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El regreso a los límites

Edición de Enero 2009
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“Actualmente la inversión anual en investigación energética en Estados Unidos equivale a lo que gasta el Pentágono en 36 horas”

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Durante los años setenta, la economía mundial sufrió una verdadera crisis existencial, en el medio de la cual muchos analistas argumentaban que el planeta había finalmente alcanzado sus límites topes al crecimiento y a la prosperidad. Según Jeffrey Sachs, en artículo reciente en la revista Fortune, podemos estar de regreso hoy con las mismas preguntas de hace 30 años: ¿Cómo combinar un crecimiento sostenido de la economía global con las restricciones crecientes que se vienen dando en la oferta de algunos productos esenciales como la energía, los alimentos y el agua?

La comparación con la situación de hace 35 años no es disparatada. Incluso, el desafío actual resulta mucho más complejo que entonces. En 1973, por ejemplo, la población mundial no alcanzaba a 4,000 millones de habitantes y la economía mundial generaba anualmente US$23 billones (millones de millones) de bienes y servicios, en valores ajustados a hoy. Actualmente, en cambio, la población se ha elevado a 6,700 millones y la economía mundial ha crecido a US$65 billones por año. Por lo tanto, para crecer un año al mismo ritmo que en los setenta, la economía mundial requiere de mucho más agua, energía y tierra arable que entonces, lo que implica más riesgos para el clima y los ecosistemas.

A comienzos de la década de los años setenta, la  economía mundial crecía a buen ritmo. Estados Unidos seguía involucrado en Vietnam, una guerra  costosa e impopular que era financiada por déficit fiscal y endeudamiento externo. Como consecuencia de la política monetaria laxa resultante, el dólar perdía valor en los mercados internacionales. En 1973, explotó la guerra entre Israel y sus vecinos árabes. El precio del petróleo se cuadruplicó, no tanto como consecuencia de un boicot político de productores, sino por la conciencia de una proyección de creciente demanda planetaria y una oferta limitada. El precio de los alimentos también se elevó, debido a la creciente demanda por éstos, los elevados precios de los fertilizantes y algunos shocks climáticos como, por ejemplo, el de la Corriente de El Niño en 1972, que afectó severamente a la industria de la pesca en el Perú.   

Superar la crisis mundial de los años setenta tuvo un alto costo. Como señala Sachs, si entre 1960 y 1973 el crecimiento anual de la economía mundial fue superior a 5 por ciento; entre 1973 y 1989, ésta sólo creció en 3.2 por ciento al año. Al comienzo del ajuste, los bancos centrales, como ahora la Reserva Federal, intentaron aliviar el efecto del ajuste con una política monetaria expansiva de recortes en la tasa de interés, pero el espectro de la inflación los obligó finalmente a enderezar rumbo.

En el mundo de las ideas, el Club de Roma –un grupo de personalidades académicas que incluía a varios Premios Nobel– publicó en 1972 Los límites al desarrollo económico, un manifiesto que alertaba que la economía planetaria podía sobrepasar pronto los límites de sus recursos naturales y, por ende, colapsar. Dicha preocupación maltusiana, que cada cierto tiempo se repite en el mundo, perdió luego fuerza ante los impresionantes avances tecnológicos y la recuperación del crecimiento mundial durante los años ochenta. La Revolución Verde, por ejemplo, contribuyó a una multiplicación en la producción de alimentos.

Ahora, sin embargo, el debate vuelve a ser uno relevante. Por ejemplo, es previsible que la oferta petrolera se mantenga limitada durante los próximos años. Entre 1960 y 1973, la producción diaria de petróleo aumentó de 21 a 56 millones de barriles. Desde entonces, sin embargo, sólo ha subido marginalmente a 75 millones de barriles y hay campos muy productivos en declinación.

El cambio climático, por otro lado, se ha vuelto uno mucho más evidente con múltiples sequías, la desaparición de glaciares, la erosión de suelos y la pérdida de biodiversidad. Así, señala Sachs, el planeta emitía aproximadamente 17,000 millones de toneladas de dióxido de carbono de sus combustibles fósiles en 1973; la cifra actual es cercana a 30,000 millones de toneladas. La concentración de CO2 en la atmósfera –que en 1973 era de 325 partes por millón (ppm) y que crecía 1 ppm al año– es actualmente 385 ppm y crece 2.4 ppm al año.

El mundo puede estar ingresando a una etapa, que podría resultar prolongada, durante la cual la mayor restricción al crecimiento no va a darse por la calidad de las políticas macroeconómicas, ni por la eficacia de las instituciones de mercado, ni por las restricciones al comercio global, ni por la capacidad de las economías emergentes para invertir con eficiencia en nuevas industrias. La restricción mayor puede resultar siendo la disponibilidad global de recursos naturales y los desafíos de la seguridad climática.

Es obvio que, como en los setenta, las nuevas tecnologías son el instrumento obvio para revertir o atenuar estas restricciones. La energía solar, por ejemplo, para mencionar sólo una, podría multiplicar la oferta energética y en los últimos años la ingeniería de la misma viene aceleradamente reduciendo sus costos y superando los problemas de la intermitencia, su almacenamiento nocturno y la transmisión desde desiertos soleados a ciudades consumidoras. Los automóviles híbridos, los edificios ecológicos, la energía nuclear segura y muchas otras tecnologías pueden permitir reconciliar un futuro de creciente bienestar con crecientes demandas energéticas y una menor producción de combustibles fósiles.

Sin embargo, prometedoras como son estas tecnologías, Sachs considera que no se está invirtiendo lo suficiente en ellas para aprovecharlas a tiempo. Así, estima que actualmente la inversión anual en investigación energética en Estados Unidos equivale a lo que gasta el Pentágono en 36 horas. Sólo si se lograra un salto cualitativo –con el apoyo del sector privado y público– podría avanzarse en este campo lo suficiente como para tener la expectativa de un crecimiento sostenible en el futuro.

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