La revista de negocios Capital, de Chile, pidió al director de PE un artículo sobre la visión peruana de las reacciones chilenas al apogeo económico del Perú, el cual se reproduce a continuación.
Gonzalo Zegarra Mulanovich*
*Director de Perú Económico y Semana Económica
¡Mamita, vienen los chilenos! es una expresión popular en el Perú desde la Guerra del Pacífico. Hasta hoy la frase se usa para denotar muchas de las complejas aristas de la relación Perú-Chile. Lleva implícita, sin duda, una alusión a la superioridad (al menos cuantitativa) de Chile, incluyendo por cierto su desempeño económico, que suele abrumar a los peruanos. Pero algo parece estar cambiando. Michael Porter, el “gurú” del management ha declarado que “el Perú lo está haciendo mejor que Chile” y el ex ministro de Hacienda de Chile, Nicolás Eyzaguirre, admitió estar “amarillo de la envidia” ante las cifras peruanas.
En Chile, los empresarios invocan el despabilamiento peruano para reclamar políticas más compatibles con el crecimiento. Parecen decir “tan mal estamos que hasta el Perú podría ganarnos”. En el Perú, el presidente Alan García ha declarado sin tapujos: “Admiramos a Chile...[pero] queremos ganarle” y ha retado a los peruanos a dedicar sus esfuerzos a tal objetivo. Se trata, sin duda, de un hábil juego psicológico que encauza constructivamente el revanchismo y a la vez establece una meta relativamente ambiciosa de desarrollo nacional. ¿Por qué funciona esta pequeña (y esperemos que inocua) provocación?
No me simpatizas
Según el historiador peruano Juan Luis Orrego (PE, setiembre 2007), sus alumnos universitarios creen positivamente que para superar el rencor de la remota guerra el Perú tendría que rebasar económicamente a Chile. Diversos son los mitos y verdades que alimentan la rivalidad por estos lares.
Así, muchos creen que no existe reciprocidad en el tratamiento de las inversiones. La denegación de una licencia bancaria y los obstáculos legales sufridos por una fallida aerolínea que resultó vinculada al narcotráfico alimentan esta mitología. Pero la alegada hostilidad hacia la inversión peruana pierde asidero cuando se analizan casos como el de Ebel, marca de cosméticos del grupo peruano Belmont que tiene más de 17,000 vendedores en Chile y vende decenas (acaso cientos) de millones de dólares anuales. Intradevco Industrial, dueña de una firma de productos de limpieza (Klenzo), la marca tacneña de gaseosas Carnaval (con amplio despliegue en el norte de Chile), así como diversas inversiones mineras (Milpo, Hochschild, entre otros) también dan testimonio de que el capital peruano se desenvuelve normalmente en Chile. Y eso para no mencionar los emprendimientos gastronómicos, desde los restaurantes de cinco tenedores (Emilio, Astrid & Gastón) hasta la comida rápida (China Wok).
En el Perú hay la sensación de que el auge económico chileno no sólo es producto del buen funcionamiento de sus instituciones, sino también de la apropiación ilegítima del patrimonio ancestral peruano. El pisco, la papa, la chirimoya, el suspiro limeño y hasta el lema gastronómico “Chile, mucho gusto”, entre otros elementos de la marca-país Chile, conforman un catálogo de peruanidades y peruanismos alevosamente usurpados por Chile, según el imaginario peruano.
Y aunque el Perú está en posición de demostrar objetivamente (en algunos casos, hasta científicamente) el origen peruano de todos o casi todos ellos, no creo que ganaría gran cosa al hacerlo, al menos económicamente. Ninguno de esos productos fundamenta significativamente el éxito económico de Chile: ni el salmón, ni las frutas que se exportan en gran volumen, ni el vino, ni el cobre son de origen peruano. Esto denota que la reivindicación peruana es sincera, pues no reclama los productos de mayor valor económico. Pero la sola prueba del origen no concede exclusividad de uso. Lo que hace Chile es parte natural y espontánea del proceso económico. La imitación es una fuerza motriz del progreso. Y si nos ponemos maximalistas, todas las corbatas deberían ser hechas en Croacia, porque ahí se inventó la prenda (corbata es una derivación de “croata”). El problema, en realidad, no es tanto que Chile use, produzca o venda pisco, papas y chirimoyas, sino que las reivindique –con retórica nacionalista– como chilenas, o sea como no-peruanas, implicando que los peruanos las usurpan. Ese mismo nacionalismo, por desgracia, condiciona que un acto tan pacífico y civilizado como someter la discrepancia en torno a la frontera marítima a una dirimencia jurídica imparcial (la Corte Internacional de La Haya) haya sido visto por la clase política chilena como una suerte de agresión.
¿Top model?
A pesar de lo anterior, es posible que Chile y el Perú nunca hayan estado tan alineados como hoy en sus modelos de desarrollo. Entonces, más importante que saber si los peruanos queremos sobrepasar a Chile es determinar si queremos hacerlo bajo un modelo idéntico.
