Si la crisis económica de 1998 fue un golpe mortal para el gobierno fujimorista, ¿habría sobrevivido el régimen si aquella no se hubiera dado?
Por Héctor Collantes
Los efectos recesivos de la conjunción del Fenómeno de El Niño y la crisis financiera internacional se sintieron en el Perú hasta bien entrado el 2002. Con el súbito descenso de la producción y el empleo se vinieron corridas y quiebras bancarias que construyeron el escenario sobre el que se vivió el fin del fujimorismo. ¿Fue esta causa suficiente para explicar el colapso del régimen?
Como comentara Julio Cotler en una mesa redonda de la PUCP en el 2005, la caída del régimen de Alberto Fujimori debe entenderse dentro del contexto recesivo de 1998 al 2002. Con esta razón se llegaría a explicar parcialmente el súbito descenso de la popularidad del gobierno de Alejandro Toledo, quien recibía el final del ciclo recesivo.
Por su parte, el analista político Sinesio López cree posible que la cultura patrimonialista peruana habría sido permisiva ante los escándalos de corrupción si no se hubiera alterado el contexto de la manera en que la recesión lo había hecho. Asimismo, Martín Tanaka refirió en el libro Lecciones del final del fujimorismo que Fujimori supo sobrepasar la presión internacional (creando el observatorio permanente de la OEA), los problemas en el Congreso (consiguió mayoría) y las presiones populares (estaban dispersas y poco articuladas); todo ello, prosigue el sociólogo, se produjo dentro del curso normal de la historia, por lo que resulta probable que sin el escenario económico negativo le hubiera sido posible superar tales problemas con mayor facilidad inclusive. Así, parece que la continuidad del tercer régimen habría sido imaginable sin la recesión.
Asumir una extensión del gobierno de Fujimori resulta una aventura especulativa compleja de la que, sin embargo, algunas ideas pueden inferirse para el sector externo en términos de manejo ante crisis internacionales.
Si se parte de la premisa de que se habrían mantenido las mismas políticas económicas, probablemente la vulnerabilidad externa habría permanecido. Los altos niveles de encaje para depósitos nacionales en dólares (no se aplicaban a líneas de crédito externas) que contribuyeron a la dolarización de la banca nacional habrían vuelto más dependiente a la economía de líneas de crédito externas, al mismo tiempo que el desarrollo del mercado de capitales interno habría seguido relegado. Del mismo modo, basta con recordar el carácter procíclico del gasto fiscal de Fujimori para prever que el manejo ante otra eventual crisis externa habría rendido pálidos resultados. Asimismo, la adopción de las metas de inflación y la libre determinación del tipo de cambio son medidas que datan del 2002; si, dentro de otro gobierno de Fujimori, no se hubieran dado, la relativamente sólida posición actual y las altas reservas internacionales podrían no haberse gestado.
Distinto sería afirmar que el aparente divorcio entre la improvisación de la política y la profesionalización del manejo económico de los últimos 15 años haya seguido por la misma senda y que el nuevo –viejo– régimen haya calibrado sus políticas. Un crecimiento continuado probablemente habría cimentado más el apoyo popular hacia Fujimori, aunque las condiciones habrían apuntado a su deslegitimación. Situación que, como sugiere Tanaka, no es suficiente para determinar la caída del régimen dada la ausencia de una oposición organizada que haya representado una verdadera alternativa.
Pero existe cierto consenso entre los analistas políticos en que fue una multiplicidad de hechos la que coincidió en torno del destape de la corrupción para explicar la rápida caída de Fujimori.
John Crabtree, autor del libro El Perú de Fujimori, encuentra asidero en que la crisis económica contribuyó al fin del fujimorismo, “aunque éste no fue una función directa de aquélla”, enfatiza. Para el británico, los problemas derivados de la búsqueda de la reelección que datan desde 1995 e incluyen los tortuosos arreglos constitucionales de 1996 (recuérdese la “Ley de Interpretación Auténtica”) explican mejor la salida de Fujimori.
Del mismo modo, la mayoría de las explicaciones realizadas sobre el final del fujimorismo reconoce que la crisis económica había deteriorado la imagen de Fujimori, pero no le otorga un rol protagónico entre los sucesos del 2000. Así, si se asume que el desgaste de la figura presidencial era inevitable considerando que los réditos de la pacificación y del final de la inflación estaban cada vez más lejos, los otros factores que alimentan las explicaciones actuales podrían aplicarse a una realidad sin crisis de 1998. Las contradicciones internas de un régimen autoritario que devino en mafioso y su ruptura con tradicionales grupos de apoyo como los militares podrían haber seguido su curso. Del mismo modo, podría haberse repetido el trasfondo de la imagen de un asesor cuyo comportamiento se volvía inconveniente en medio de actores políticos que ganaban más fuerza.
En conjunto, todos los anteriores habrían seguido siendo fuertes factores para impedir que un tercer gobierno fujimorista durara demasiado.
Resulta ilustrativo que el sociólogo Romeo Grompone se preguntara en la misma mesa redonda del 2005 qué hubiera pasado en un contexto internacional de crisis económica con un gobernante como Toledo. De hecho, es sabido que un mal entorno económico potencialmente explica la salida de muchos gobiernos en la historia del Perú. Pero la situación es diferente hoy, empezando con que la crisis financiera es otra, el Fenómeno de El Niño no está presente en esta oportunidad deteriorando el aparato productivo de antemano y la situación fiscal y monetaria está en equilibrio.
Pero si las comparaciones fueran posibles, llama la atención que un escándalo de corrupción como el que vive hoy el gobierno de Alan García no haya tenido mayor repercusión. Quizá pase porque no resulte lo mismo revelar las redes de corrupción de un personaje sobre el que se tejían sospechas y que estaba muy ligado a la imagen presidencial como Montesinos, que hacerlo sobre León o Químper quienes, en comparación, no califican más allá de funcionarios periféricos.
Para López, el escándalo en el Perú no ha impactado tanto como si se hubiera estado en una crisis económica localmente tan fuerte como la de hace una década. “Aunque todavía no podemos cantar victoria, porque puede acabar siendo más grave”, sentencia el catedrático.
Cabría preguntarse, entonces, si el Perú de hoy podría resistir un escándalo de corrupción en medio de una crisis económica de similar magnitud a la de 1998. Los años de estabilidad y crecimiento económico parecen no haber contribuido a cerrar ese déficit institucional peruano que declarara Crabtree. Quién sabe, a lo mejor, la fortuna no obliga al país a responder aquella pregunta en esta oportunidad.
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