A propósito de la anterior edición de Perú Económico, un prestigioso académico estadounidense ofrece un ensayo sobre lo que ha cambiado –y lo que no– en la configuración de los poderosos del país en los últimos 40 años

La encuesta anual sobre el poder en el Perú de Perú Económico (agosto 2009) indica qué individuos han aumentado su poder y quién o quiénes lo han perdido, pero no identifica o califica según su importancia los sectores y actores sociales que ejercen el poder en el país.
Hace 40 años –viví en el Perú entre 1969 y 1972 como funcionario de la Fundación Ford– estaba ampliamente difundida la creencia de que el progreso del Perú estaba siendo ahogado por una poderosa “oligarquía” terrateniente. Ese mito fue destrozado por el régimen militar de Velasco Alvarado, el cual humilló a la elite terrateniente. Durante los años setenta, el poder en el Perú fue ejercido por las Fuerzas Armadas; unas pocas e interconectadas familias del sector privado; la Iglesia Católica; los partidos políticos establecidos; los sindicatos; los medios (en especial La Prensa y El Comercio); la Embajada de Estados Unidos; y las corporaciones multinacionales. La mayoría de estos actores a su vez eran conscientes de que podrían ser desplazados por la izquierda marxista, apoyada internacionalmente por el Movimiento Comunista respaldado por la Unión Soviética y Cuba.
Cada uno de estos centros de poder ha perdido terreno considerable a lo largo de los años, pero no a favor de la izquierda. Las Fuerzas Armadas son ahora relativamente débiles, con un presupuesto reducido y, en verdad, inadecuado. Los grupos importantes del sector privado, tales como los Romero y los Brescia, no proceden de las mismas familias que dominaban hace 40 años, y ningún grupo de negocios peruano puede rivalizar con los mayores grupos de Chile, Brasil e incluso Ecuador. La Iglesia Católica tiene mucho menos poder y legitimidad del que solía tener, como lo demuestra la reciente confrontación entre el cardenal Cipriani y la Universidad Católica. Aunque algunos periodistas jugaron un rol importante en la oposición a Alberto Fujimori, los medios impresos son en general menos influyentes que hace una generación. La Prensa, que de muchas maneras influyó en definir la agenda de los años sesenta, ha desaparecido; y la influencia de El Comercio, aunque todavía considerable, se ha visto reducida. Los medios electrónicos, la TV y en especial la radio, aunque seguidos mayoritariamente, no tienen autoridad ni una postura coherente. La mayoría de los partidos políticos se ha desintegrado; los sindicatos son grupos clientelistas a los que hay que pagar para sacárselos de encima, o bien son vistos como grupos de veto –no como grupos que originan cambios–. La Embajada Norteamericana tiene un peso significativo en temas relacionados con las grandes inversiones mineras o a los esfuerzos antinarcóticos, pero no es particularmente influyente en la mayoría de los asuntos. Y la izquierda marxista nunca ganó terreno importante.
El poder en el Perú de hoy está altamente fragmentado, distribuido mucho más ampliamente en términos geográficos, socioeconómicos, institucionales y étnicos. Mucho del poder para lograr cosas en el Perú de hoy reside en la dinámica y creciente clase media de pequeños y medianos emprendedores, técnicos y burócratas, pero estos sectores no tienen un punto de vista político ni una expresión claramente definida. Alguna autoridad y recursos han emigrado a las regiones, enfocadas hacia preocupaciones cotidianas y locales, pero las regiones carecen de un Estado fuerte, y la descentralización sigue siendo principalmente un ideal por lograr, más que una realidad.
Los inversionistas extranjeros, especialmente en minería y telecomunicaciones, siguen siendo importantes, pero son vulnerables y están ansiosos por desviar o desaparecer –comprándolas– las presiones locales y laborales. Las ONG internacionales (en su mayor parte europeas) dedicadas a los Derechos Humanos, temas locales e indígenas y derechos laborales, toman ventaja del descontento local, pero tienen un peso limitado. Sendero Luminoso, aunque muy debilitado en relación con lo que era hace 20 años, todavía tiene capacidad de alterar, pero no de transformar.
La verdad es que el progreso del Perú se ve detenido no por poderosas fuerzas económicas, sociales o políticas, sino por la relativa ausencia de autoridad y legitimidad. El mayor reto del Perú hoy no es el de limitar el poder, sino el de crearlo y canalizarlo. Cualesquiera sean los nombres específicos de los individuos presentados como los más poderosos del Perú en la Encuesta del Poder, su habilidad para ayudar en la transformación del Perú dependerá sobre todo de que se construyan instituciones más efectivas, un Estado más fuerte y una mayor capacidad de producir crecimiento económico sostenible y de enfrentar con éxito las profundas y arraigadas inequidades que hay en el país. En relación con estos retos fundamentales, los individuales más influyentes en el Perú todavía no han mostrado liderazgo.
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