Tras la crisis financiera en Estados Unidos y Europa, el rol de los medios de comunicación durante las manías especulativas vuelve a ser cuestionado
Por Gonzalo Carranza Bigotti
Para quienes nunca habían escuchado hablar de él, Alberto Verme se hizo famoso en la última Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE), donde fue presentado como el peruano que más alto había escalado en Wall Street: es codirector de banca de inversión global de Citigroup, con base en Dubai y oficinas en Nueva York y Londres. En su conferencia, Verme contó una anécdota que le había pasado poco antes, en el gimnasio del hotel limeño donde se alojaba. El ejecutivo había ido a hacer ejercicio en busca de relajo –y eso que la situación de Citigroup no era tan grave aún para requerir el apoyo por más de US$300,000 millones que el gobierno de Estados Unidos le aprobó al cierre de esta edición–. Verme no quería saber nada de la crisis inmobiliaria, de los colapsos bursátiles, de la recesión global. Pero cuando dos señoras se acercaron a él buscando conversación y le preguntaron dónde trabajaba, cometió el error de decir la verdad. De inmediato, le consultaron qué podían hacer con sus inversiones en la bolsa.
Informaciones y emociones
En su discurso de la CADE, Verme prefirió no dar respuesta a una pregunta que él mismo lanzó: ¿quiénes son los responsables del desastre financiero actual? Pero si se preguntara quién es el responsable de que dos señoras gimnastas terminaran conversando con él sobre la bolsa de valores, los dedos apuntarían a tres procesos de comunicación claves: la información y el análisis del mercado publicados por los medios de comunicación masiva, la publicidad de las administradoras de fondos de pensiones y de fondos mutuos, y el relato boca a boca de caso de éxito en inversiones bursátiles.
En el Perú, probablemente, lo primero que motivó a cientos de personas a invertir en bolsa fueron las historias de los ganadores iniciales. Luego, ya hacia el final del ciclo alcista, entre la segunda mitad del 2006 y el primer semestre del 2007, comenzó la agresiva publicidad de fondos mutuos, que lanzaron sus primeros fondos íntegramente invertidos en acciones. Los medios de comunicación masivos, en cambio, permanecieron mayoritariamente ajenos al fenómeno bursátil. No podía ser de otra manera: la información de economía y negocios en el país para grandes públicos está confinada, por el momento, a un par de programas en el cable y a unas pocas páginas en los diarios.
Por el contrario, en mercados más desarrollados y maduros –tanto a nivel de sus sistemas financieros como de su opinión pública– son los medios de comunicación los vehículos a través de los cuales suelen contagiarse primordialmente las manías bursátiles. “La historia de las burbujas especulativas empieza con los periódicos”, indica el economista de la Universidad de Yale Robert J. Schiller en su libro Irracional Exhuberance. La condición de los medios como vehículos esenciales para la transmisión de ideas es lo que permite que se dé la misma forma de pensar entre grandes grupos de personas. “En la sociedad contemporánea, los medios operan como agentes del cambio y como herramientas de formación de la opinión pública”, resalta la experta canadiense en manías y cracs Brenda Spotton. Ya lo había dicho también Alexis de Tocqueville: “Nada excepto un periódico puede depositar el mismo pensamiento dentro de miles de mentes en un mismo momento”.
Críticas mediáticas
¿Son todos los medios cheerleaders de la manía especulativa de moda? Entre 1928 y 1929, TheNew York Times fue absolutamente pesimista sobre el mercado bursátil estadounidense. En varias caídas de la bolsa de Nueva York, el diario sentenció a destiempo el final de la burbuja. Desde Inglaterra, Financial Times publicó advertencias sobre la especulación. Pero The Wall Street Journal sí sostuvo una y otra vez que los fundamentos de la bolsa y de la economía en general eran sólidos, por lo que mantuvo una línea editorial que, en la jerga financiera del inglés, podría ser calificada como bullish.
En la burbuja tecnológica de finales de los noventa, mientras tanto, un análisis de las principales de revistas de negocios estadounidenses y británicas da un resultado mixto. The Economist advirtió desde 1998 que la crisis era inminente. Fortune hizo lo mismo, pero luego de varios cantos de sirena fallidos, moderó su línea editorial justo cuando el crac estaba más cerca. Forbes y Business Week, en cambio, mantuvieron una posición alcista casi hasta el final.
Tomando en cuenta que estos son medios de prestigio mundial y recursos cuantiosos, no debería sorprender que el comportamiento de la prensa en general haya sido criticado luego de las principales crisis bursátiles de los últimos cien años, ya sea por alentar la especulación o por no advertir a tiempo los peligros de ésta. Incluso ahora las críticas han saltado de los círculos académicos a blogs donde los propios periodistas discuten su actuación durante la génesis de esta crisis con interpretaciones que van desde la autocrítica hasta la denuncia cuasi conspiracional.
