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Me llamo Perú, con P de ... Puñales

Edición de Enero 2009
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¿Un pasado glorioso o realidades más cercanas y pragmáticas como la música y la comida? Una identidad nacional más integradora está gestándose en el Perú

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Serapio Cazana C.*

* Analista de Perú Económico

 

Tiene 187 años y no tiene DNI. ¿Cuál es la identidad del Perú actual? A tan sólo 13 años del bicentenario de la independencia algunos intelectuales siguen buscando lo transversal de la nacionalidad peruana, pero no lo encuentran por ninguna parte. Otros piensan que el documento de identidad del Perú es la afirmación de lo mestizo, mientras que en la calle el concepto de patria pasa por sabores y ritmos.

El dilema de la identidad nacional es una vieja discusión académica y hasta ideológica entre quienes han sostenido su ausencia y entre los que la afirman. Curiosamente, y cuando parecía hegemónica en el mundo intelectual desde hace muchos años la versión de su inexistencia, una iniciativa empresarial –de la Cámara de Comercio de Lima– intentó reafirmar lo contrario, y puso el tema nuevamente en el debate, en un contexto en que el empresariado se esfuerza por demostrar su compromiso con la “inclusión social”. Sin embargo, en ambas posturas la peruanidad es negada o afirmada a partir de un concepto esencialista y monumental, con cierto recubrimiento  de sacralidad. Pero hoy en día, los procesos sociales se han encargado de convertir un concepto sacro en una agradable mundanidad.

 

Lo que pasó…pasó

            Pero ¿qué es la identidad de una nación? Lo que podemos constatar es que la idea de nacionalidad no es como una fotografía fija, sino que más bien se le podría comparar con una película que muestra muchas imágenes, ángulos y miradas, en constante movimiento. Curiosamente, la historia de los estados nacionales es relativamente reciente. Benedict Anderson, en su libro Comunidades Imaginadas, dice que el nacionalismo tendría su nacimiento en Europa a finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Lo que contribuyó a que los principados y grandes reinos se fuesen convirtiendo en territorios nacionales fue la aparición de la novela (romántica) y los diarios, que constituyeron los elementos técnicos para representar los imaginarios de la nacionalidad. De pronto un relato común comienza a ser compartido por una población que se piensa homogénea, unida por una historia y algunas tradiciones fundamentales. En gran manera ello coincidió con el desarrollo económico: capital y nacionalismo se fortalecieron mutuamente.

            ¿Qué pasó en América Latina? Además de la carencia del factor económico y tecnológico, ¿qué faltó para la buena salud de los nuevos estados? Contrariamente a lo que nos muestran los libros de texto escolar peruanos, Anderson cree que el liderazgo de las independencias latinoamericanas estuvo a cargo de latifundistas y no de intelectuales. A su juicio, el propósito de los independentistas no era integrar a las clases bajas en la política de las nuevas repúblicas, sino más bien lo contrario. Ello no significa que hayamos carecido completamente de intelectuales integracionistas. Tanto en el período de la independencia como en el siglo posterior hubo próceres y precursores (porque estaban muy conscientes de la necesidad de una nación cohesionada e inclusiva) pero dichos esfuerzos tuvieron que luchar contra estructuras muy complejas. Los intelectuales integracionistas, entonces, bebieron de la historia monumental para crear un sentido de pertenencia de la nación, a un pasado glorioso (tal vez el primer ejemplo sea Garcilaso de la Vega). “El Perú que debemos estudiar y amar, no es sólo el de ahora”, decía el historiador José de la Riva Agüero y Osma. Por su parte, Víctor Andrés Belaunde enfatizaba que “no hay en América pueblo alguno que pueda sentir mayor atracción por su pasado que el Perú”. Las elites intelectuales criollas comprendieron que la afirmación de lo peruano estaba en la integración (entendida como mestizaje), pero las elites con poder estaban demasiado ocupadas en sus luchas internas y sus esfuerzos sólo acentuaban la fragmentación.

En el siglo XX surge una admiración más radical de lo andino, hasta llegar a las lecturas míticas. Incluso Mariátegui llegó a decir que la sociedad inca era comunista, y por consiguiente se le tenía que emular. El mundo andino surge también como una cultura concreta, aunque sin el peso suficiente como para tomar parte en la nación oficial y real. Sin embargo, los símbolos se hacen cada vez más notorios, aparecen Vallejo, Sabogal, entre otros. Como grupo social protagónico en la consolidación de lo peruano el sector indígena y mestizo llegaría a hacerse notar a partir de las grandes migraciones de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Con su arribo masivo a la ciudad comienza un período muy rico en consecuencias. Gonzalo Portocarrero, profesor de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, dice que la migración fue el proceso social más grande del siglo XX. El famoso ensayo de José Matos Mar Desborde popular y crisis del Estado indaga en las consecuencias sociales y hasta económicas de ese fenómeno, que de alguna manera funda “el nuevo Perú”.

