chilena en la Guerra habría estado asegurada, que Argentina hoy podría tener también cara al Pacífico o que su cercanía al Perú sería tal que, por ejemplo, sus ciudadanos no serían tan frecuentemente protagonistas como el popular “Jaimito” de algunos chistes limeños; o que en la final de la Copa América del 2004 el estadio Nacional habría apoyado al equipo albiceleste y no –como hizo abiertamente– al auriverde de Brasil. Pero la historia no se escribe tan fácilmente.
No hay que ser expertos en estrategia militar para darse cuenta de que un conflicto armado de la triple alianza peruano-boliviano-argentina contra el ejército chileno habría, geográficamente, sitiado al país del sur y hecho imposible una resistencia militar. Igualmente, para quienes piensen que Chile era capaz de resistir un conflicto en dos frentes –uno de los cuales equivalía prácticamente a la extensión entera de su territorio–, bastaría decir que en la Guerra Civil que Argentina afrontó a fines de 1880 (esto es, en pleno desarrollo de la Guerra del Pacífico), sólo el gobierno de Buenos Aires movilizó a cerca de 50,000 hombres armados con fusiles Manlincher y cañones Krupp para hacer frente al levantamiento de sus provincias, sin considerar al grueso del Ejército, que estaba acantonado en Neuquén. Chile, para la invasión de Lima hecha en enero de 1881, movilizó 26,000 hombres que significaban lo mejor de sus fuerzas armadas.
No obstante, lo anterior sería un escenario tanto o más utópico que cualquier antojadizo supuesto sobre una Guerra que, con una triple alianza de por medio, muy posiblemente nunca se habría dado. “Lo más probable es que si Argentina hubiera aceptado, ello posiblemente habría constituido un elemento para disuadir a Chile de que tomara medidas contra Bolivia, como efectivamente ocurrió a partir de 1874”, opina el historiador Juan Luis Orrego. En realidad, ocurría que la política exterior peruana dictaminada por el canciller José de la Riva Agüero de Looz Corswarem estaba encaminada exclusivamente a contener a Chile, cuyas intenciones expansionistas en el desierto de Atacama estaban ya claras para entonces; esto, cuando menos hasta que el Perú asegurara mantener la superioridad naval que había tenido hasta entonces y que veía amenazada por la construcción de los dos acorazados (a la postre, el Cochrane y el Blanco Encalada) que Chile ya tenía en marcha en los astilleros británicos de Yorkshire.
Así, antes que una guerra, la consecuencia principal de la alianza con Argentina habría sido de movimientos disuasivos que habrían conducido de un escenario a otro. Chile, por ejemplo, podría haber buscado como primera reacción una alianza con Brasil, que tenía problemas limítrofes con Argentina y ya por entonces le disputaba la soberanía en la región. De hecho, Basadre cita que el embajador brasileño en Lima, Pereira Leal, lo insinuó así a Riva Agüero, y por eso éste ordenó al embajador Yrigoyen que las gestiones en Buenos Aires se centraran exclusivamente en las cuestiones de límites entre Argentina, Chile y Bolivia.
Pero en este último aspecto había nuevas fuentes de desencuentros. Si algún interés movía a Argentina para participar en la alianza ése era, precisamente, su situación diplomática con chilenos y bolivianos. Con los primeros sostenía un litigio por territorios de la Patagonia, y con los segundos tenía un diferendo por la zona de Tarija. En esa doble cuestión radicó, precisamente, el obstáculo principal para que Argentina –según consigna explícitamente la propia Historia General de las Relaciones Exteriores de ese país– terminara participando de la Alianza: ocurría que para el litigio de la Patagonia, Argentina reclamaba el reconocimiento del principio de uti possidetis (posesión del territorio al final de un conflicto), el cual, si se aplicaba al caso del litigio con Bolivia, hacía que ésta perdiera sus derechos sobre Tarija. Así, si la Alianza se daba, Bolivia habría tenido que apoyar a Argentina en el conflicto de la Patagonia, con lo cual habría ejercido una suerte de búmeran jurídico contra sus propios intereses en Tarija.
Este complejo ajedrez geopolítico se complica si se considera que, dado el precedente de la Guerra de la Triple Alianza (en la que Paraguay fue atacado por Argentina, Brasil y Uruguay entre 1864 y 1870), Chile podría haber reclamado una posición similar ante una nueva Alianza de tres países y así procurado el apoyo de la comunidad internacional para evitar un conflicto. “Tampoco podría descartarse que Bolivia, siempre cambiante en su política interna, hubiera optado por abandonar la Alianza y aliarse con Brasil y Chile para que la ayudaran a obtener su salida al mar por Arica, entregando a cambio a Chile su litoral en el Atacama, que no se era muy operativo, y haciendo otras concesiones territoriales a Brasil”, elucubra Orrego. Como fuere, todo apunta a que las movidas de piezas, antes que a una mega conflagración sudamericana, habrían conducido a una mucha mayor prudencia antes de que alguno de los países se hubiera decidido a dar una declaratoria de guerra como la que se produjo el 5 de abril de 1879.
