Ideas en retrospectiva para un nuevo orden del comercio internacional
Por Frank Trentmann*
* Profesor de Historia del Birkbeck College (Universidad de Londres) y autor del libro Free Trade Nation
LONDRES. “El laissez-faire”, declaró recientemente el presidente francés, Nicolas Sarkozy, “se terminó”. Tal vez, ¿pero deberíamos estar realmente satisfechos si tuviera razón? Si el laissez-faire desaparece, ¿qué podrá reemplazarlo como el cimiento de una sociedad abierta y global?
Ahora más que nunca, vale la pena recordar que la última gran crisis financiera no sólo inspiró el Nuevo Trato (New Deal) en Estados Unidos, sino que también hundió al mundo en una nueva era oscura de nacionalismo e imperialismo económico. El libre comercio dista de ser perfecto, pero las alternativas son peores. El proteccionismo es malo para la riqueza, malo para la democracia y malo para la paz.
Aún así, existe el peligro genuino de una nueva ola de proteccionismo. Barack Obama, apelando al henchido sentimiento proteccionista entre los estadounidenses, amenazó durante su campaña presidencial con reescribir unilateralmente el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA). En julio, la ronda de negociaciones de Doha de la Organización Mundial de Comercio se hizo trizas, en parte porque Estados Unidos se negó a reducir sus subsidios agrícolas.
El mundo está en una pendiente resbaladiza hacia el nacionalismo y la exclusión. Si un gobierno puede intervenir para rescatar a los bancos en problemas, ¿por qué no proteger también a sus empresas o agricultores en apuros?
Necesitamos un nuevo acuerdo para el comercio. Hoy se habla mucho de un “Bretton Woods II” que reestructure las finanzas globales, promueva la sustentabilidad y les ofrezca a los países en desarrollo “ayuda para el comercio”. Pero, para ser efectivo, todo nuevo acuerdo para promover el comercio debe tener en cuenta algo más que un nuevo conjunto de instituciones internacionales. Exige una reforma democrática de abajo hacia arriba.
De hecho, este requerimiento tiene sus raíces en la historia. Nos hemos acostumbrado tanto a pensar en el libre comercio como una cuestión especializada para los economistas liberales y los negociadores comerciales de trajes oscuros que olvidamos que hace un siglo el libre comercio era una idea central para muchos demócratas, radicales, activistas femeninas y, por cierto, mano de obra organizada.
En aquel entonces, Gran Bretaña estaba atravesando un momento no muy diferente del de Estados Unidos hoy: una superpotencia en relativa caída que se enfrenta a nuevos competidores y a una reacción violenta contra la globalización. A finales del siglo XIX, todas las potencias levantaron sus barreras comerciales, excepto Gran Bretaña.
La postura de Gran Bretaña encierra varias lecciones para hoy. La mayoría de los economistas acentúa la superioridad del modelo de libre comercio y apunta al poder de los grupos de presión e intereses especiales para explicar su falta de popularidad en la práctica. Como sostuvo el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, la expansión comercial inevitablemente genera algunos perdedores, cuyas protestas distraen la atención de los beneficios de la globalización.
Eso es verdad, pero es sólo la mitad de la historia, ya que ignora cómo, en momentos cruciales de la historia, el libre comercio obtuvo el respaldo de muchos ganadores.
Hace un siglo, durante una crisis anterior de la globalización, la demanda de libre comercio en Gran Bretaña inspiró un genuino movimiento masivo. No fue simplemente una causa cercana a los banqueros, a los comerciantes o al joven John Maynard Keynes. Movilizó a millones de personas. Para las mujeres, que seguían privadas de derechos, el libre comercio era una suerte de ciudadanía sustituta: el parlamento salvaguardaba sus intereses como consumidores dejando la puerta abierta a importaciones baratas. Para muchos demócratas, era una fuerza para la paz y la justicia social, que minimizaba el poder de los intereses especiales y les enseñaba a los ciudadanos sobre justicia y comprensión internacional.
No deberíamos idealizar esta etapa anterior del libre comercio. La pobreza no desapareció. Muchos británicos creían en un “Imperio del Libre Comercio”. Otros enarbolaban las banderas del antagonismo anglo-germano, caricaturizando a la proteccionista Alemania como una sociedad bárbara que sobrevivía a base de salchichas de caballo y carne de perro; Lloyd George, el futuro primer ministro, les decía a las audiencias que le tenía más miedo a la salchicha alemana que a la marina alemana.
Una razón por la que el libre comercio derrotó al proteccionismo en Gran Bretaña hace un siglo fue que sus defensores apelaron a las emociones e identidades de la gente, no sólo a su interés racional en mayor riqueza y en comida barata. Liberales y radicales organizaron espectáculos viajeros, pancartas coloridas y entretenimiento político. En las ciudades, las vidrieras de los negocios ilustraban los costos de los aranceles para los consumidores en general. En el campo, la gente miraba programas políticos hasta bien entrada la noche. Las reuniones en los lugares de playa reunían a casi 1 millón de personas en 1910. ¿Cuándo fue la última vez que usted fue a la playa y se encontró de golpe inmerso en un debate sobre aranceles?
La Primera Guerra Mundial y la década del veinte hicieron añicos cualquier creencia ingenua en el libre comercio puro. Al igual que hoy, los consumidores descubrieron que los mercados podían dejarlos indefensos, lo que derivó en pedidos de regulación. Los internacionalistas tuvieron que aceptar el simple hecho de que, por sí solo, el libre comercio no conllevaba automáticamente la paz. La globalización económica había superado a la política, creando nuevas tensiones por el petróleo y otros recursos estratégicos. Las instituciones políticas tuvieron que ponerse a tono.
Bretton Woods y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) crearon un nuevo orden después de la Segunda Guerra Mundial. En términos económicos, tuvieron un éxito considerable. Los aranceles aduaneros cayeron, aunque las barreras no arancelarias y los acuerdos preferenciales aumentaron. Pero en términos de cultura democrática, el GATT también condujo a un mayor alejamiento del comercio de la política cotidiana. Esta es la razón por la cual el libre comercio quedó tan indefenso frente a las protestas antiglobalización.
La buena noticia es que la gente no dejó de preocuparse por la ética del comercio. Por el contrario, viró hacia otros movimientos como el comercio justo y la justicia comercial. En rigor de verdad, la OMC bajo la presidencia de Pascal Lamy intentó llegar a estos grupos. Aun así, hay un largo camino por recorrer para volver a conectar un comercio más libre con la ciudadanía y la solidaridad global. La historia demuestra que hacer esto no sólo es posible sino necesario.
Copyright: Project Syndicate, 2008
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