 

Identidad y fragmentación

Jorge Basadre, el gran historiador de la República, decía que había llegado ya el tiempo de hacer “la liquidación final de este dilema entre indigenistas e hispanistas”. ¿Se encontró en el siglo XX, finalmente, lo propiamente peruano?

            Para Julio Cotler, profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y principal gestor del cuestionamiento académico a la idea de la identidad nacional en los años setenta, “todavía no hay símbolos nacionales, no hay un personaje central en el cual puedan identificarse todos. Social y culturalmente estamos muy segmentados”. Sin embargo, una encuesta realizada hace unos años por el diario El Comercio a nivel nacional demostró el altísimo grado de reconocimiento y admiración que despierta entre todos los segmentos sociales y regiones del Perú la imagen de Miguel Grau, quien fue elegido el peruano del milenio. 

            Según Portocarrero, “existe todavía una jerarquización y mucho ninguneo, pero van surgiendo elementos que nos definen, por ejemplo en lo cultural”. Por una parte, los hijos de los emigrantes tienen una relación muy remota con su pasado, creen que lo andino es lo inactual, se perciben occidentalizados, pero al mismo tiempo bailan la música de sus padres con mucho fervor”. Hay, pues, más continuidad cultural de la que se reconoce, concluye Portocarrero.

            Por su parte, el historiador Jesús Cosamalón piensa que ahora el Perú estaría viviendo el proceso que Europa vivió en el siglo XIX: la construcción unitaria de un concepto de nación, fundamentalmente por los medios de comunicación, los que son posibilitados por la tecnología y por el crecimiento económico que permiten acceder a los elementos técnicos y difundir sus valores cohesionantes. El historiador refiere que “los medios técnicos de telefonía, de registros musicales, de imágenes virtuales, todo eso posibilita que la tradición se difunda, el folclor llegue a ser un producto de consumo, la comida llegue a los mejores restaurantes del mundo, y entonces surge el vínculo que nunca se tuvo entre un habitante de la selva, de la sierra o de la costa. Ahora, la televisión y los diarios crean opinión pública nacional, si bien ello tiene todavía sus dificultades sí hay una idea de nación que antes no existía”.

            A lo anterior habría que agregar ciertos espacios físicos que, acaso sin deliberación, el desarrollo económico pone a disposición de la población, y que tienen un efecto democrático e integrador. Es el caso de las grandes tiendas de departamento o los centros comerciales, así como ciertos lugares turísticos y espacios públicos, donde confluyen simultáneamente personas de origen geográfico y social diverso, consumen lo mismo e interactúan.

 

¿Tengo el orgullo?   

            Un estudio de Ipsos APOYO Opinión y Mercado de julio del 2001 muestra que el 61 por ciento de peruanos se sentía orgulloso de la historia nacional. La imagen de un Tahuantinsuyo y de un virreinato inmensos y poderosos pesaba mucho en el imaginario colectivo; había una tradición no sólo admirable, sino también rectora en la concepción del futuro del país. Dos años después, ese porcentaje bajó al 58 por ciento y ya en el 2006 la historia era fuente de orgullo para el 48 por ciento. El año pasado la historia definía el orgullo peruano sólo en un 45 por ciento, pero no debido a una pérdida de interés por lo peruano, sino que la identificación con el pasado asumía versiones más concretas: Machu Picchu, los recursos naturales, la cocina peruana.

            Cosamalón señala que “ahora la nacionalidad pasa por gustos y sabores”, haciendo alusión a la comida peruana, “desde el cebiche costeño hasta el paiche amazónico se constituye este nexo vinculante entre los peruanos, de lo cual todos nos sentimos orgullosos”. Puntualiza que “la historia no deja de ser importante, sino que junto a ella aparecen creaciones culturales de otra naturaleza, que van creando los vínculos de nación”. Portocarrero, a su vez, refiere que “en la peruanidad actual aún se ve el pasado andino, pero no solamente lo referido a la arqueología, sino también a las fiestas y a las manifestaciones culturales de lo más diverso”. Coincide en la opinión de un país con buenos gustos. “Hay una herencia criolla que se representa en la comida. En el Perú la comida es central en la creación de los vínculos sociales y nos sirve para expresar el afecto entre nosotros. Y debido a esa antigua valoración de la comida tenemos un gusto más educado, mucho más que en los países vecinos”.