Lo ideal es aspirar a un modelo propio, y creo que el “modelo peruano” podría tomar las mejores prácticas tanto de Chile como de España. Y es que España es un caso de éxito logrado partiendo de una realidad compleja. En efecto, España es idiosincrásicamente más parecida al Perú que Chile: es un país muy mestizo (un verdadero melting pot de razas y culturas), con una marcada reminiscencia por pasadas glorias (compárese el Imperio Español con la hegemonía del Tawantinsuyo en Sudamérica), con un temperamento desordenado, con una clase dirigente de modales cortesanos, etcétera. Y aunque mucho de eso podría parecer desventajoso, España ha aprovechado lo mejor de su temperamento, porque esos factores son también fuente de gran creatividad y “emprendedorismo”, valores que la globalización premia. Además, España es el principal inversionista extranjero en el Perú (Chile, el cuarto). Al 2006, el 33 por ciento de la inversión extranjera directa era español. Esto tiene un impacto sobre la forma de hacer negocios, la cultura empresarial e, indirectamente, sobre el modelo económico.
Desde luego, comparándolo tanto con España como con Chile, el Perú tiene todavía un sinnúmero de reformas pendientes, y un grado de institucionalidad deficiente. Esa es la principal causa de que el fantasma de una eventual involución hacia el antimercado y la antidemocracia todavía cause resquemores en la institucionalidad peruana. Las elecciones del 2011 serán determinantes, y el Perú aspira a enfrentarlas con un récord de indicadores sociales deseablemente mejorado. Recuérdese que la pobreza recién acaba de reducirse a niveles de 39 por ciento (en una medición no exenta de controversia), mientras que Chile está en 14 por ciento según la CEPAL.
El Perú, pues, está aún muy atrasado en factores con un impacto directo en la pobreza y el desempeño económico como infraestructura, educación y justicia. En lo primero, el déficit de la infraestructura peruana en comparación con la chilena es de US$23,000 según el Instituto Peruano de Economía (IPE). La educación pública peruana sigue arrojando los resultados más deplorables en las pruebas internacionales, aunque hay que reconocer que el actual gobierno ha dado un primer paso al enfrentar el hasta hace poco omnímodo poder del muy retardatario sindicato magisterial. El resultado, de mediano plazo, está todavía por verse. En cuanto a la justicia, la desaprobación de ésta por la población bordea el 70 por ciento. Existe en el seno del Poder Judicial peruano un liderazgo reconocido por su disposición a la reforma, pero ésta aún no se ha producido, a pesar de que se aproxima un recambio en la conducción de ese poder del Estado.
El señor de los milagros (económicos)
En este contexto, hace algunas semanas el presidente del Banco Central de Reserva del Perú, Julio Velarde, declaró que si el Perú logra mantener un ritmo de crecimiento del 9 por ciento anual conseguirá superar en dos años y medioal que ostente Chile. Casi simultáneamente, el banco de inversiones JP Morgan otorgó al Perú un riesgo-país con un mejor indicador que el de Chile (y superado en Latinoamérica sólo por México).
Sin embargo, con la expectativa para el crecimiento peruano del FMI en 7 por ciento y la de Chile en 4.5 por ciento, el Perú demoraría hasta el 2021 para superar a Chile, y en términos de PBI per cápita (ajustado por paridad de poder de compra), hasta el 2032. En cuanto al riesgo-país, si este indicador mide la capacidad y disposición de pago de deuda soberana, en el largo plazo Chile aparenta ser mejor pagador que el Perú. Como apunta el economista peruano Eduardo Morón, Chile “tiene la mitad de deuda que el Perú, y no tiene un problema de dolarización”. Incluso, se supo que la calificadora de riesgo Standard & Poor’s no otorgará al Perú el grado de inversión (Fitch lo hizo a comienzos de abril), pues cree que la sostenibilidad política y social del Perú no está aún garantizada.
¿Qué explica entonces el mayor apetito del mercado internacional por la deuda peruana versus la chilena que el menor riesgo país peruano reflejó? Según Morón, el potencial de la economía peruana. Un reciente documento de trabajo del Banco Central de Reserva[1] señala que en 20 años el Perú podría ser una economía de ingresos medios altos (más de US$11,116 por año). Según la misma fuente, si “milagro económico” consiste en crecer sostenidamente más de 7 por ciento al año por 10 años (lo que implica duplicar el PBI), la probabilidad de que el Perú lo logre alcanza un 93 por ciento (ver gráfico).
Así las cosas, es claro que el reto de superar a Chile, incluso si no se alcanza específicamente, sólo puede generarle al Perú resultados auspiciosos. Y en cualquier caso la brecha entre ambas economías se reducirá sustancialmente. ¿Exclamarán algún día los chilenos “¡mamita, los peruanos!”?
[1] Chirinos, Raymundo. ¿Puede el Perú ser un nuevo milagro económico? BCRP. DT Nº 2008-003
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