La historia que no fue

El pez en el tanque de agua

Edición de Agosto 2009

Sorprendentemente quinto en la actual Encuesta del Poder, Mario Vargas Llosa quizá podría estar hoy en la misma ubicación de haber cambiado la historia de su vida en un momento clave: si hubiera ganado las elecciones presidenciales de 1990

 

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Por Roberto Castro y Serapio Cazana

 

Es la noche del 21 de agosto del 2007, y la Plaza San Martín está llena de bote a bote. La convocatoria hecha por el gobierno del presidente Alejandro Toledo ha surtido efecto: el Perú ha salido a las calles a recibir a su más laureado escritor y ex presidente. Sí: Mario Vargas Llosa ha vuelto al país luego de su exilio, y el pueblo, aquel que lo despidió en julio de 1995 con poco menos de 30% de aprobación, parece haberse reconciliado con el personaje que dejó al Perú encaminado hacia el crecimiento que hoy permite a los economistas ensayar metáforas en torno al “jaguar del Pacífico”, aunque también sumido en una guerra interna que sólo pudo resolverse luego de que él se marchara a Europa forzado por las circunstancias.

 

Uno

El multitudinario mitin, sólo comparable con el que exactamente 20 años antes Vargas Llosa encabezó en contra de la estatización de la banca, llegó al clímax cuando el ex presidente citó un pasaje de El Aleph, de Jorge Luis Borges, uno de sus relatos preferidos: “Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias”. Quiso así el escritor decir que su alejamiento del Perú obedeció al riesgo de ser perseguido por el gobierno de su sucesor, Alberto Fujimori, quien desde el Senado fue trocando su rol de inicial aliado por el de tenaz opositor hasta el punto de ser vinculado con el intento de golpe de Estado que, pocos meses antes del fin del mandato de Vargas Llosa, encabezó el general Nicolás de Bari Hermoza Ríos.

El argumento, como se recuerda, fue que el gobierno del novelista se había concentrado demasiado en acometer reformas económicas sin haber solucionado el gran problema que asolaba al Perú: la lucha contra el terrorismo, que para finales de 1994 seguía vigente a pesar de que sus principales cabecillas, Abimael Guzmán y Víctor Polay, ya habían sido capturados por sendas operaciones impecables a cargo del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) del Ejército.

Se dice –en la vida real, no en la ucronía precedente– que hubo una cuestión de forma y otra de fondo que resultaron determinantes para la derrota de Mario Vargas Llosa. La primera, relacionada con el vínculo establecido por el Movimiento Libertad con Acción Popular (AP) y el Partido Popular Cristiano (PPC). Cuando en junio de 1989 las riñas entre ambos grupos por copar la candidatura del Frente Democrático a la alcaldía de Lima –finalmente decantadas hacia AP, con la postulación de Juan Incháustegui– llegaron a su punto más álgido, el novelista renunció a su candidatura presidencial, y sus simpatizantes promovieron la opción de que postulara únicamente por Libertad. Pero luego dio marcha atrás y continuó a la cabeza del Fredemo.

“El problema es que al estatismo se debía responder con la libertad, como se hizo, pero no se abordó suficientemente el problema de la inclusión. No se trabajó seriamente el tema de las reformas, de la democracia social de sufragio. Eso se habría evidenciado en el gobierno posterior”, reconoce Antonino Espinosa, fundador, dirigente e ideólogo del PPC, para quien su partido y AP estaban disociados de Libertad. De hecho, para algunos analistas, en aquel momento Vargas Llosa cometió su primer pecado capital: dar una señal al electorado indeciso –ése que comenzaba a renegar de la política convencional, tan bien capitalizado por el fujimorismo en los noventa– de que necesitaba de los partidos tradicionales para tener éxito en las urnas.

El otro tema, el de fondo, tiene que ver con la consabida “honestidad brutal” del escritor al anunciar las medidas de shock económico necesarias para sacar al Perú de la estanflación en que lo había sumido el primer gobierno de Alan García. “Se perdió la elección porque no se estuvo preparado para la transparencia, para la verdad sin anestesia. Pienso que si Vargas Llosa hubiese sido elegido habría seguido convencido de esa ética”, opina Amanda Gallegos, actual gerente adjunta de Incasur y miembro del Comité Ejecutivo de las Juventudes de Acción Popular en las provincias del Sur Andino durante la campaña de 1990. En vista de lo anterior, es factible suponer a un Vargas Llosa postulando sólo con el símbolo de Libertad, pero ciertamente no es realista imaginarlo proclive a la mentirijilla política y al verbo fácil. Aun cuando ese empeño explícito por acometer –inevitables- reformas le pasaría inevitablemente una factura política de salir elegido, ya que con certeza no habría tenido mayoría parlamentaria absoluta.

