Entrevista a Antonino Espinosa Laña, profesor universitario y dirigente del Partido Popular Cristiano (PPC)
A sus 81 años, Antonino Espinosa Laña ha visto pasar la historia de los últimos 50 años del Perú desde un espacio privilegiado: el de fundador, dirigente e ideólogo de los partidos Demócrata Cristiano y Popular Cristiano, cuyos idearios él mismo escribió. Y, aunque ambos movimientos nunca llegaron al poder directamente, Espinosa se preocupa menos por eso que por otra tarea pendiente: la difusión del pensamiento social cristiano en el país. “Para el político serio, vencer es convencer”, dice.
Por Serapio Cazana y Gonzalo Carranza*
*Analistas de Perú Económico
Usted nació en 1927, a finales del oncenio de Leguía. ¿Qué recuerda de la década del treinta?
Uno de los primeros recuerdos infantiles que tengo es político. Yo tenía cinco años y vivía con mi familia en la calle Pichis, por Santa Beatriz. Fue un día que me llevaron por la avenida Brasil, a ver el paseo de los “movilizables”, como se llamaba a los jóvenes que iban a combatir en la guerra con Colombia. De las tropas desfilando tengo un recuerdo borroso, pero, ya en la casa, como a la una, hubo un tiroteo feroz. Mi padre salió corriendo a ver qué ocurría. Luego volvió. “Han matado a Sánchez Cerro”, nos dijo.
¿Y cómo fue su niñez?
Mi padre estudió en Bellas Artes, era pintor de domingo pero pintó toda su vida. Incluso fue amigo de varios miembros del movimiento indigenista, como José Sabogal. Aunque su arte no era propiamente indigenista, sino más cercano al vanguardismo. Después se enamoró del paisaje de la sierra y de la costa. En esa época, me llevaba de viaje por todo el Perú, y yo le hacía todo tipo de preguntas. Y era muy gracioso, porque tenía que encontrar una respuesta racional a cada cosa que le preguntaba. También me llevaba a reuniones con Jorge Basadre, con Héctor Velarde, y esta mente mía de curioso me llevó a aprender mil cosas en ellas.
En cuanto a mi madre, ella tenía una fuerte vocación social. Cuando íbamos a las haciendas de la Casa Grace –donde trabajaba mi padre–, mi madre sufría al ver las rancherías, las condiciones de vida de todos los que se dedicaban a las cosechas de caña, y eso la llevó a realizar diversas obras sociales. De esa fuerte semilla social también he salido yo.
De mi abuela, María Santillana, recibí otras influencias. Ella fue hermana de Gervasio Santillana, quien fuera héroe del Huáscar e hizo toda la campaña de Grau. Fue sobreviviente y prisionero de Angamos; yo tengo la carta que él escribe a su madre el mismo 8 de octubre. Que yo sepa, es el único documento con fecha 8 de octubre. Además, mi abuela, mediante cuentos, educó mucho mi imaginación, lo que me llevó a vivir muchas fantasías y a entender muchas realidades.
¿Y a qué edad aprendió a leer?
Antes de ir al colegio ya sabía leer. En casa, mi mamá me enseñó. Viví en un ambiente de letras: mi tía Pilar dirigía una revista, en la cual el poeta José María Eguren escribió la presentación. También ahí escribió Martín Adán, entre otros. Formaron el grupo Los Duendes. Se reunían en el Olivar de San Isidro a hacer no sé qué ceremonias mágico-poéticas... Claro, ¡eran duendes! (risas). Es más, cuando yo tenía 10 ó 12 años me convertí en el jefe del suplemento infantil de la revista. Yo tenía muy buena ortografía y quizá por eso me invitó mi tía; incluso, hacía corrección de pruebas. Ahí nació mi vocación periodística y, luego, a lo largo de mi vida, he dirigido varias revistas.
Corina Garland me hizo participar del teatro. Hacía revistas musicales con el tema de cuentos, y yo salía a representar una vez de pingüino, otra vez de enano o de Aladino, qué sé yo. Esto me dio una especie de presencia escénica, y me quitó el miedo al público.
¿Y cómo percibía un niño de Lima los sucesos del mundo?
