La historia que no fue

Un Oriente Medio sin islam

Edición de Febrero 2008
¿Y si el islam no existiera?¿Sería Oriente Medio una balsa de tranquilidad y un bastión de la democracia? ¿Habría sucedido el 11-S? Tal vez el mundo no sería tan diferente...
Imagine un mundo sin islam. Hay que admitir que es casi inconcebible, dado que esa religión acapara con tanto ardor los titulares de las noticias diarias. El islam parece estar detrás de toda una serie de males internacionales: atentados suicidas, coches bomba, ocupaciones militares, luchas de resistencia, disturbios, fetuas, yihads (guerras santas), ataques guerrilleros, videos con amenazas y el propio 11 de setiembre (11-S). ¿Por qué está ocurriendo todo eso? El islam parece ofrecer una sencilla piedra de toque analítica que permite encontrar una explicación al convulso mundo de hoy. De hecho, para algunos neoconservadores, el “islamofascismo” es, en la actualidad, nuestro enemigo declarado en una “Tercera Guerra Mundial” que se avecina. Pero, ¿qué pasaría si no existiera eso del islam? ¿Qué sucedería si nunca hubiera habido un profeta llamado Mahoma ni una saga tan extendida por vastos territorios de Oriente Medio, Asia y África?  

Dado que, hoy en día, la atención se centra de una manera tan intensa en el terrorismo, la guerra y el antiamericanismo –algunas de las cuestiones internacionales con más carga emocional de nuestro tiempo–, es de vital importancia entender la raíz de estas crisis. ¿Es el islam la fuente del problema, o más bien se sitúa junto a otros factores menos obvios y más profundos? Piense, pongamos por caso, en un acto de imaginación histórica, en un Oriente Medio en el que el islam nunca hubiera existido. ¿Nos habríamos ahorrado entonces muchos de los desafíos que tenemos ante nosotros? ¿Sería más pacífica la región? ¿Sería muy diferente el carácter de las relaciones Oriente-Occidente? Sin la fe musulmana, el orden internacional presentaría un panorama muy diferente al de ahora, ¿o no?

  Panorama sin islam

Desde los primeros días de un Gran Oriente Medio, el islam parece haber dado forma a las normas culturales e incluso a las preferencias políticas de sus fieles. ¿Cómo puede separarse entonces esa religión de esa área geopolítica? Resulta que no es tan difícil de imaginar.

 

Comencemos por la identidad étnica. Sin el islam, la fisonomía de la región seguiría siendo compleja y atribulada. Los grupos dominantes –árabes, persas, turcos, kurdos, judíos e incluso bereberes y pastunes– seguirían controlando la política. Fijémonos en Persia. Mucho antes de Mahoma, los sucesivos y grandes imperios persas ejercieron su presión hasta las puertas de Atenas y fueron los rivales perpetuos de quienes habitaran Anatolia. Asimismo, pueblos semíticos rebeldes lucharon contra ellos por todo el Creciente Fértil y hasta Irak. Y, después, están las poderosas fuerzas de los comerciantes y las diversas tribus árabes que se expandieron y migraron hacia otras zonas de Oriente Medio antes que el profeta. Los mongoles también habrían invadido y destruido las civilizaciones de Asia Central y buena parte de Oriente Medio en el siglo XIII. Los turcos habrían conquistado igualmente la península de Anatolia, los Balcanes hasta Viena y la mayor parte de Oriente Medio. Estas luchas por el poder, el territorio, la influencia y el comercio existieron mucho antes de Mahoma. Sin embargo, es demasiado arbitrario excluir por completo la fe de la ecuación. Si el islam nunca hubiera surgido, la mayor parte de Oriente Medio habría sido predominantemente cristiana, en sus diversas sectas. Aparte de algunos zoroástricos y pequeños grupos de judíos, no existían otras grandes religiones en los albores del islam.

