El debate sobre la evolución de las especies no está agotado: más bien se centra en torno de un proceso que sigue en marcha
Por Serapio Cazana
“Hallan el eslabón perdido” o “el ateísmo está de moda” son solamente algunos de los titulares que en los últimos meses aparecieron en varios medios informativos del mundo. Ello indica que el debate sobre la evolución humana se ha profundizado, aunque esta vez ya no tanto entre evolucionistas y creacionistas, sino entre los mismos defensores de la evolución.
La ciencia oficial daba por sentado que la evolución del hombre se detuvo hace 50,000 años, de modo que el hombre actual sería igual al de hace 10,000 años y del que vivirá en el año 3000. Se creía que el confort de la civilización había hecho que la evolución biológica tenga un freno repentino. El año pasado el prestigioso científico británico, el profesor Steve Jones de la Universidad de Londres afirmaba que las condiciones para que la evolución humana continúe no estaban dadas. De ese modo, en el futuro la especie no sería ni más sana, ni más inteligente ni más fuerte.
Sin embargo, los científicos estadounidenses Gregory Cochran y Henry Harpending, ambos de la Universidad de Utah, advierten de que no se debe llegar a esas conclusiones demasiado pronto. De hecho, en su libro The 10,000 Year Explosion: How Civilization Accelerated Human Evolution aseguran que el hombre está evolucionando rápidamente. Así, en épocas tan recientes como en la Edad Media algunos grupos no solamente se habrían hecho más inteligentes sino que habrían desarrollado nuevos y ventajosos rasgos genéticos.
Los investigadores cuestionan una teoría evolutiva inexorablemente lenta durante varios milenios, y más bien afirman que si las condiciones y los organismos convergen favorablemente los pasos evolutivos se convierten en saltos. A su vez, eso daría lugar a que la variación genética se manifieste como una explosión, lo cual propiciaría la mezcla de los genes, tal como ocurrió con el neandertal en los inicios de su expansión por Europa.
Ahora bien, esos entrelazamientos no tienen una representación suficiente en el registro fósil, por lo que la ciencia oficial consideraba las variaciones genéticas como aisladas y sin efectos en la transmisión de caracteres. Pero hoy los científicos están encontrando en el registro genético de los fósiles que esos cambios repentinos se comenzaron a heredar, y que además fijaron nuevos patrones tanto en las costumbres como en la constitución biológica. La ausencia masiva del registro fósil se debería precisamente a que en un momento dado, y en pocas poblaciones, se producían grandes cambios y todos de carácter transmisible.
Lo mismo que ocurre con la domesticación de plantas y animales –que en pocos cientos de años han experimentado cambios notables– ocurre también con la genética humana. Algunos podrían argumentar, tal vez, que el cruzar perros e injertar plantas implica un proceso distinto, pero los investigadores sostienen que no hay diferencia entre la selección artificial y la natural; los genes llegan a producir los mismos cambios, sin importar qué condiciones externas las lleven a ello. Cochran y Harpending aseguran que las costumbres del hombre actual, tales como el tipo de trabajo, las formas de matrimonio o la alimentación, entre otros factores, están creando profundas transformaciones en la genética.
Para dicha conclusión se toma como ejemplo al pueblo judío. En la antigüedad éste moraba entre Europa y Asia, por lo que se benefició de una enorme variedad genética. Pero ya en la Edad Media, cuando emigró en grandes grupos a Europa, se enfatizaron las uniones matrimoniales dentro de su mismo entorno religioso y étnico; y ello, unido a las difíciles condiciones que tuvieron que afrontar, hizo que los cromosomas más útiles se fortalecieran y transmitieran. De esa forma, desarrollaron más que cualquier otra etnia las capacidades para la vida urbana que luego surgió en Europa.
Uno de los conceptos clave en la evolución en general, y no sólo humana, ha sido el de la selección natural. Así, por ejemplo, los grandes cataclismos geológicos del pasado de pronto hicieron que extensas zonas de la tierra súbitamente pasaran de ser muy calurosas a muy frías, o viceversa. Ello hacía que no sólo la disponibilidad de alimento variara, sino todas las condiciones en su conjunto. El postulado de la selección natural consistía en que sólo las especies más fuertes y más aptas sobrevivirían, mientras que las demás se extinguirían.
Como van las cosas, parece que el mejor tributo a Darwin es que el debate que comenzó hace 150 años tiene un gran futuro. La misma selección natural, columna de la teoría darwiniana, ha atravesado por muchas revisiones. Así, por ejemplo, en años recientes el científico inglés Freeman Dyson escribió que la evolución de los últimos 10,000 años no tiene que ver con la competencia sino con la colaboración, y el biólogo Jean Wahl demostró en una investigación que muchas especies evolucionan no por privilegiar al más fuerte sino por cuidar al más débil –como en el caso del hombre–.
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