Las primarias próximas más relevantes para la nominación del candidato presidencial del Partido Demócrata son las que se realizarán el 4 de marzo en Ohio y Texas, seguidas luego por la del estado de Pensilvania en abril. En ellas, la senadora Hillary Clinton intentará quebrar la ola de pequeños triunfos que viene acumulando su rival y colega Barack Obama, quien acaba de superarla en el número de delegados elegidos y ha pasado a convertirse en el favorito de las apuestas para ganar la nominación.
Cualquiera fuese el resultado de dichas primarias, lo evidente ya es que ninguno de los candidatos va a contar con suficientes delegados propios como para reclamar la nominación antes de la convención que tendrá lugar en agosto. La elección finalmente quedaría en manos de la distribución de votos entre los super-delegados, que son aquellos miembros del Partido que por su cargo o posición participan de la convención como miembros natos. En tal grupo, es de suponer que la senadora Clinton tenga una ventaja relativa sobre su rival.
Hay también el caso de los estados de Michigan y Florida, a los que la organización nacional del Partido Demócrata castigó por adelantar la fecha de sus primarias, invalidando la participación de sus delegados en la convención. Dichas primarias tuvieron finalmente lugar con Hillary Clinton como única candidata. La maquinaria partidaria de Clinton viene impugnando tal castigo en un intento para que dichos delegados puedan finalmente votar, por lo que se presume que la lucha por la candidatura presidencial será muy disputada y tormentosa hasta el final.
Lo singular de toda la campaña es que ella constituye, antes que un enfrentamiento de posiciones, un choque de personalidades, incluso entre generaciones. En el espectro de las ideas, ambos –Hillary Clinton y Barack Obama– ocupan espacios muy cercanos en la centro-izquierda. En todo caso, las diferencias que puedan tener sobre los temas esenciales resultan poco significativas. Cuando Obama ha empezado a detallar su programa de gobierno, han surgido las críticas de “plagiario” por parte del bando de Clinton.
Pero si no hay mayores diferencias en los fines últimos que plantean, sí hay marcadas discrepancias en los medios planteados para lograrlos. Los mensajes-fuerza de las campañas se han centrado en “experiencia” versus “esperanza”. De la campaña de su rival, Hillary Clinton ha dicho: “No debemos levantar en nuestro país falsas esperanzas respecto de lo que efectivamente podremos lograr”.
La pareja Clinton fue vista, en su momento, como la vanguardia de una nueva generación de reformistas. El ex presidente Bill Clinton fue elegido gobernador de Arkansas a los 32 años cuando su esposa usaba aún su apellido de soltera, pero su programa resultó muy radical para el estado sureño y perdió la reelección. Cuando de nuevo se presentó, cuatro años después, la pareja se había reposicionado ideológicamente. Hillary, por ejemplo, empezó a usar el apellido de su esposo y ambos buscaron cortejar a un electorado más centrista. Si algo significa en la política norteamericana, el “clintonismo” es un proceso continuo e imaginativo de ir acomodando posiciones originalmente progresistas ante un contexto políticamente hostil.
Por ello, a los Clinton no puede sino sorprenderles y parecerles absurdamente ingenuo el optimismo de Obama. Así, por ejemplo, el economista Paul Krugman, partidario de los Clinton, escribe en el New York Times: “Nada de lo dicho por Obama sugiere que él tenga una buena idea respecto de la enorme dificultad de las batallas que tendrá por delante, si se convierte en presidente, para cambiar las cosas”. El “clintonismo” presume que, en la política, sólo se pueden lograr avances gradualmente y con mucho esfuerzo.
La magia política de Obama, en cambio, no se sentía en la política de EEUU desde el Camelot del presidente John Kennedy y su hermano Robert. Obama tiene el perfil de visionario, el estilo irónico y la inteligencia alerta de Jack Kennedy, así como el apasionamiento y la enorme empatía de su hermano Bobby. Contra esta Obamanía, Hillary Clinton reclama con razón: “yo tengo más experiencia”. Ella conoce al detalle cualquier tema programático en debate y ha sido una testigo privilegiada del manejo del poder presidencial durante los ocho años del gobierno de su esposo. Pero lo complicado para su campaña es que la experiencia resulta un argumento flojo cuando los votantes se muestran hambrientos de un nuevo mensaje, de un relevo generacional. En ese contexto, a los Clinton no les podría quedar otra que enfrascarse en una campaña muy negativa contra Obama, con el peligro de que su efecto resulte finalmente improductivo y hasta contraproducente para su partido en las elecciones de noviembre.
El también senador John McCain, el casi seguro candidato del Partido Republicano, puede aprovechar los próximos meses para descansar, elegir un candidato a la vicepresidencia que lo complemente debidamente, refinar su programa y proyectar una campaña eficaz, al margen de la dura confrontación que puede sacudir la nominación en el Partido Demócrata. En las actuales encuestas, por las resistencias que genera la senadora Clinton entre los candidatos independientes, McCain le ganaría apretadamente la elección, aunque perdería holgadamente contra Obama.
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“Obama es considerado un visionario en la escena política. Pero también tiene tendencias minimalistas muy significativas”
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