 

Pero, ¿hubiera reinado la armonía con Occidente por ello? Eso es mucho decir. Debería suponerse que el ansioso y expansivo mundo medieval europeo no habría proyectado su poder y hegemonía hacia el vecino Oriente, en busca de puntos de apoyo económicos y geopolíticos. Después de todo, ¿qué fueron las cruzadas sino una aventura occidental conducida sobre todo por intereses políticos, sociales y económicos? El estandarte del cristianismo fue poco más que un potente símbolo, una llamada a las armas para bendecir los más seculares anhelos de los poderosos europeos. De hecho, la fe de las poblaciones autóctonas nunca tuvo mucha relevancia en esa aventura imperial. Europa puede haber hablado de manera edificante sobre llevar “los valores cristianos a los nativos”, pero el objetivo era establecer enclaves coloniales como fuentes de riqueza para las metrópolis y como bases para la proyección del poder de Occidente.

 

Y por eso es poco probable que los habitantes cristianos de Oriente Medio hubieran acogido de buena gana el torrente de flotas europeas y a sus mercaderes con armas de fuego. El imperialismo habría prosperado en el complejo mosaico étnico de la región, materia prima del viejo juego del “divide y vencerás”. Y los europeos habrían colocado de todos modos a los mismos gobernantes locales manejables para satisfacer sus necesidades.

 

Adelantemos los relojes hasta la era del oro negro en Oriente Medio. ¿Los Estados de esa región, aun siendo cristianos, habrían recibido con los brazos abiertos el establecimiento de protectorados europeos en su región? Seguramente no. Occidente habría seguido construyendo y controlando los mismos puntos de paso, como el canal de Suez. No fue el islam el que hizo que Oriente Medio se resistiera con fuerza al proyecto colonial, con su drástica redefinición de fronteras conforme a las preferencias geopolíticas europeas. Y los cristianos de la zona tampoco habrían recibido mejor que los musulmanes a las imperialistas empresas petroleras occidentales, respaldadas por sus vicerregentes, diplomáticos, agentes de inteligencia y ejércitos europeos. Parémonos a pensar en la larga historia de reacciones latinoamericanas al control estadounidense de su crudo, su economía y su política. Oriente Medio habría tenido las mismas ganas de crear movimientos nacionalistas anticolonialistas para liberar su territorio, sus mercados, su soberanía y su destino de las garras extranjeras, igual que ocurrió con las luchas independentistas en la India hindú, la China confuciana, el Vietnam budista y un África cristiana y animista.

 

No hay razones para creer que la reacción de Oriente Medio a la traumática experiencia del colonialismo europeo habría diferido mucho de la forma en que respondió con el islam. Pero, ¿es posible que esa conflictiva región hubiese sido más democrática sin el islam? La propia historia de la dictadura en Europa no es muy tranquilizadora en este sentido. España y Portugal no pusieron fin a sus férreos regímenes autoritarios hasta mediados de los setenta. Grecia sólo salió de una dictadura vinculada a la Iglesia hace unas cuantas décadas. La Rusia cristiana todavía no está fuera de peligro. Hasta hace muy poco, Latinoamérica estaba plagada de autócratas, que solían reinar con la anuencia de Estados Unidos y en asociación con la Iglesia católica. La mayoría de las naciones africanas cristianas no han salido mucho mejor paradas. ¿Por qué un Oriente Medio cristiano habría sido diferente?

 

Y después está Palestina. Por supuesto, fueron los cristianos los que persiguieron con descaro a los judíos durante más de un milenio; un hostigamiento que culminó en el holocausto. Estos terribles ejemplos de antisemitismo estaban firmemente arraigados en la cultura y los territorios cristianos de Occidente. Por lo tanto, los judíos habrían seguido buscando una patria fuera de Europa; el movimiento sionista habría emergido y hubiera buscado, de igual forma, una base en Palestina. Y el nuevo Estado judío también habría desplazado de sus territorios a los mismos 750,000 árabes nativos de Palestina, aunque hubieran sido cristianos; de hecho algunos lo eran. ¿No habrían luchado estos palestinos árabes para proteger o recuperar sus tierras? El problema árabe-israelí sigue siendo, en el fondo, un conflicto nacional, étnico y territorial, sólo hasta hace poco tiempo reforzado por eslóganes religiosos. Y no olvidemos que los cristianos árabes desempeñaron un papel fundamental en los primeros momentos de la aparición de todo el movimiento nacionalista árabe en Oriente Medio; de hecho, el fundador ideológico del primer partido Baaz panárabe, Michel Aflaq, era un cristiano sirio educado en la Sorbona.