El efecto de la Segunda Guerra Mundial era tremendo. Mi familia era democrática, pero en Lima había familias que apoyaban al nazismo y al fascismo, con todo lo que eso implicaba. Mi padre corría todas las noches a prender la radio y a escuchar la BBC de Londres, que nos daba las últimas noticias de la guerra y, a veces, hasta oíamos las sirenas de alarma. También, cuando iba al colegio, me detenía en el puesto de periódicos para leer los titulares con las noticias de la guerra. Era algo que seguíamos apasionadamente.
Lo mismo sucedió con la guerra civil española. A propósito, años después, durante el gobierno de Odría, el embajador español trajo un retoño del árbol de Guernica, y lo sembraron como símbolo de democracia. Pero el retoño se murió a los pocos días. Yo no sé si se debido a que el embajador era de Franco o a que el presidente aquí era Odría.
¿Y qué experiencias tuvo ya de joven?
En el ‘45 hubo algo especial en el país y en mi vida. En ese año entro a San Marcos y comienzo a vivir la experiencia de la reforma universitaria, otra de las cosas que han marcado mi vida. También recuerdo el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero, la recuperación de la democracia después de los 11 años de Leguía, los tres de Sánchez Cerro, los seis de Benavides, y el fraude del ‘39, en el que salió elegido Manuel Prado, el candidato oficial que dejó Benavides. Todo su gobierno fue una farsa de democracia porque el Congreso salió del mismo fraude.
Ese recuerdo me lleva siempre a otro tema de reflexión: ¿por qué se acaba tan rápido la democracia en el Perú? A la respuesta que he llegado a racionalizar la llamo “la menopausia del tercer año” (risas). Por otro lado, muchos dicen que la democracia no funciona en este país, que debe haber un gobierno fuerte, autoritario. Pero el primero que tiene la idea clara es el que nos hace República, que fue José Faustino Sánchez Carrión, cuando se debate la idea –patrocinada por San Martín– de instaurar una monarquía. Sánchez Carrión dice que, en efecto en el Perú hay una enorme debilidad civil, pues se vivieron autocracias con los incas y con los virreyes, pero que este pueblo tiene que madurar, hacerlo caminando en democracia, en el ejercicio de la participación.
Bustamante convocó a formar un Partido Social Cristiano. Formamos el Movimiento Popular Democrático. Acudimos a Palacio de Gobierno, Luis Bedoya Reyes, Ernesto Alayza Grundy, yo y muchos otros. Este partido murió al nacer porque vino el golpe del Apra del 3 de octubre de 1948 y el golpe de Odría del 17 de octubre de ese mismo año. Pero varios de ese grupo ya habíamos leído a León Bloy, a Maritain, a Papini; teníamos la idea de desarrollar un partido demócrata cristiano.
¿Y cuándo retoman la actividad partidaria?
A finales de 1955, y el movimiento nace de forma oficial en los primeros días de 1956.
Fernando Belaunde también participaba en ese grupo. ¿Por qué termina creando otro partido?
En nosotros había una especie de centralidad doctrinaria: nos habíamos formado en el pensamiento social de la Iglesia, y eso pedía una acción política. En Acción Popular, en cambio, predominaba la realidad del Perú, que Fernando había aprendido no sólo de su padre, sino básicamente de su tío Víctor Andrés. En realidad, Víctor Andrés fue el hombre puente entre los dos partidos. Él creía que la base de la peruanidad, de la identidad, era lo que él llamaba la “síntesis viviente”. Y José María Arguedas recoge eso sufriendo, pero convencido de la fecundidad del encuentro. En su trabajo sobre la artesanía de Ayacucho él dice que la mezcla es fecunda. En cambio, Mariátegui decía que el Perú es un híbrido, porque las dos razas juntas se esterilizan.
Sin embargo, con Acción Popular trabajamos juntos. Pienso que el mejor programa de gobierno que ha tenido el Perú fue el la alianza AP-DC en 1963. Preparamos muchos aportes. El mío fue sobre la reforma de la empresa. Ya en 1955 había escrito el ideario de la Democracia Cristiana y en 1966 fui autor del ideario del PPC. Y hace cuatro años elaboré un documento para el PPC, definiéndolo como partido de centro. No somos capitalistas, no somos marxistas, no somos fascistas; somos de centro. No somos excluyentes. Si los de la derecha liberal quieren justicia se van a encontrar con nosotros; si quienes vienen de la izquierda social demócrata quieren libertad, también libertad van a encontrar con nosotros. Cuando dominan los extremos se hace imposible el consenso democrático racional. La lucha por la justicia y la libertad implica la solidaridad con el otro.