Dentro de los primeros, se encuentra Daniel Bogler, managing editor del reputado diario británico Financial Times. “Es desafortunado que la cultura financiera, y el entendimiento de cómo funcionan las cosas en la City (el barrio bancario y bursátil de Londres) y de asuntos de contabilidad básica, entre otros, sean realmente muy superficiales en el periodismo financiero”, le dijo Bogler recientemente a The Editors Weblog. Pero, como resalta otro medio británico, The Independent, los periodistas –salvo algunas excepciones en la BBC o el propio Financial Times- fueron “cogidos durmiendo la siesta” junto con la mayoría de reguladores financieros, políticos y gobiernos. Habría que añadir a esa lista a las áreas de riesgos de los propios bancos y entidades contaminados de derivados basados en hipotecas subprime.
Por su parte, los economistas Alexander Dyck, de Harvard Business School, y Luigi Zingales, de la Universidad de Chicago, sostuvieron en un documento publicado a raíz de la burbuja tecnológica de finales de los noventa que el periodismo de negocios tiene un comportamiento que va de la mano con el ciclo económico. ¿Qué significa eso? Que en épocas de expansión, se puede apreciar un mayor uso de fuentes directamente involucradas en la dirección de las empresas que en momentos de crisis. La causa de ello es que, cuando el mercado está al alza, las personas que comparten información pueden contribuir a que el periodista retrate la historia de la empresa como una positiva y, en consecuencia, influya en un posible aumento del precio de la acción.
“Todas las partes informadas tienen un interés personal en que se dé un alto precio de las acciones: los gerentes, que mantienen opciones sobre éstas; los empleados, cuyos trabajos dependen del bienestar de la compañía y cuyas cuentas de jubilación dependen de un buen rendimiento de las acciones; y los analistas, cuyas fortunas están frecuentemente ligadas al éxito de las acciones que ellos mismos analizan”, señalaron Dyck y Zingales. No obstante, su análisis quizá peque de utilitarista: como la experiencia cotidiana demuestra, a veces lo que mueve a las fuentes no es un interés monetario, sino de otro tipo. En todo caso, lo que abunda en estos tiempos son los off the record (la reciente serie de artículos sobre la crisis financiera de The New York Times titulada “The Reckoning” es una prueba de ello).
Para qué escribir
Philip Longman, ex periodista económico de la revista US News and World Report, se preguntaba en un artículo del 2002 “por qué tantos periodistas de negocios terminaron promocionando exageradamente la burbuja”. Una de sus respuestas fue señalar la falaz creencia en que la prensa económica puede dar a sus lectores un consejo útil acerca de en cuáles acciones invertir. En realidad, Longman argumenta que, de acuerdo con la teoría y la práctica financieras, la única forma de derrotar consistentemente al mercado (es decir, de tener una rentabilidad sustancialmente mayor a la promedio) es recurriendo a la suerte o a información interna privilegiada sobre una determinada empresa, ambos factores con los cuales los periodistas no necesariamente cuentan.
Longman también esbozó una segunda hipótesis, aun más suspicaz, pues implicaría un mal funcionamiento de la tradicional ‘muralla china’ entre las áreas comerciales y la redacción de los medios. “Las publicaciones de negocios, especialmente aquellas celebrando el boom, estaban creciendo fuertemente gracias a la publicidad de las dot.com”, apuntó Longman. Y, para el periodista de investigación Paul Schechter, también en declaraciones a The Editors Weblog, ese rol, luego de las debacle de las empresas de Internet, fue asumido por la publicidad de tarjetas de crédito, refinanciaciones de deudas y ventas inmobiliarias, los detonantes de la actual crisis.
El gran poder de los medios, en todo caso, no es el de mover las bolsas y los valores hacia arriba o hacia abajo (incluso, la literatura financiera duda de que la supuestamente más profunda perspectiva de los analistas de inversión tenga ese efecto). Pero los medios sí pueden poner a la bolsa y sus ilusiones en el imaginario colectivo, lo cual democratiza oportunidades y riesgos por igual. Y, finalmente, los medios pueden también recoger las moralejas de estas historias de manías y cracs.
Y hasta pueden ponerles algo de humor. En un capítulo de Los Simpson, Homero perdía los ahorros de la familia –incluidos los que pagarían la universidad de Lisa– invirtiéndolos en la bolsa. Su acción escogida: la de Ani-motion, una empresa cuyo principal invento era una máquina que proyectaba las acciones de una persona en un oso animado. En otro capítulo, Bart cofundaba una empresa dot.com que terminaba en la ruina. ¿Habrá pedido Marge una hipoteca subprime?
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