Tres niveles de análisis en torno del momento económico de Estados Unidos
Por Jürgen Schuldt*
*Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad del Pacífico

Dominique Strauss-Kahn (DSK), el conquistador director ejecutivo del FMI, se ha disculpado caballerosamente ante el mundo, su fiel staff y su tercera esposa, por la romántica noche que pasó en enero con una profesional senior de la institución en el paradisíaco resort alpino de Davos. Ocho meses después reconoció públicamente que ese “incidente” fue un “error de juicio”, lo que aceptaron tanto su liberal mujer como el estudio de abogados externo del Fondo que investigó el asunto, dada la sospecha de nepotismo. Con lo que no perdió ni la cama de su casa ni el escritorio de su oficina, a diferencia del tristemente célebre presidente del Banco Mundial, quien fuera desaforado el año pasado por una hazaña donjuanesca algo más larga y truculenta.
Sin embargo, me temo que DSK tendrá que disculparse nuevamente ante el mundo por otro error de juicio, este sí ya serio, al afirmar desde París, después de la reunión del G-7, que “gracias a las decisiones que se acaban de adoptar, el pico de la crisis ha quedado atrás; eso es lo que veremos en los próximos días” (Reuters, octubre 13).
Por supuesto que, desde entonces en adelante, durante estas últimas semanas sucedió todo lo contrario: el Dow Jones ha caído 10 por ciento (y 42 por ciento desde su máximo alcanzado en agosto del año pasado); la tasa de desempleo estadounidense ha llegado al 6.5 por ciento y las ventas al por menor cayeron 2.8 por ciento en octubre; por la recesión que va afectando a gran parte del orbe (en el tercer trimestre de este año la economía decreció 0.3 por ciento), se redujeron aún más los precios de los principales metales (cobre, -26 por ciento; zinc, -5 por ciento; plomo, -17 por ciento; plata, -16 por ciento; y hasta el oro en -13 por ciento) y, entre otras calamidades, hasta el del petróleo (-29 por ciento), a pesar de que la OPEP ha recortado su producción diaria en 1.5 millones de barriles.
De ahí que quienes sigan considerando que esta crisis ha tocado fondo y que se disipará en 12 ó 18 meses no tardarán de desilusionarse, por más que los gobiernos estén interviniendo decididamente en la economía para recuperar la confianza de empresarios y consumidores. Pero asumamos que efectivamente dentro de un año se haya logrado este objetivo. ¿Sería el fin de la turbulencia global?
A nuestro entender, será recién ese el momento en que se detecten los problemas de fondo de la economía mundial y, en especial, de la estadounidense. Porque no debemos olvidar que –entre las faldas de las precarias condiciones financieras– se agazapan dos fenómenos estructurales adicionales, que no han merecido la debida atención.
El primero hace referencia a los tremendos desequilibrios macroeconómicos de la economía estadounidense, los que tendrán que ser afrontados una vez resuelto el entuerto financiero. Porque Estados Unidos se ha acostumbrado a vivir mucho más allá de sus posibilidades reales, generando fenomenales brechas, las que fueron financiadas por el resto del mundo.
En efecto, por una parte, las familias han gastado en exceso, a tal punto que de ahorrar un 13 por ciento de su ingreso personal disponible en 1982, ha ido descendiendo al 2 por ciento en el último trienio, tasa que evidentemente corresponde a los estratos de altos ingresos, que fueran bendecidos por la reducción de los impuestos a la renta desde las épocas de Reagan. La gran mayoría se sobreendeudó, tanto por la ilusión del “efecto riqueza” que significaba el aumento de los precios de sus viviendas como por el abundante crédito disponible a tasas de interés reales irrisorias. Incluso la deuda de las empresas no financieras aumentó en 700 por ciento en ese lapso.