Dada esa combinación de variables, el escenario más plausible para un Vargas Llosa triunfador en las elecciones de 1990 sería uno en el que, a partir de su divorcio explícito con la “partidocracia tradicional” y sin renunciar a sus convicciones reformistas, el escritor hubiera conseguido situarse “más hacia el centro” (o “menos hacia la derecha”, si se quiere) en el imaginario del elector. Y quizá en ese caso, la irrupción sorprendente de Alberto Fujimori como rival de segunda vuelta podría hasta haberle convenido.

 

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Acompañado del presidente Toledo y sus ministros, Vargas Llosa fue escoltado hacia Palacio de Gobierno, donde se le rendiría un homenaje. El Salón Dorado le fue especialmente acondicionado para la presentación de su última novela autobiográfica: El pez en el tanque de agua, título colocado a propósito del escondrijo que el novelista tuviera que emplear de modo precautorio durante algunas horas luego de que el gobierno de Fujimori hubiera roto el orden constitucional en 1997, con el cierre del Congreso de la República y la toma de los principales medios de comunicación.

En la obra, el escritor narra con lujo de detalles cómo consiguió eludir los cercos policiales –se sabe ahora, dispuestos por el ex asesor presidencial Vladimiro Montesinos– hasta lograr, en la maletera de una camioneta, llegar a refugiarse en Punta Sal, no en la casa de su amigo Freddy Cooper, como suponía el Servicio de Inteligencia, sino en la de la familia Gerbolini. También revela, por primera vez, que fue la intercesión del fallecido cardenal Augusto Vargas Alzamora la clave para que la Misión de la OEA encargada de observar la situación del país le permitiera negociar con el fujimorismo su salida del país vía Ecuador. Vargas Llosa confiesa haberlo aceptado a sabiendas del costo político que ello le acarrearía en términos de imagen, debido a los amagos de conflicto que sobre el final de su gobierno debió sostener con el país del norte por la ocupación de territorios en la zona de Tiwinza, los cuales él apostó por solucionar sin el uso de las armas, postura que le costó acusaciones de pusilanimidad por parte de la campaña electoral –triunfal de Fujimori en 1995.

Era casi imposible que en un escenario como el de 1990, Vargas Llosa lograra imponerse en primera vuelta. Con la izquierda fraccionada, si el candidato opositor al novelista hubiera sido Luis Alva Castro –quien, con todo, era por entonces una figura simultáneamente fuerte en el aprismo y a la vez alejada de Alan García, con quien había sostenido fuertes desavenencias–, la derrota del escritor también habría sido el desenlace más lógico, ya que jamás habría conseguido estar “más hacia el centro” que el candidato de la estrella.

Si, en cambio, hubiera aparecido –como apareció– un outsider del corte de Alberto Fujimori, es posible admitir la opción de que Vargas Llosa hubiera podido, bajo la bandera independiente de Libertad, trazarle batalla en el marco de la “moda antipolítica” que comenzaba a seguirse en el Perú luego del gobierno del Apra. Incluso, según analizaba Augusto Álvarez Rodrich en Perú Económico en junio de 1990 (volumen XIII, Nº 6), un gobierno del Fredemo con una alianza con Cambio 90 era el escenario potencialmente más estable para la economía de cara a la segunda vuelta: “La estabilización económica sería lograda con un programa de ajuste ortodoxo durante el primer año de gobierno El programa podría no desviarse de las ideas del plan de gobierno del Fredemo pero podría, también, incorporar algunos elementos heterodoxos a la Collor de Mello para aminorar los costos del ajuste”, se señalaba.


Igual, como se sabe, Fujimori acometió las reformas a las que manifestó estar opuesto. Y para Roberto Abusada, director del Instituto Peruano de Economía, ello hace suponer que muy poco habría cambiado en materia económica con un triunfo electoral de Vargas Llosa. “El Fredemo preparó el programa y Fujimori lo aplicó a la letra, excepto en el control de la inflación: hizo un ancla monetaria antes que cambiaria”, explica el economista. “Independientemente de los actores políticos el resultado habría sido el mismo. Y también los ejecutores habrían tenido los mismos nombres y apellidos”, añade Mirko Lauer, columnista del diario La República.