 

Pero, seguramente, los cristianos de Oriente Medio habrían estado, cuando menos, predispuestos hacia Occidente desde el punto de vista religioso. ¿No podríamos haber evitado todo este conflicto? De hecho, la cristiandad quedó fragmentada como consecuencia de las herejías desde los primeros siglos de su dominio, que se convirtieron en el mismísimo vehículo de la oposición política frente al poder romano o bizantino. Lejos de unir bajo la fe, las guerras religiosas de Occidente siempre taparon luchas de poder, ya fueran étnicas, estratégicas, políticas, económicas o culturales.

 

Incluso las propias referencias a un “Oriente Medio cristiano” ocultan una inquietante animadversión. Sin el islam, los pueblos de esa región habrían permanecido igual que cuando nació el islam, con una mayoría de adeptos del cristianismo ortodoxo. Pero es fácil olvidar que una de las controversias religiosas más duraderas, virulentas y amargas de la historia fue la que se dio entre la Iglesia católica de Roma y el cristianismo ortodoxo de Bizancio, un rencor que perdura todavía hoy. Los ortodoxos nunca olvidaron ni perdonaron el saqueo de la Constantinopla cristiana por parte de los cruzados occidentales en 1204. Casi 800 años más tarde, en 1999, Juan Pablo II procuró dar algunos pequeños pasos para curar la brecha en la primera visita de un Papa al mundo ortodoxo en mil años. Fue un punto de partida, pero la fricción entre Este y Oeste en un Oriente Medio cristiano habría seguido siendo en gran medida la misma que la de hoy. Fijémonos en Grecia, por ejemplo: la causa ortodoxa ha sido una poderosa impulsora del nacionalismo en ese país, y las pasiones antioccidentales en la política griega hace tan sólo una década reflejaban la misma desconfianza y las mismas virulentas opiniones sobre Occidente que las que emiten muchos líderes islamitas en la actualidad.

 

La cultura de la Iglesia ortodoxa difiere netamente del espíritu occidental del periodo posterior a la Ilustración, que propugna la secularidad, el capitalismo y la primacía del individuo. Todavía mantiene temores que recuerdan en muchos aspectos las actuales inseguridades islámicas: un miedo al proselitismo misionero occidental; una tendencia a percibir la religión como vehículo clave para la protección y preservación de sus propias comunidades y cultura, y una desconfianza respecto al carácter “corrupto” e imperialista de Occidente. De hecho, en un Oriente Medio ortodoxo, Moscú disfrutaría de una especial influencia, incluso hoy, como el último importante bastión del cristianismo oriental. El mundo ortodoxo habría seguido siendo un ruedo geopolítico clave de la rivalidad entre el Este y el Oeste en la guerra fría. Después de todo, Samuel Huntington incluyó al mundo ortodoxo entre las varias civilizaciones enfrascadas en un choque cultural con Occidente.

 

Hoy en día, los iraquíes no verían con mejores ojos la ocupación estadounidense de Irak si fueran cristianos. Estados Unidos no derrocó a Sadam Husein –nacionalista a ultranza y líder secular– porque fuera musulmán. Otros pueblos árabes habrían seguido apoyando a los iraquíes. En ningún lugar la gente da la bienvenida a la ocupación extranjera ni admite la matanza de los ciudadanos a manos de tropas foráneas. De hecho, los grupos amenazados por esas fuerzas siempre tratan de encontrar ideologías adecuadas para justificar y glorificar su lucha por la resistencia. La religión es una de ellas.

