La historia que no fue

Jugando con las fechas: otra independencia del Perú

Edición de Enero 2009
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De no haberse producido la independencia del Perú, ¿qué sistema político tendríamos ahora, cómo sería nuestra cultura, qué grandes feriados tendríamos?

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Serapio Cazana*

* Analista de Perú Económico

 

De no haberse producido la independencia del Perú, ¿qué tipo de historia aprenderíamos en los colegios? ¿Los textos escolares estarían repletos de fotografías de virreyes y de presidentes criollos, quizá con fechas y memorias de otras batallas? ¿Cómo sería el mapa del territorio peruano? ¿Cuáles serían las costumbres sociales nuestras en la música, el deporte, el arte? Es decir, ¿quiénes serían nuestras estrellas y nuestros ídolos del momento?

Ciento ochenta y siete años después de la proclama emancipatoria para muchos peruanos resultaría casi inimaginable pensar en la historia nacional sin que se haya producido la independencia del Perú. Más aun cuando las condiciones actuales apremian con prioridades muy alejadas de la historia remota, la cual tiene para muchos, por lo general, solamente una importancia conmemorativa.

 Además, las naciones modernas difícilmente se pueden pensar en términos coloniales, ya que el estado de la cuestión mundial muestra que al territorio se han sumado otros elementos que también deciden la geopolítica, por ejemplo, el valor económico, el conocimiento, la herencia cultural, el potencial energético, entre otros. De manera que pensar en un Perú no independiente a partir de 1821 no sólo significaría ausencia de desfiles militares, sino también un desfase respecto del sentido de la historia contemporánea.

Sin embargo, la historia, por más exhaustiva que sea, nunca llega a ser una fotografía perfecta de los hechos que pasaron, sino que siempre la vemos con ojos de “nuevos presentes”,[1] y en esa medida es un campo muy rico para seguir formulando preguntas, cuyas respuestas resolverían no solamente lo transcurrido, sino que además abrirían significativamente los sentidos del futuro que tenemos por delante.

Para empezar, en la balanza del tiempo el peso de la historia peruana se inclina por la Colonia, si consideramos el período pos-Conquista, puesto que el Perú fue colonial durante 279 años y como República tiene todavía 187 años. Por ello, el viraje del sistema político resulta muy atractivo para un ejercicio ucrónico de lo que no fue, o pudo ser de una manera distinta.

 ¿Qué hubiese pasado si la independencia del Perú no se hubiese producido en 1821? Tal vez la fecha precisa no es gravitante para estas especulaciones, ya que pudo producirse un año antes o uno después. Más productivo sería entonces preguntarnos si el Perú no lograba su independencia en la década del veinte del siglo XIX.

 

Un mapa que no vio la luz

 El sociólogo Félix Reátegui, director de investigaciones del Instituto Democracia y Derechos Humanos de la PUCP, dice que de no haberse producido la independencia en la primera mitad del siglo XIX “hubiese habido un desmembramiento de los territorios no litorales y éstos se hubiesen anexado a las nuevas repúblicas que estaban surgiendo. Décadas más tarde de todas maneras se hubiese producido la independencia de Lima y de algunas ciudades de la costa pero, curiosamente, con una cohesión de estado nación correspondiente a la estructura de un Estado republicano, mucho más fuerte y homogéneo en sentido cultural, político y hasta material. Hubiese sido un Estado mucho más urbano, quizá”.

Si seguimos este análisis, el sur andino habría sido absorbido por Chile o Argentina, o tal vez Bolivia hubiese comenzado con un territorio mucho más grande del que tiene hoy. Y las poblaciones aimaras estarían dentro de una sola nación. Por otra parte, lo que ahora es el oriente peruano sería territorio brasileño y colombiano y los turistas limeños necesitarían pasaporte para viajar a Iquitos. ¿Sería el Perú costeño insignificante dentro de los gigantes de América Latina? Si tenemos en cuenta que el grueso de la población limeña era descendiente de los emigrantes europeos y que social y culturalmente era más homogénea, y sumamos a lo anterior la presencia española con sus fuertes instituciones –universidades, la Iglesia, etcétera–, el Estado limeño habría tenido un lugar muy importante en el escenario regional. En realidad, la extensión territorial no ha sido decisiva para el poder de muchos estados de la actualidad, sino su forma de organización interna. Por otra parte, dada la permanente posibilidad de ser invadido por los países vecinos hubiese desarrollado un ejército reducido en número pero muy fuerte en capacidad operativa, en gran medida preparado y equipado por España. Es decir, el desarrollo republicano peruano se habría parecido más al chileno.

