¿Cuán sostenible será la producción petrolera cuando se recupere la economía global?
Por Augusto Townsend K.
Los defensores de la teoría del “peak oil” (aquella que señala que el mundo ha alcanzado o estaría cerca de su máximo nivel posible de producción petrolera) se sintieron reivindicados cuando el barril de crudo llegó a US$147 en julio de este año (frente a los US$11 que cotizaba hace 10 años). Desde su óptica, ello no era más que la constatación de la estrechez entre la oferta y la demanda y el preludio de una nueva era bautizada como “the end of cheap oil” (el final del petróleo barato). Por aquel entonces, el banco de inversión estadounidense Goldman Sachs y el presidente venezolano, Hugo Chávez, vaticinaban con inesperada concordancia que el barril llegaría a los US$200 en los próximos dos años.
Pero la semana anterior al cierre de la presente edición, el barril cayó por debajo de los US$50, en el marco de una tendencia a la baja impulsada por los síntomas de recesión en la economía global. Quienes ahora se sienten reivindicados son los que decían que esa frenética escalada en el precio vista en la primera parte del año era el resultado de la actividad especulativa y de la enorme liquidez en los mercados globales.
Independientemente de quién haya acertado en el diagnóstico, lo cierto es que la actual crisis ya exhibe ganadores y perdedores por causa de su impacto en el mercado petrolero. El principal beneficiado posiblemente sea el consumidor de aquellas economías aún adictas al crudo (Estados Unidos, claramente), o quizá el contribuyente de aquellos países que subsidian fuertemente los combustibles. Los perjudicados, en tanto, son los gobiernos de los países exportadores netos de petróleo y sus arcas fiscales, que venían sirviéndose de la mayor transferencia de riqueza jamás vista en la historia de la humanidad.
Para muchos la reducción en la demanda de petróleo ocasionada por la crisis es una buena noticia, pues no sólo le resta presión a los precios sino que también resulta conveniente desde una perspectiva medioambiental (aunque la crisis en sí haya opacado notoriamente el debate público en torno al cambio climático). Pero como aseguraron al unísono los mandatarios presentes en la última cita del APEC en Lima, todas las crisis son pasajeras y ésta no será la excepción.
Por tanto, si la oferta de crudo ya venía teniendo problemas para cubrir el incremento de la demanda mundial, ¿habrá suficiente producción disponible para cuando la economía global se recupere, o acaso volverá a asomarse un escenario de precios exorbitantes? En buena cuenta, ¿quién invertirá ahora en nuevos yacimientos petroleros con un precio de US$50 el barril?
La Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), el think tank energético de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), acaba de publicar la edición anual de su World Energy Outlook, la cual realmente invita a la preocupación. Según la IEA, en un escenario referencial que asume cero cambios en las políticas públicas, la demanda mundial de petróleo crecerá 1 por ciento anual en promedio entre el 2006 y el 2030. Esa cifra puede parecer no tan elevada, pero considérese que si la demanda pasa de 85 millones de barriles de petróleo por día (bpd) en el 2007 a 106 millones de bpd en el 2030, se tendría que añadir una capacidad equivalente a seis veces la actual producción de Arabia Saudita, el principal referente del mercado petrolero global.
La consecuencia de lo anterior es que se tendría que invertir cerca de US$360,000 millones anuales para acompañar ese crecimiento en la demanda. El reporte, que analiza el comportamiento de los 800 campos petroleros más grandes del mundo, ha sido claro en señalar que “el riesgo inmediato en términos de oferta no es una escasez de recursos a nivel global, sino una escasez de inversión donde se necesita”. La premisa de la cual parte es que el declive natural en la producción mundial es de 9.1 por ciento anual, y aun cuando se hicieren las inversiones necesarias, este indicador sólo caería a 6.4 por ciento.
El secretario general de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Abdullah al-Badri, no dudó en calificar de inmediato el reporte como “alarmista”. Según declaró, las reservas de la OPEP son suficientes para sustentar el crecimiento de la demanda. De hecho, la propia IEA refiere que la participación de la OPEP en la producción mundial aumentará de 44 por ciento en el 2007 a 51 por ciento en el 2030. Sin embargo, la OPEP ha sido varias veces cuestionada por exagerar el cálculo de sus reservas por motivos políticos (y, por ende, obstaculizar el desarrollo de fuentes energéticas alternativas), de acuerdo con el diario británico The Times.