 

Éste es, pues, el retrato de un supuesto mundo sin islam: un Oriente Medio dominado por el cristianismo ortodoxo, una Iglesia que, histórica y psicológicamente, desconfía de Occidente, e incluso es hostil hacia él. Aunque dividido por grandes diferencias étnicas e incluso sectarias, posee un feroz sentido de conciencia histórica y de agravio contra el Oeste. Ha sido invadido en repetidas ocasiones por los ejércitos imperialistas occidentales; sus recursos requisados; ha visto sus fronteras redefinidas por orden de Occidente de acuerdo con sus diversos intereses, y en él se han establecido regímenes que obedecen los dictados occidentales. Palestina seguiría ardiendo. Irán sería aún profundamente nacionalista. Los palestinos seguirían resistiéndose a los judíos, los chechenos a los rusos, los iraníes a los británicos y a los estadounidenses, los habitantes de Cachemira a los indios, los tamiles a los cingaleses en Sri Lanka, y los uigures y los tibetanos a los chinos. Oriente Medio seguiría teniendo un glorioso modelo histórico, el gran Imperio Bizantino, con el que identificarse como símbolo cultural y religioso. En muchos aspectos, perpetuaría una división entre Oriente y Occidente. No es un panorama pacífico y consolador.

  Bajo el estandarte del profeta

Por supuesto, es absurdo sostener que la existencia del islam no ha tenido repercusión en Oriente Medio o en las relaciones entre Oriente y Occidente. Ha sido una fuerza unificadora de primer orden en una vasta región. Como credo universal global, ha creado una amplia civilización que comparte muchos principios comunes de filosofía, arte y sociedad; una visión de la vida moral; un sentido de justicia, jurisprudencia y buen gobierno, todo ello en una elevada cultura de raíces profundas. Como fuerza cultural y moral, esa fe ha contribuido a salvar las diferencias étnicas entre los diversos pueblos, animándoles a sentirse parte de un proyecto de civilización islámica más amplia. Todo eso por sí solo le proporciona un gran peso. También influyó en la geografía política: si no hubiera existido el islam, los países musulmanes del sur y el sureste asiáticos, en especial Pakistán, Bangladesh, Malasia e Indonesia, habrían hundido sus raíces en el mundo hindú.

 

La civilización islámica ofreció un ideal común al que todos los seguidores de Mahoma podían apelar en nombre de la resistencia contra la invasión occidental. Aunque ese recurso no sirviese para detener la oleada imperial occidental, creó una memoria cultural de un destino compartido que no desapareció. Los europeos fueron capaces de dividir y conquistar numerosos pueblos africanos, asiáticos y latinoamericanos, que fueron cayendo uno a uno ante el poder occidental. Fue difícil lograr una resistencia unida transnacional entre esos pueblos ante la falta de algún símbolo étnico o cultural común.

 

En un mundo sin islam, al imperialismo europeo le habría costado mucho menos dividir, conquistar y dominar Oriente Medio y Asia. No habría subsistido una memoria compartida de humillación y derrota en toda una vasta región. Ésa es una razón clave por la que Estados Unidos está ahora dándose contra la pared en el mundo islámico. En la actualidad, las comunicaciones globales y las imágenes vía satélite compartidas han creado una fuerte conciencia de la identidad entre los musulmanes y un sentido de asedio imperial occidental más amplio contra una cultura común. Ese acoso no tiene nada que ver con la modernidad, sino con el incesante afán occidental de dominación del espacio estratégico, los recursos e incluso la cultura del mundo islámico, la idea impulsora de crear un Oriente Medio proestadounidense. Por desgracia, Estados Unidos supone ingenuamente que el islam es todo lo que se interpone entre él y el premio.