Pero ¿qué habría pasado si las regiones andinas no hubiesen sido anexadas a los países vecinos y tampoco hubiesen declarado su independencia propia? ¿Qué habría ocurrido con el colectivo indígena, el cual supuestamente no iba a integrarse muy bien en el proyecto nacional criollo? Comúnmente, la historiografía tradicional nos presenta el régimen colonial como aniquilador de las culturas autóctonas y al sistema implantado pos-Independencia como el defensor de las comunidades indígenas. Pero la realidad podría ser distinta. “Muchos historiadores están viendo en qué momento una elite, un colector cultural y económico indígena empieza a caer. La hipótesis que más se maneja es que estos grupos permanecieron hasta finales de la Colonia. Los criollos tuvieron una campanada de alerta en 1780 con la rebelión de Tupac Amaru, y temían que las elites indígenas estuvieran en camino a tener un lugar en la nación. El temor a que la independencia pudiera ser secuestrada por indígenas, llevó a los criollos a emprender una política de liquidación de esas elites”, afirma Reátegui. Naturalmente, estamos ante hipótesis contrafácticas, pero si estas elites indígenas se hubiesen fortalecido cultural y económicamente durante un tiempo mayor, en el proceso y en el momento de la independencia –que habría ocurrido varias décadas después– hubieran jugado un papel más protagónico en la configuración de la república naciente. Ésta sería hoy una nación más multicultural de lo que es ahora, o tal vez tendríamos una constitución federal. Recordemos que Cusco era una ciudad muy importante en la Colonia, incluso fue nombrada capital del virreinato cuando el poder español fue expulsado de Lima.

¿Podemos decir que el centralismo, considerado como una de las principales causas de la pobreza, fue consecuencia directa de una prematura independencia? Reátegui indica que “es bien arriesgado para un científico social discurrir sobre lo que no fue y pudo ser, pero estas lecturas no se hacen desde el presente sino de las condiciones existentes en el siglo XIX”, por lo que es muy probable que el hecho histórico que más celebramos nos haya conducido al centralismo.

Para el historiador Jesús Cosamalón, profesor de la PUCP, sin la independencia es muy probable que se hubiese tenido un sistema político mucho más estable, al menos en las décadas siguientes al veinte. “Con una población tan diversa y un territorio muy extenso en ese tiempo quizá era más adecuado un gobierno monárquico”. Alude para ello a Montesquieu, ya que siguiendo su teoría, habría una forma de gobierno para cada realidad. A diferencia de Maquiavelo, el pensador francés sostenía que en territorios extensos es mejor la monarquía o los sistemas federativos antes que la república. Cuando San Martín vino al Perú tuvo presente eso y por ello propuso un gobierno monárquico (ver La Historia que no fue en la edición de noviembre 2007 de Perú Económico).

Es más, el Perú ya tenía una tradición que se podría llamar monárquica. Además, la población informada de Lima no era fanática de la independencia, pensaba que el poblador indígena, quien se iba a integrar con la independencia, era de difícil asimilación a la cultura hispana. Pero por sobre todo no querían perder la centralidad y el poder que ostentaban en el continente. En ese sentido, “los independentistas eran más emocionales, mientras que los monárquicos eran más racionales, pero de ello no podemos decir que su tesis era más adecuada, ya que en México sí se experimentó con un sistema monárquico y fracasó”, sostiene Cosamalón.

 Sin embargo, con respecto al Perú “resulta importante considerar que los presidentes que han generado memoria son grandes autoritarios: Leguía, Velasco, Fujimori. Decimos que preferimos una democracia pero en realidad preferimos gobiernos que podríamos llamar monárquicos, es decir, en la práctica seguimos pidiendo un rey”, continúa Cosamalón. Quizá por ello el escritor Héctor Velarde decía que “los gobernantes peruanos deben ser medio incas y medio virreyes”. Es decir, con un gobierno de corte monárquico el Perú hubiese logrado una mayor cohesión y, por consiguiente, mayor estabilidad interna. Pero después, no se sabe dentro de cuánto tiempo, de todas maneras se hubiese producido la independencia. Los demás países de la región no hubiesen estado tranquilos con el Perú en manos de España, en la medida en que un poder fuerte de la península en esta parte del mundo no habría dudado en recuperar sus colonias perdidas en cuanto se presentase la oportunidad (como, por cierto, trató de hacerlo con el Perú en 1866).