Socialmente, sin embargo, el hecho de que Argentina no participara en la Alianza no tuvo mayor impacto local. No tenía por qué, en realidad, ya que la supuesta “deserción” no era conocida popularmente en el Perú (era un tema que se manejaba en esferas diplomáticas). Más bien, contra lo que podría pensarse, la decepción grande podría haberse dado en el caso de que Argentina hubiera firmado el Tratado, ya que muy posiblemente se habría visto disuadido a retirarse si Brasil, por los supuestos expuestos anteriormente, tomaba participación en el conflicto; aquello, de acuerdo con las diversas fuentes orales y escritas consultadas para este artículo, quizá habría generado una sensación mucho más decepcionante y de traición en el Perú –por la envergadura del país en cuestión y hasta el propio recuerdo positivo del Libertador José de San Martín– que la que causó el retiro de las tropas bolivianas en plena Guerra del Pacífico.
Lo curioso e innegable, por cierto, es que la población argentina estaba totalmente inclinada hacia el Perú y Bolivia en el conflicto ante Chile, y no habría visto con malos ojos la participación de su ejército en el conflicto. Según reportan cartas de la diplomacia británica de la época, apenas un mes después del estallido de la Guerra del Pacífico, el nuevo embajador boliviano fue recibido con vítores por una muchedumbre en Buenos Aires, a la par de que se lanzaban insultos hacia Chile. Se dice inclusive que Roque Sáenz Peña –a la postre presidente argentino y héroe del Morro de Arica– se aventuró a tomar bandera en el conflicto suponiendo que, con el avance de las acciones, su país no dudaría en plegarse al lado peruano-boliviano, lo cual jamás ocurrió.
Pero de haberse dado la alianza, el impacto social no habría pasado a mayores tampoco. “No creo que la participación argentina en la Guerra hubiera significado necesariamente un acercamiento a Bolivia o al Perú”, opina el historiador José Ragas. En su opinión, en el siglo XIX, periodo de plena inmigración europea a Argentina, este país andaba más pendiente del Atlántico que de los Andes, y no habría habido mucha mayor consecuencia que el que la zona altoandina argentina mirara hoy más hacia sus vecinos del norte que hacia Buenos Aires. “De hecho, ya el quiebre del circuito Alto y Bajo Perú durante la Colonia había acabado por desbaratar los posibles lazos transversales que se desarrollaron en estos espaciosentre las posteriores naciones del Perú, Bolivia y Argentina”, añade.
Así, en realidad, los términos de intercambio cultural entre el Perú y Argentina tampoco tendrían por qué haber visto alterada la estructura que siguieron a lo largo del tiempo. “No había por entonces lo que se podía llamar propiamente un producto argentino, del mismo modo que tampoco había referentes peruanos o chilenos. Lo que sí había eran referentes europeos, aspecto en el que lo francés dominaba”, precisa Orrego. Ciertamente, ello conduce a pensar que si hoy Argentina es un punto de referencia para el mercado peruano en temas disímiles como la moda, la música o el fútbol, es más que todo porque en Buenos Aires se concentran las sedes principales de muchas cadenas mediáticas de alcance regional, como las que imperan la parrilla de la televisión por cable. Y de paso, ello invita a que esta sección algún día se cuestione cómo sería de distinta esa influencia si Brasil hubiera sido conquistado por los españoles y no por los portugueses.
Por lo demás, como señala Ragas, nada habría impedido que el Perú y Argentina tuvieran muestras de ayuda en años posteriores: el gobierno peruano bien podría haber entregado a ciudadanos argentino-italianos acusados de subversivos como parte del “Plan Cóndor”, y también habría, con más certeza que nunca, enviado tropas a pelear por la posesión de las Islas Malvinas. Por lo mismo, nadie podría asegurar que algo habría sido capaz de impedir que apareciera un tal Carlos Menem que acabara siendo sometido a juicio por venta ilícita de armas al Ecuador durante el conflicto del Cenepa, a pesar de que Argentina es garante del tratado de límites peruano-ecuatoriano. Para que todo ello ocurriera, por cierto, no se necesitó firmar Tratado alguno.

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