 

Pero, ¿qué pasa con el terrorismo, la cuestión más urgente que, hoy en día, Occidente relaciona de manera más inmediata con el islam? ¿Habría habido un 11-S sin islam? Si las quejas de Oriente Medio, que tienen su origen en años de ira política y emocional hacia las políticas y acciones de Estados Unidos, hubieran estado envueltas en un estandarte diferente, ¿las cosas habrían sido infinitamente diferentes? De nuevo, es importante recordar lo fácil que es invocar la religión incluso cuando otras ofensas que vienen de antiguo son las que tienen la culpa. El 11-S no fue el principio de la historia. Para los pilotos suicidas de Al Qaeda, el islam funcionó como una lupa al sol que recogió esas humillaciones compartidas generalizadas y las fusionó en un rayo intenso, un momento de claridad de acción contra el invasor extranjero.

 

A Occidente le falla la memoria en su enfoque del terrorismo en nombre del islam. Las guerrillas judías utilizaron el terrorismo contra los británicos en Palestina. Los tigres tamiles hindúes de Sri Lanka inventaron el arte del cinturón explosivo y, durante más de una década lideraron el mundo en la comisión de atentados suicidas, incluyendo el asesinato del primer ministro indio Rajiv Gandhi. Los terroristas griegos perpetraron asesinatos contra funcionarios estadounidenses en Atenas. El terrorismo sij acabó con la vida de Indira Gandhi, causó estragos en la India, estableció una base en Canadá y derribó un vuelo de Air India en el Atlántico. Los terroristas macedonios tenían atemorizados a los Balcanes en general en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Los anarquistas europeos y norteamericanos fueron los responsables de numerosos asesinatos a finales del siglo XIX y principios del XX, sembrando el pánico. El IRA desplegó un terrorismo brutalmente certero contra los ingleses durante décadas, al igual que hicieron las guerrillas y los comunistas en Vietnam contra los estadounidenses, los comunistas malayos contra los soldados británicos en los cincuenta, o el grupo MauMau contra las autoridades británicas en Kenia; y la lista continúa. No hace falta que haya un musulmán para que se cometan actos terroristas.

 

La historia reciente no parece muy diferente. Según Europol, en el 2006 se produjeron 498 atentados terroristas en la Unión Europea. De ellos, 424 fueron perpetrados por organizaciones separatistas, 55 por extremistas de izquierda, y 18 por otros grupos terroristas. Sólo uno fue llevado a cabo por islamitas. A decir verdad, se dieron una serie de intentos frustrados en una comunidad musulmana sumamente vigilada. Pero esas cifras revelan la amplia variedad ideológica de los potenciales terroristas en el mundo.

 

Entonces, ¿es tan difícil imaginar que los árabes (cristianos o musulmanes), enfurecidos contra Israel o irritados por los constantes derrocamientos, intervenciones e invasiones del imperialismo, recurrirían a actos terroristas y guerras de guerrillas similares? En realidad, la pregunta debería ser: ¿por qué no ocurrió antes? Dado que los grupos radicales expresan sus agravios en nuestra era globalizada, ¿por qué no cabría esperar que llevaran su lucha al corazón de Occidente?

 

Si el islam odia la modernidad, ¿por qué esperó hasta el 11-S para lanzar su ataque? ¿Y por qué pensadores islámicos claves hablaron a principios del siglo XX de la necesidad de abrazar la modernidad aunque protegiendo la cultura islámica? La causa de Osama Bin Laden en sus primeros tiempos no era en absoluto la modernidad; hablaba de Palestina, de soldados estadounidenses en suelo de Arabia Saudí, de gobernantes de Riad bajo control estadounidense y de “cruzados” modernos. Resulta sorprendente que el primer gran desbordamiento de la furia musulmana en suelo de Estados Unidos no se produjera hasta el 2001, como reacción a acontecimientos históricos, así como a una acumulación de sucesos recientes y a las políticas estadounidenses. Si no hubiera ocurrido el 11-S, algún suceso similar estaba destinado a sobrevenir.