            El embajador William Beleván McBride, quien tiene más de 43 años en el servicio diplomático y además viajó por todos los pueblos y villas del Perú durante el primer gobierno de Fernando Belaunde, sostiene que “la peruanidad es un sentimiento que se percibe tanto en los habitantes del interior del país como en los hijos de los emigrantes de segunda, tercera y hasta cuarta generación que viven en el exterior. En Estados Unidos, por ejemplo, en donde vive más de un millón de peruanos, los descendientes de nuestros conciudadanos están plenamente integrados al sistema americano, ni siquiera hablan bien el español, pero se sienten peruano-americanos. A todos nos unen las artesanías, la historia, el emprendedorismo, muchas cosas”, detalla.

 

La meta no es el final

            Si bien es cierto que la mayoría de las personalidades consultadas reconoce avances significativos en el proceso de integración, con diversos grados de optimismo, todos también coinciden en que el camino que queda por recorrer es largo. Portocarrero sostiene que de hecho “hay un cambio que se nota en el sector industrial y empresarial liderado por emigrantes, pero todavía no se expresa esto en el área cultural, aún no hemos visto una novela de la migración hecha por emigrantes”. Y aunque admite que “de alguna manera eso se ha tratado en las series televisivas, como las vidas de Dina Páucar y Chacalón”, observa que ello ha ocurrido “desde la lógica del rating, de la mitificación, del culto al éxito”. Y es que, en su opinión “el sufrimiento del desarraigo, desde la óptica neoliberal es visto como éxito, y desde esa visión no se puede explicar mucho”.

            Beleván  refiere que “las condiciones en el Perú son mucho mejores hoy que hace 20 años. Hay resultados comprobables; por ejemplo, las grandes infraestructuras. Y no sólo eso, el optimismo de la nación ahora es muy alto. Sin embargo, también es cierto que nos falta avanzar mucho en educación”. También es cierto que el proceso de regionalización ha producido una especie de desacoplamiento de Lima respecto de lo regional o local. Con ello se ha multiplicado el caudillismo en sus propios espacios. “Eso distancia más la posibilidad de consolidar partidos políticos nacionales. La descentralización era necesaria, pero está ocurriendo antes de tiempo, cuando los partidos nacionales no están consolidados”, puntualiza Portocarrero. Cotler –según sus propias palabras, un optimista informado– apunta que el problema no es la diversidad, como algunos afirmarían, sino la desigualdad. “En Alemania y Francia también hay mucha diversidad, y sin embargo, los impuestos igualan a todos, porque sus estados se han preocupado en formar ciudadanos Pero soy optimista, aquí vemos intentos, programas como los de Rafo León que descubren lo que la mayoría no conocía”.

            Pero ¿qué relación hay entre el boom económico y la integración social o identidad nacional, en concreto? El politólogo Gustavo de las Casas (Perú Económico, marzo 2008) relaciona la identidad nacional o el nacionalismo con el desarrollo económico. Entiende por éstos no una actitud exacerbada “primaria y poco inteligente” a favor de lo propio, sino “un sentimiento de unidad que convierte a grandes grupos en inmensas familias”. Y en esa lógica considera a naciones como Japón y Estados Unidos como nacionalistas. Coincidentemente, no son pocos los países con esa característica que despliegan un envidiable desarrollo económico, según el autor. Por tanto, en su visión los países socialmente cohesionados dan lugar a mercados fluidos y robustos.

            Podría, así las cosas, sugerirse que el reciente desarrollo económico del país estaría contribuyendo a la mejor percepción del peruano promedio sobre sí mismo y sobre el Perú en general, y eso a su vez con una mayor integración. En décadas pasadas estaba muy arraigada una imagen devaluada de lo peruano; ahora hay un optimismo que podríamos llamar generacional. Las personas mayores de 40 años son menos optimistas que las generaciones jóvenes. Esto se explica, según Cosamalón y Portocarrero, en que los mayores experimentaron directamente la etapa de violencia y crisis económica, y todavía conservan reminiscencias que les generan temores de que algo parecido vuelva a ocurrir. Pero quienes han crecido después de los noventa no han pasado directamente por la experiencia original de los coches bomba.

            Sin embargo, ¿sería el crecimiento económico un factor que arrastre a la estabilidad política y social? Cotler piensa que la estabilidad política no va a ser un derivado del desarrollo económico, porque requiere formar ciudadanía, y el empresario no se tomará esa tarea (porque no es su función). “Sin embargo, el Estado ya demostró que tampoco se ocupará de ello”, refiere. En cualquier caso, algunos cambios sociales parecen irreversibles. Y, como puntualiza el propio Cotler, “ahora nadie se conforma con su lugar”, no hay estratos sociales inamovibles, el racismo nos escandaliza, la pobreza es un mal no sólo para los pobres. “Antes había la imagen del indígena pasivo y hasta cobarde, pero al mismo tiempo se decía “cuidado que se me sale el indio”, refiere el sociólogo. Es decir, se reconocía que detrás de la imagen peyorativa había algo más. Y ahora ese “indio” avezado está saliendo por todas partes, con una agresividad no sólo física, sino también económica y emprendedora.

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