Y aun cuando las inversiones petroleras han venido aumentando en los últimos años, la IEA menciona que esto es un reflejo del encarecimiento de los costos y no de una intensificación de los trabajos de exploración y desarrollo. De hecho, las empresas privadas tienen cada vez menos control sobre los grandes yacimientos de fácil explotación, debido a la corriente nacionalista que los ha puesto en manos de las empresas estatales. Por consiguiente, mientras que las primeras han tenido que volcarse hacia los proyectos más costosos y difíciles de desarrollar, no hay certeza de que las estatales –que según la IEA deberían justificar el 80 por ciento del crecimiento de la producción de aquí al 2030– estén dispuestas a invertir ellas mismas o a atraer el capital suficiente para mantener el ritmo de las inversiones, en palabras de Nobuo Tanaka, director ejecutivo de la IEA.
El Financial Times recogió hace algunos días unas declaraciones de Fu Changyu, principal ejecutivo de China National Offshore Oil Company (CNOOC), sobre una reunión de las cabezas de las petroleras estatales que se habría dado a finales de octubre en Pekín. Según Fu, el ambiente de la reunión era de “pánico”, pues los ejecutivos anticipaban que el barril caería a US$40. Aun cuando no identificó a los involucrados, Fu refirió que incluso si el precio se mantenía en US$50 o US$55, un 60 por ciento de los proyectos ya presupuestados por las estatales para los siguientes dos años se suspendería. En el caso de los proyectos de exploración offshore de horizontes profundos (como los megayacimientos descubiertos por la semiestatal Petrobras frente a las costas de Brasil), el umbral mínimo a partir del cual se harían rentables sería de entre US$60 y US$90.
¿Volverán los precios a estar cerca de los US$100? Lawrence Eagles, quien encabeza la división de investigación de commodities de JP Morgan Chase, dijo hace algunos días que el precio del barril caería a US$35 si la OPEP no implementa pronto un recorte significativo en su producción. De hecho, ésta ha adelantado su reunión de diciembre para el 29 de noviembre (posiblemente ya haya ocurrido ésta cuando usted lea esta publicación) con la previsible finalidad de aprobar un nuevo recorte de entre 1 y 1.5 millones de bpd (en octubre ya había aprobado un reducción previa de esta magnitud).
Pero más allá de lo que haga el cártel, los actuales temores recesivos parecieran haber infundido demasiado pesimismo en los mercados internacionales incluido el del petróleo, al punto que su precio estaría por debajo de lo que sugerirían sus fundamentos. Prueba de ello es que la tendencia a la baja de las últimas semanas se mantuvo inmutable aun cuando paralelamente se anunciaban secuestros de buques cargueros por piratas somalíes y explosiones en oleoductos en África (noticias que a mediados de año hubieran motivado variaciones en el precio quizá superiores al 5 por ciento).
Al cierre de esta edición, no obstante, y luego de la segunda inyección de capital a Citigroup y del anuncio oficial del equipo económico del gobierno de Barack Obama, el precio del petróleo revertía al alza. Aunque no a todos les resulte un escenario ideal, la forma más propicia de incentivar las ampliaciones de capacidad petrolera necesarias es que el precio de este recurso no renovable verdaderamente refleje su nivel de escasez en el mercado (mejor aún si los yacimientos pasaran a manos de inversionistas privados con suficientes destrezas operativas y disciplina financiera como para sacarlos adelante).
Algún lector argumentará en contra que el mundo ya debe superar de una buena vez su adicción al petróleo. Es cierto, pero aunque pueda debatirse sobre cuánto le demorará hacerlo, resulta evidente también que las fuentes energéticas alternativas, por más medioambientalmente saludables que sean, no aflorarán si el petróleo sigue teniendo un precio que podría estar subvaluando su escasez (o nocividad) relativa.
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