 

E incluso si el islam no hubiera existido nunca como vehículo de resistencia, el marxismo sí. Es una ideología que ha generado incontables terroristas, guerrillas y movimientos de liberación nacional. Han bebido de él el grupo vasco ETA, las FARC de Colombia, Sendero Luminoso en el Perú y la Fracción del Ejército Rojo (RAF) en Europa, por nombrar sólo unos cuantos ejemplos en Occidente. George Habash, el fundador del Frente Popular para la Liberación de Palestina, era un griego ortodoxo cristiano y marxista que estudió en la Universidad Americana de Beirut. En una época en la que el embravecido nacionalismo árabe flirteaba con el marxismo violento, muchos palestinos cristianos prestaron su apoyo a Habash.

 

Los pueblos que resisten a los opresores extranjeros buscan estandartes para propagar y glorificar la causa de su batalla. La lucha internacional de clases por la justicia ofrece un buen punto de cohesión. El nacionalismo es incluso más útil. Pero la religión es el mejor de todos, al apelar a los más altos poderes en la persecución de su objetivo. Y la fe, en todas partes, puede seguir sirviendo para reforzar la identidad étnica y el nacionalismo precisamente porque los transciende, en especial cuando el enemigo profesa un credo diferente. En esos casos, la religión deja de ser la fuente del choque y la confrontación y es más bien su vehículo. La bandera del momento puede desaparecer, pero los agravios persisten.

 

Vivimos en una era en la que el terrorismo suele ser el instrumento elegido por los débiles. Ya traba el poder del ejército estadounidense en Irak, Afganistán y otros lugares. Y, de este modo, en muchas sociedades no musulmanas, han llamado a Bin Laden el “nuevo Che Guevara”. Es nada menos que la llamada de la resistencia contra el poder norteamericano dominante, el contraataque de los débiles, un llamamiento que transciende el islam o la cultura de Oriente Medio.

  Más de lo mismo

Pero la pregunta sigue abierta. ¿Sería el mundo más pacífico si no existiera el islam? Ante estas tensiones entre Oriente y Occidente, la fe musulmana añade un elemento emotivo más, una capa más de dificultades para encontrar soluciones; no es la causa de esos problemas. Puede parecer sofisticado buscar pasajes en el Corán que de alguna manera expliquen “por qué nos odian”. Pero eso pasa por alto la naturaleza del fenómeno. Qué cómodo es identificar esa religión como la fuente del problema; sin duda, resulta más fácil que explorar el impacto de la enorme huella global de la única superpotencia del planeta.

 

Un mundo sin islam seguiría asistiendo a la mayoría de las duraderas rivalidades sangrientas cuyas guerras y tribulaciones dominan el tablero geopolítico. Si no fuera la religión, todos estos grupos habrían encontrado algún otro estandarte bajo el cual expresar el nacionalismo y el afán de independencia. Con toda seguridad, la historia no habría seguido el mismo camino. Pero, en el fondo, el conflicto entre Oriente y Occidente sigue girando en torno a las grandes cuestiones históricas y geopolíticas de la historia de la humanidad: identidad étnica, nacionalismo, ambición, codicia, recursos, líderes locales, territorio, ganancias económicas, poder, intervenciones y odio hacia los extranjeros, los invasores y los imperialistas. Ante cuestiones tan eternas como éstas, ¿cómo podría no invocarse el poder de la fe?

 

No hay que olvidar tampoco que los mayores horrores del siglo XX procedieron casi de manera exclusiva de regímenes seculares: Leopoldo II de Bélgica en Congo, Hitler, Mussolini, Lenin y Stalin, Mao y Pol Pot. Fueron los europeos quienes reeditaron sus guerras mundiales dos veces, dos conflictos globales devastadores sin paralelo en la historia islámica. En nuestros días, algunos pueden desear un mundo sin islam en el que se supone que estos problemas nunca habrían surgido. Pero, en realidad, los conflictos, las rivalidades y las crisis de ese “otro mundo”podrían no ser tan diferentes a las que conocemos hoy.

Graham Fuller*  *Ex vicepresidente del Consejo de Inteligencia Nacional de la CIA encargado de previsiones estratégicas, es profesor de Historia en la Universidad Simon Fraser de Vancouver (Canadá) y autor de numerosos libros sobre Oriente Medio.

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