¿Cuáles han sido otros de sus aportes?
Mi lucha por la libertad de educación y por la formación humanista. El gobierno militar disminuyó la libertad universitaria, creando el sistema de la universidad peruana en singular. Esto lo corregimos en 1983, con una ley de la cual soy uno de los seis autores. Sin embargo, esa ley ha sufrido cambios sustanciales, primero por el anterior gobierno del Apra y luego por Fujimori. Asimismo, durante la dictadura militar, me dediqué profusamente a combatir la “teología de la liberación”, la cual era una desviación tremenda del pensamiento cristiano. Chesterton hablaba de las ideas enloquecidas: una idea enloquecida de la autoridad, una idea enloquecida de la libertad, una idea enloquecida de la justicia. Es una terrible tarea educar esas ideas en el consenso.
¿Un justo medio aristotélico?
Sí, pues, y tomista en el sentido más pleno del término. La definición de ley que da Santo Tomás lo resume todo. Ley es la disposición racional, dada por autoridad legítima para el bien común. De las 30,000 leyes peruanas, ¿cuántas se salvan?
Pensando a nivel de país, ¿cuáles de esos cambios permanecieron, ya sea para bien o para mal?
Hay algunos ejemplos. En 1962 habíamos dado un ejemplo de dispersión civil, pues se presentó un montón de candidatos. Había un ex sacerdote, un ex militar, había una danza de candidatos que mostraban todo.
También tenemos la presencia de la clase media. El Apra es un partido de clase media, si bien con tendencia hacia abajo, por sus vínculos con la clase obrera. Lo mismo, más claramente, podría decirse de Acción Popular y la Democracia Cristiana. Incluso el gobierno militar, con todos sus extremismos y con los odios de clase que fomentó, buscaba una preponderancia de la clase media.
Después, ha habido un surgimiento de la efectividad popular, el fenómeno de los conos que ya no se quieren llamar así. Es una clase que se ha hecho a sí misma porque se “raja” trabajando, y sobre esa base, tiene una gran capacidad de acumulación. Esa clase contagia de emoción social a la clase empresarial.
En alguna medida, el encuentro ya se está dando. Los críticos dicen que no, porque hay muchas diferencias. Por supuesto que las hay, y tenemos que reivindicar las diferencias en todo lo que tienen de legítimas, pero al mismo tiempo tenemos que saber descubrir lo común. Lo único común que tenían los incas era el quechua y los caminos; en lo demás eran diversos. Qué hubiera sido de los españoles sin los chancas y los otros pueblos que los apoyaron para vencer al Cusco. Si lo común hubiera sido lo suficientemente fuerte en los incas, otra habría sido la historia.
¿Cómo se imagina el Perú dentro de 50 años?
Me imagino un país con un objetivo común. Ojalá que para ello haya un camino de realización consciente y deliberado. No me imagino una masa, heterogénea y manipulable por extremismos, sino un pueblo creador, que haga armonía de la variedad, que haga hermandad de lo diverso. Esto me hace pensar en Basadre, en su idea del Perú como tarea.
¿Cuál es su pasatiempo favorito?
Ahora, la grabación de videos. Grabo de todo: historia, arte, política. Debo tener como mil videos. Esto nació con el afán de recortar periódicos. Lo primero que comencé a recortar fueron las tiras de Tarzán. Una de mis grandes preocupaciones para lo que me queda de vida es qué voy a hacer con todos esos recortes. Otra es difundir la pintura de mi padre.
El nombre Antonino en griego significa “el que se destaca entre los demás”. ¿Qué piensa de ello?
Me recuerda a una anécdota de mi época escolar, en La Inmaculada. Allí, los jesuitas nos hacían formar en dos bandos, Roma y Cartago. Era una contienda, ya que todos los que estábamos en puestos impares éramos romanos y los que estaban en puestos pares eran cartagineses. Y yo siempre fui emperador de Roma (risas).
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