Por otra parte, el gasto y la inversión del gobierno federal también se expandieron a tasas irresponsablemente aceleradas, a tal punto que el déficit fiscal, que se dio todos los años desde el 2002, ya se acerca al 5 por ciento del PBI. El año próximo llegaría al 7 por ciento, como consecuencia de las diversas medidas de salvataje y “estatización” que implican el Plan Paulson y demás. La deuda pública bruta de Estados Unidos ha llegado al 65 por ciento de su PBI y es evidente que en el 2009 aumentará en 5 a 10 puntos porcentuales.Gracias a ese alegremente despreocupado gasto privado y público, las importaciones de bienes crecieron a velocidades de Fórmula 1, sin una contrapartida exportadora aceptable, con lo que el déficit de la balanza comercial se duplicó entre el trienio 2000-2002 y el 2006-2008, pasando de US$400,000 millones anuales a US$800,000 millones o 6 por ciento de su PBI, estimado en US$14 billones para este año.
En pocas palabras, una vez que se hayan curado las heridas de la mal llamada “burbuja hipotecaria”, cuando se haya restablecido espuriamente la confianza de los agentes económicos, el gobierno estadounidense tendrá que afrontar desequilibrios aún mayores: la falta de ahorro doméstico y el déficit externo que lo agobia, con lo que se iniciaría una nueva ronda de ajustes, que también pondrá en aprietos al resto de economías globalizadas. Ciertamente que para felicidad de los organismos internacionales, que nuevamente tendrán trabajo y para los economistas que gozan con el estudio de las crisis, pero para infortunio de la mayoría de la población mundial.
Pero con ello entramos al tema central de la triada nefasta que afronta Estados Unidos en lo económico. Aparte de la crisis financiera y los desequilibrios macroeconómicos mencionados, el problema de fondo radica en la falta de alicientes para la inversión productiva de largo plazo.
Consideramos que el origen último de la debacle estadounidense y la de sus socios radica precisamente en la osteoporosis productiva que las aqueja, a falta de innovaciones tecnológicas sustanciales que permitan transitar por una nueva onda larga de acumulación y crecimiento. En efecto, ¿sobre qué bases productivas se podría sustentar una recuperación de la inversión y del crecimiento económico de largo plazo en los países “desarrollados”, de los que tanto seguimos dependiendo? ¿Serían las industrias de automóviles, del acero, de la energía, de las telecomunicaciones y similares, cuando bien sabemos que están en franco declive? Allí es donde radica el quid del problema estructural de las economías de mercado contemporáneas, pero que para ser entendido nos obliga a remitirnos a las bases sobre las cuales se desarrolla inexorablemente el capitalismo y que motoriza las inversiones sostenidas a gran escala, provenientes de los “espíritus animales” de los empresarios y de las condiciones materiales e institucionales de producción.
Personalmente, creíamos que se iba a iniciar una nueva onda larga en 1992 y que efectivamente comenzó a plasmarse en la burbuja tecnológica del ‘dot.com’, pero que resultó ilusa cuando explotó en el 2001. Y es que parecía que vendría propulsada por diversas innovaciones revolucionarias (informática, telecomunicaciones, biotecnología, robótica, energía atómica y similares), las que no llegaron a cuajar y que probablemente –en una década, en el mejor de los casos– permitirían el inicio de un renovado ciclo expansivo de recuperación y auge de varias décadas en el mundo altamente industrializado.
Esto, por cierto, coincide con el paradigma de las “ondas largas” del capitalismo (Kondratieff-Schumpeter-Mandel) y de acuerdo con el cual el sistema –desde la Revolución Industrial– ha progresado en forma oscilante por extendidos ciclos de entre 40 y 60 años de duración, cada uno de los cuales se sustentó en una serie de “innovaciones”, tales como la de los ferrocarriles y los vapores, la de la electricidad y los automóviles, entre otros. Una compleja combinación de éstas (nuevas tecnologías, productos, materias primas, fuentes de energía, mercados y similares), apoyada por sustanciales créditos, despertaban los “espíritus animales” del empresariado y daban lugar a una manada de inversiones que llevaron a la bonanza macroeconómica por un período de 20 a 30 años, momento a partir del cual languidecían por unos 20 a 30 años más como consecuencia de la sobreproducción y la caída de la tasa promedio de ganancia.
Esperemos, pues, que otras innovaciones de esa magnitud puedan llevarse a cabo sobre la base del surgimiento de manadas de jóvenes empresarios schumpeterianos para poder resucitar la alicaída economía mundial.
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