Los amigos de Perú Económico me trasladan la angustia nacional: ¿hay identidad nacional en el Perú? La pregunta tiene implícita una carga valorativa que me incomoda: si no la tenemos estaríamos jodidos. Esa es la parte más macabra de la falacia nacional; como asumimos que carecer de una es una desgracia insalvable, se llevan a cabo las maldades más aterradoras para conseguirlas. Ninguna otra idea (a excepción de las religiones) es madre de tanta desdicha. Así, lo digo con todas sus letras, no tengo mayor simpatía por las naciones, ni la mía ni las ajenas, ni las verdaderas ni las falsas. Porque las naciones exigen “identidad nacional”, que sería cierto rasgo idéntico compartido por todos los individuos integrantes de una nación. Las naciones –en distintos lenguajes y a través de distintos medios– exigen pureza y temen a lo híbrido, nos exigen raíces a quienes tenemos piernas (pues no somos árboles para ostentar raíces). Así, desde mi punto de vista, constatar la existencia de una nación no es motivo de jolgorio porque la construcción de una nación ha sido siempre, sobre todo, la destrucción de muchas otras.
Ahora bien, que no las valore no implica que no pueda constatar la fuerza del mito. Y creo que la idea nacional en el Perú se ha construido. Hemos conseguido la construcción mental compartida de la nación peruana. Que quede claro: no digo que la nación exista (de la misma manera que existe esta computadora sobre la cual escribo o el ejemplar de Perú Económicoque el lector tiene entre sus manos), lo que existe es la “idea” compartida de formar parte de algo que se llama nación peruana.
En el contexto de las elecciones de 2006, Maxwell Cameron, profesor universitario y observador de la OEA, me contaba que lo que más le había sorprendido de su viaje por distintos poblados de las serranías del Cusco, era que las personas expresaban su rechazo a la intromisión de Hugo Chávez en la política nacional. A Cameron el futuro resultado de la elección presidencial lo entusiasmaba mucho menos que constatar que “¡la nación peruana es un hecho!”. Creo que mi amigo canadiense estaba en lo correcto, la idea nacional ha ido construyéndose en el Perú de a pocos hasta llegar a este momento en que todos, aun en los poblados más alejados, nos reconocemos como integrantes de la nación peruana.
Un largo procesoCuando las colonias latinoamericanas se independizaron a inicios del siglo XIX, eran repúblicas sin estado ni nación. Repúblicas sin territorios definidos, con deudas y regidas por caudillos. A diferencia de algunos países europeos donde el artificio nacional podía rastrearse en el pasado, las elites encargadas de las independencias se dieron cuenta desde el inicio de que las naciones latinoamericanas habría que conseguirlas en el futuro, que habría que establecer diferencias entre ecuatorianos, peruanos y bolivianos, entre uruguayos, argentinos y brasileños y que habría que olvidar otras lealtades (no recordar que pertenecíamos, por ejemplo, a Nueva Granada). Así, desde el siglo XIX las naciones fueron inventándose desde arriba e imaginándose desde abajo.
El largo proceso de invención nacional ha tenido distintos componentes. En primer lugar, como en todas las construcciones nacionales, la destrucción de otras naciones que pueblan el mismo territorio. Las naciones son como las religiones monoteístas, exigen dedicación absoluta. Cualquier otra lealtad social debe ser eliminada, a través de la educación o la limpieza étnica; el método varía pero no el objetivo de homogenizar a las poblaciones bajo la bandera nacional. En nuestro país, sólo las identidades precoloniales podían desafiar la construcción nacional peruana. Y así, desde el periodo colonial se ha logrado eficazmente disminuir el peso de dichas lealtades. Para sólo recordar algunos episodios, podemos nombrar la feroz represión española luego de la rebelión de Túpac Amaru en el siglo XVIII. Todo rastro de lealtad hacia lo indígena fue barrido sin misericordia. Algo similar ocurrió tras la guerra con Chile, los indígenas sin “identidad nacional” eran los culpables de la derrota, por lo cual había que “nacionalizarlos”. De otro lado, la migración multitudinaria durante el siglo XX se hizo a lejanísimas ciudades de la costa, desde las serranías o la selva, y las lealtades primeras fueron cediendo paso a la lealtad nacional, que fue haciéndose cada vez más dominante. Y durante estos dos siglos el Estado también fue imponiéndose a los habitantes. Elecciones de todo tipo (de presidenciales a locales) han ido delineando lealtades afectivas a partir de estas prácticas políticas. Con la expansión del Estado y sus instituciones, la población también fue reconociendo que formaba parte de la nación en la que se sostenía tal Estado. Las paradas (y reclutamientos) militares han hecho lo suyo, los medios de comunicación han aportado también. Finalmente, la expansión de la educación ha sido la gran herramienta de instrucción nacional. Cada escuela llegó a ciudades y pueblos con un escudo y una bandera, y un profesor con un libro bajo el brazo presto a exaltar los héroes nacionales. Así, ningún romanticismo en la construcción nacional, la cual es siempre, a través de distintos métodos, un ejercicio de imposición de una única verdad nacional por sobre otras más débiles.