Así, las diferencias sustanciales entre 1990 y 1995 podrían haber venido dadas por las reacciones políticas a las medidas. Abusada cree que Vargas Llosa hizo labor de docencia con su discurso sincero y contribuyó a que el pueblo acabe aceptando luego con mayor facilidad las reformas, como ocurrió. Espinosa piensa que la fragmentación social existente podría haber desencadenado protestas violentas contra las reformas que habrían puesto al país en serio riesgo de una dictadura militar, mientras que Lauer cree que el modelo sí habría sido aceptado por el pueblo –por una moda regional post-Consenso de Washington– y que más bien Vargas Llosa, ante la necesidad de tener mejor control de la situación, habría terminado cediendo el manejo político del gobierno a AP y el PPC. “Así como Fujimori cerró el Congreso, él le habría cerrado puertas a Libertad”, anota el analista.

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Tres

El pez en el tanque de agua describe también las sucesivas reuniones que Vargas Llosa sostuvo en Europa a fin de coadyuvar a restablecer el orden constitucional en el Perú, aun cuando a la par la popularidad de Fujimori alcanzaba picos luego de la victoria definitiva sobre el terrorismo, lograda en 1998 con la capitulación de Abimael Guzmán desde prisión y la resolución de la crisis de los rehenes del MRTA en la residencia del embajador de Japón en Lima. No obstante, analiza el escritor en el libro, la crisis económica mundial de finales de los noventa impactó tanto sobre el Perú que Fujimori optó por no procurar una modificatoria constitucional que le permitiera aspirar a una reelección que difícilmente lograría, dada la crisis económica generada por los “efectos contagio” de las crisis china y rusa.

Reconoce también Vargas Llosa que Fujimori fue hábil en elegir como paladín al ex presidente regional de Huancavelica Federico Salas-Guevara, a fin de forzar la continuidad de su proyecto autoritario más allá del 2000, cosa que consiguió en las urnas luego de la conformación de un Congreso Constituyente. Pero no contaría con que Vladimiro Montesinos optaría por tomar mayor protagonismo en ese nuevo gobierno y ello acabaría despertando el recelo de las bases fujimoristas, lo que desencadenó la llamada “ruptura triple” del 2004, que acabó con acusaciones de corrupción de parte del presidente Salas-Guevara hacia Fujimori y Montesinos –a juicio de la obra, a fin de deslindar responsabilidades antes de que la situación lo implicara–. Y mientras ambos personajes fugaban a Japón y Venezuela, respectivamente, revela el escritor que él se reunía en Francia con otro exiliado: Alan García, su ex adversario político, con el que tuvo un acercamiento a partir de su crítica común a la ruptura del orden constitucional hecha por Fujimori. Sin embargo, ratifica en el texto que –como es visible– para la campaña del 2005 siempre apoyó al vencedor Toledo por encima del candidato de la estrella, de quien más bien cree no estará tranquilo hasta tentar su regreso a Palacio en el 2010.

Finalmente, es imposible sustraer el análisis de un posible gobierno de Vargas Llosa en el primer lustro de los noventa de su política antiterrorista. Los analistas consultados coinciden en que Vargas Llosa habría buscado soluciones más sofisticadas que las aplicadas por Fujimori –que, se sobreentiende, habrían impedido la ocurrencia de casos tipo La Cantuta o Barrios Altos–, lo cual en un primer momento podría haber vuelto más lenta la resolución del conflicto interno. Sin perjuicio de ello, la captura de los principales líderes terroristas muy probablemente se habría producido igual, ya que ella fue procurada por el GEIN, que funcionaba de modo independiente del gobierno, tal como se ha señalado hasta la saciedad en los últimos años.

 

La gran pregunta que subyace es hasta dónde podría haber avanzado el terrorismo hasta 1995. Quizá igualmente sin sus líderes en libertad, pero sin cierre de Parlamento ni intervención de Poder Judicial de por medio, o sin jueces sin rostro ni tomas violentas de penales. En ese punto, surge la principal inquietud que esta historia que nunca ocurrió le deja al país: si habría pesado más para determinar al siguiente gobierno la mejora económica que inevitablemente se habría alcanzado vía reformas y en una fase de auge del ciclo o, más bien, una situación de inestabilidad incontrolable que habría reforzado las demandas por medidas radicales.

 

Colofón

Acabada la parafernalia, a Vargas Llosa le quedaron energías para ir a la televisión y aceptar la invitación de Jaime Bayly, quien lo recibió en su programa El Francotirador con una frase luego de hojear el nuevo libro: “Como escribí en un foro de Univisión en Internet, fuiste un magnífico presidente, desde luego. Pero habría preferido que los peruanos no quisieran perder a su más ilustre escritor y por eso se hubieran resignado a votar a regañadientes por el japonés felón”. El novelista sonrió y dijo que a partir de ahora, está seguro, solamente se quiere dedicar a seguir escribiendo desde el malecón de Barranco que lleva su nombre.

 

 

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