El acercamiento pos crisis a una “zona de peligro” empresarial que las firmas locales ya pisaron años atrás
Gonzalo de las Casas
Socio de Rebaza, Alcázar & De las Casas Abogados Financieros
El haber participado en los procesos de reestructuración de empresas desde 1993 y, en algunos casos liquidarlas, me obliga a revisar qué ocurrió en las unidades empresariales en los años 1993, 1998 y 2000, cuando la crisis se acentuó dramáticamente en el Perú. Ello para poder comentar qué cosa puede pasar ahora que nuevamente surge el temor de manifestaciones negativas en nuestro entorno empresarial a propósito de una crisis financiera internacional.
Lo cierto es que si vemos los factores desencadenantes de la crisis empresarial de esos años veremos que el patrón no se diferencia mucho de lo que puede venir en el corto plazo. Basta revisar los procesos de reestructuración de las empresas que se acogieron al sistema concursal entre 1996 y el 2003 y caer en la cuenta de que las razones siempre fueron las mismas.
Patrones comunes
Lo primero que observamos en los casos de la última década del siglo pasado es que, por ejemplo, los procesos de ajuste de los costos y gastos de las empresas no se dieron con la velocidad en que se les cayeron las ventas. Es decir, no se avizoró lo imperativo de reaccionar rápidamente ante señales negativas. Recordemos el caso de una empresa muy importante en el sector plásticos, que en su plan de reestructuración de 1996 cita entre otros factores de crisis que desencadenaron su propia insolvencia a “la recesión de la economía a partir del segundo semestre de 1995 y que aún aqueja a diversos sectores industriales”, para posteriormente referirse a que la crisis se da en las empresas precisamente por:
“Administración inadecuada de los inventarios.
Crecimiento desproporcionado de los costos de operación.
Sobredimensionamiento de activos fijos y productivos (terreno, edificios, maquinaria y moldes).
Excesivo gasto en sueldos y gastos de la administración.
Falta de implementación de un sistema de control y procesamiento de la información para la toma de decisiones“.
Otro factor que podría influir negativamente es la conducta de los bancos. En efecto, en las crisis anteriores las entidades bancarias se afectaron por las restricciones que enfrentaron en el uso de sus líneas de crédito del exterior, por lo que recortaron drásticamente el financiamiento de las empresas, de manera que al recorte de las ventas y al ajuste en los márgenes de operación se adicionó un problema de liquidez que desencadenó una masiva entrada de empresas a concursos empresariales. Al respecto, una muy importante empresa del sector de industrias básicas que se acogió a concursos en el 2001 señalaba en su Acuerdo Global de Refinanciación de abril del 2002 su capacidad de financiar sus operaciones de corto plazo: “La percepción de riesgo por parte de los agentes financieros respecto del sector en que desarrollamos nuestra actividad modificó el tratamiento crediticio dado a la compañía, ocasionando la reducción de sus disponibilidades en líneas de crédito y afectando su posición de capital de trabajo durante el ejercicio 2001”.
Ahora bien, ¿cuándo es que veremos los peruanos las consecuencias de la crisis financiera internacional que aqueja al mundo? Los antecedentes que registramos señalan que a los dos años de la crisis internacional de 1998 se incrementaron notoriamente los ingresos de las empresas al sistema concursal. Así, de 824 concursos en 1998 se pasó a más de 1,698 en el 2000. Entonces, la respuesta a la pregunta se cae de madura, pues los efectos están a la vuelta de la esquina.
Esta visión sobre la crisis financiera internacional y sus efectos en las economías de países emergentes como el nuestro –a partir de lo experimentado en el pasado ya no tan reciente– muestran los mismos factores de riesgo para las empresas, que en gran medida dependen de no incurrir en algunas de las prácticas que enumeramos a continuación: un deficiente manejo de los recursos financieros de las empresas, endeudamiento de corto plazo para financiar proyectos de inversión, reducción de márgenes operativos, estados financieros que no reflejan la realidad de la empresa, altos niveles de inventario con poca rotación, incremento de los gastos financieros producto de malas refinanciaciones con los bancos e incumplimientos con los proveedores que generan desconfianza en éstos.
Primera chispa
Pero si queremos ver cuál es el elemento inicial que desencadena el problema, podemos señalar que tiene relación con la falta de preparación de las empresas frente a un entorno negativo. Afortunadamente, y a diferencia de las anteriores crisis, en esta oportunidad no hay un fenómeno natural como El Niño que la acompañe y, sobre todo, nuestras cifras macroeconómicas son mejores, lo que hace que las empresas dependan más de sus factores internos y de sus propios ajustes para sortear esta etapa de reducción de expectativas a la que ingresaremos y que, para todos los fines, constituye una “zona de peligro” empresarial.
El administrar la empresa en esta zona de peligro obliga a sus responsables a estar muy atentos sobre las variables que pueden llevar la compañía a la quiebra. Por lo que toca a la estadística, no olvidemos que sólo el 2 por ciento de las empresas que enfrentaron situaciones de cesación de pagos han logrado salir a flote.
No olvidemos que la zona de peligro antes descrita ya se presentó anteriormente, y vuelve a insinuarse en el 2009. Si bien en esta oportunidad no implicará una crisis del sistema financiero, nadie puede considerar que, en este entorno, las medianas y pequeñas empresas no contarán con una menor capacidad de maniobra frente al ajuste de sus utilidades, y es probable que los costos de permanecer en el mercado bajo un esquema de reestructuración de pasivos le resulte menos atractivo que liquidar la empresa. Recordemos que la lógica de cualquier negocio es generar utilidades para sus accionistas, por lo que la poca o nula posibilidad de lograrlo, y más bien la perspectiva de mantenerse en el mercado sólo para atender obligaciones con los acreedores, implicará irremediablemente una salida del mercado como mejor opción que mantenerse al borde de la línea de flotación. Ello es particularmente notorio en el sector inmobiliario, en el que hemos visto surgir innumerables constructoras de edificios para vivienda que explican un stock de departamentos que el mercado tardará en digerir.
Por otro lado, la ley concursal ha previsto en sus disposiciones un claro sesgo liquidatorio. Nótese al respecto que la reciente modificación de la norma concursal realizada por el Decreto Legislativo 1050 del 27 de junio último señala, en su primer artículo, que el objeto de la ley es la recuperación del crédito mediante procedimientos que promuevan una asignación eficiente de recursos para maximizar el valor posible del patrimonio del deudor. Dicho objetivo varía del previsto hasta antes de la reciente modificación, que señalaba que era objeto de la norma el procurar la permanencia de la unidad productiva.
El hecho de que se sostenga que nuestra economía esté blindada contra la crisis quizá nos aleje de una recesión, pero no hay duda de que las empresas ingresarán a la “zona de peligro”. Sin embargo, también es cierto que, a diferencia de anteriores procesos de crisis, en la cual los factores ajenos a la empresa fueron los detonantes de insolvencias masivas, esta vez dependerá de la habilidad de éstas el adecuarse a vivir en un nuevo hábitat. Las que lo logren saldrán fortalecidas; las que no, desaparecerán inexorablemente. 
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