Pero la construcción nacional no es sólo una imposición sobre la población. Ésta también contribuye con aquella. En la práctica cotidiana a todo nivel de las instituciones estatales se va edificando tal idea nacional. Y el Estado cotidiano no es una entidad abstracta, son distintos funcionarios que en cada rincón del país cooperan con la puesta en práctica de la idea nacional. Entonces, lo nacional es una idea dinámica que va construyéndose entre lo estatal y lo social, por arriba y por abajo. Por ejemplo, los republicanos andinos del siglo XIX de los que habla Mark Thurner, donde la idea nacional aparece desde la práctica cotidiana de reglas estatales en niveles muy locales (Republicanos andinos, IEP, 2006).
Por tanto, creo que esta idea nacional se ha construido. Sin embargo, a diferencia de toda la sociología peruana del siglo XX (de Riva Agüero a Cotler) no creo que su sola presencia nos vacune contra los peores males ni que sea fuente inmediata de beneficios. Porque nuestros problemas principales son la arbitrariedad, la ausencia de justicia, la indolencia ante la pobreza. En dos palabras, nos hace falta una república más democrática y no una comunidad más nacional. La nación quiere que sus habitantes sean nacionales. Y la República quiere que sus habitantes sean ciudadanos. La nación se basa en sentimientos y la República en la razón. La institución que mejor representa a una nación es un mito, y la institución que mejor representa a un pueblo democrático es un parlamento. La nación exige fidelidad a un sentimiento y la democracia respeto a las leyes convenidas. ¿Es que acaso haber conseguido la anhelada identidad nacional nos va a volver más libres, solidarios y justos? La nación y su identidad nacional no son necesariamente un remedio ni garantizan una comunidad más democrática. Tengo la impresión muy personal de que los males del Perú están relacionados con la ausencia de una comunidad política, y no con la ausencia de una comunidad nacional.
Sin embargo, la construcción nacional sí otorga un punto a favor que no se puede negar: impide un tipo de inestabilidad recurrente. Como lo podemos apreciar en estos días, de la civilizadísima Bélgica a nuestra vecina Bolivia, pasando por Kenia, los países con problemas nacionales latentes son siempre suelo fértil para la inestabilidad inter-comunitaria. Sospecho que si en el Perú el movimiento indígena tiene mucho menos fuerza que en Bolivia o Ecuador es porque el Estado peruano ha sido más eficaz durante dos siglos en su labor de “nacionalización” de las poblaciones. Ahora bien, para ser honestos, muchos países son inestables teniendo una nación homogénea, y, algunos otros, son estables con diferentes comunidades nacionales al interior (España, por ejemplo). De tal forma que esta virtud de la “estabilidad” debe ser puesta en contexto.
La angustia por la “identidad nacional” es sectaria. Cuando nos preguntamos por la identidad nacional, en realidad estamos preguntando por otras identidades nacionales; nos preocupa que los habitantes de un territorio vayan a tener otras querencias grupales, que no le reserven a la patria su completa devoción, tememos que su corazón se comparta con otras impuras lealtades. Y por eso vivimos con angustia la duda de si lo realmente peruano es Vargas Llosa o Arguedas (lo vemos a través de sus pleitistas herederos) y nos obligamos a elegir entre Chabuca Granda y Daniel Alomía Robles. Y claro, si la identidad nacional exige seres idénticos, ¿cómo viviríamos dichos dilemas sin angustia?
Los procesos de construcción nacional son, para bien y para mal, fundamentalmente, procesos de fusión. Pero lo no fusionado (o en vías de fusión) no debería jaquear nuestras certezas comunitarias. ¿Qué es más peruano: el pollo a la brasa, el arroz chaufa o el olluco con charqui? Sólo la estupidez identitaria se ve obligada a escoger entre uno de ellos. Tendremos que aprender a vivir con nación y sin los vicios del nacionalismo, porque, como decía Javier Marías, tener apéndice no es lo mismo que tener apendicitis.
Termino. En un plano fáctico sospecho firmemente que la construcción de una nación peruana se ha realizado. Incluso en los poblados más alejados, los individuos se consideran peruanos y le reservan a este país el monopolio de su lealtad. Sin embargo, mientras la discriminación persista dicha construcción será precaria. Porque no basta que todos nos consideremos peruanos si, al mismo tiempo, la nación no nos considera a todos compatriotas con iguales derechos. Aunque los individuos se consideren peruanos, muchos de ellos constatan que persiste la discriminación. Y también el racismo –esa enfermedad del alma, canta Rubén Blades–, al que deberíamos combatir con la severidad más implacable. Aunque el racismo sigue ahí, éste se hace cada vez más ofensivo, vergonzoso y repudiado. Si Tocqueville tenía razón, las discriminaciones devienen más odiosas cuando las circunstancias son más igualitarias. Así, tal vez esta construcción nacional que constato sea una de las razones por las cuales el racismo y la discriminación generan hoy mucho mayor rechazo que hace algunas décadas. En todo caso, si la construcción nacional se ha conseguido (y sigue consiguiéndose), el real desafío es transformar esta base nacional en una comunidad política que trascienda los calores primarios que otorga la nación.
* Es candidato a doctor en ciencia política por la Universidad de Montreal (Canadá). En el 2007 publicó el libro Ni amnésicos ni irracionales. Las elecciones de 2006 en perspectiva histórica.
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