 

De todos modos libres, pero en otra libertad

En cuanto a los aspectos socioculturales, éstos son más difíciles de suponer en escenarios distintos a los que tenemos ahora, ya que desde las ciencias sociales los procesos políticos son consecuencia de los estados culturales y no lo contrario. Al menos esta es la tesis de Alexis de Toqueville. Reátegui menciona que “en el Perú ya se estaban produciendo cambios significativos en la cultura, como la afirmación de la nación criolla o los pleitos mercantilistas de la burguesía limeña frente a las restricciones de la reforma borbónica; por lo cual algo estaba por pasar, quizás no era la independencia pero sí un replanteamiento del régimen monárquico hacia una monarquía liberal, como la que de hecho ya había asumido España en las Cortes de Cádiz, cuando Fernando VII fue separado del trono por la invasión napoleónica. Incluso, los representantes de las colonias apoyaron al rey. Morales Duárez, un criollo peruano, presidió una de las cortes y apoyó estas reformas y de todo esto surgió el modelo constitucional colonial. Cuando Fernando retornó al trono desconoció este sistema”. Entonces, de haber tenido una historia distinta a la que tenemos ahora, en el Perú se hubiese llegado, quizá, a un modelo monárquico constitucional, y los grandes forjadores de la nación hubiesen sido juristas, ideólogos, antes que militares.

De modo que las posibilidades políticas en la historia del Perú, sin la proclama del 28 de julio, se abren como un abanico de posibilidades. Pero todo indica que las cuestiones no podían seguir siendo iguales a como eran hasta entonces; el sistema político tenía que cambiar –eso era inevitable– pero la forma y el tiempo en que ocurrió no eran inevitables. Lo que pasó pudo pasar de otra manera, que tal vez hubiera sido mejor.

No obstante, el tipo de Estado independiente que se estableció determinó mucho, ya que el centralismo republicano inauguró una historia de tensiones regionales que no se solucionan aún. Podríamos especular que una independencia más tardía hubiese permitido focos de poder regionales institucionalmente mucho más sólidos, que habrían producido una descentralización más equilibrada en el momento de la independencia, puesto que en la década del veinte se estaban gestando focos de poder regionales que la República interrumpió.

De ahí se desprende un haz de posibilidades. Por ejemplo, una es que el Estado peruano hubiese tomado una forma federal en lugar de una estructura unitaria; en eso hay mucho que especular y es muy interesante. A juicio de Reátegui “hay que tener en cuenta que varias de las repúblicas hispanoamericanas que nacen en ese momento atraviesan un período de estabilización muy conflictivo, muy poblado por guerras civiles, y en países como Argentina o Colombia el dilema es escoger entre liberales y conservadores, entre una estructura unitaria o federal para la nueva república”. Pero ese conflicto no se da en el Perú, tampoco se da una clara distinción entre liberales y conservadores, al menos no con el mismo peso que se da en otros países de la región. Una posible explicación para ello es que en esos países no había una centralidad del poder virreinal como sí lo hubo en el Perú. Entonces, la fuerza que tuvo el virreinato anula o debilita la fuerza de la tendencia autonomista regional local.

Continuando con los ejercicios ucrónicos, si la independencia se producía algunas décadas después, los focos regionales habrían tenido más fuerza, y es casi seguro que se habría planteado la discusión sobre una república unitaria o una república federal, el pensamiento liberal y el conservador habrían sido más nítidos en el Perú. Pero esa hipótesis descansa sobre el hecho de que en la década del veinte del siglo XIX el poder colonial limeño estaba empezando a resquebrajarse por parte de la competencia comercial británica, por la debilidad del reino español, por la identidad regional, etcétera.

Para concluir, recordemos que la historia entendida como hechos puros es igual que piedras congeladas por el tiempo, y además inaccesible. Pero la historia en cuanto pasado humano y memoria colectiva es un sujeto dialogante y un factor de futuro.


[1] El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer señala que el pasado siempre es influido por el presente que lo estudia e interpreta, ya que siempre se le puede estudiar desde una tradición que tiene sus propios valores, su propio horizonte.

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