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América latina en un mundo global

Edición de Octubre 2008

 

Poco se ha discutido sobre América Latina en el largo proceso electoral de Estados Unidos que culmina en noviembre, aunque los latinoamericanistas norteamericanos sí han publicado durante los últimos meses –en diversas revistas especializadas– artículos con recomendaciones al futuro gobierno respecto de lo que debiera ser la futura política exterior regional.

Uno de los primeros fue Miguel Ángel Centeno, profesor de la Universidad de Princeton, con un artículo a comienzos de año en The American Interest. En una edición que también incluyó artículos de Luis Felipe Lampreia –sobre la agenda Estados Unidos y Brasil– y de Mario Vargas Llosa sobre las paradojas de América Latina, Centeno explica aunque no justifica la marginalidad de la región en la agenda estadounidense de los últimos años y propone la eventual creación futura de una Unidad Económica para el Nuevo Mundo (NWEU, por sus siglas en inglés). El autor considera que Estados Unidos no puede detener algunos de los cambios dramáticos que se vienen dando en América Latina, sino sólo contribuir a mejorar su dirección.

Centeno ha sido un estudioso y crítico descarnado del aparato estatal en la región. Considera que la mayor parte de América Latina sufre de una fragmentación de poder, especialmente de la autoridad política. Por ello, estima imprescindible trascender los límites de lo que constituye la política “oficial”. Según el autor, con muy pocas excepciones, los partidos políticos de la región carecen de institucionalidad y resultan, muchas veces, irrelevantes. En Brasil, suele darse que los campesinos sin tierra y las pandillas de las favelas desafíen la autoridad estatal. En Argentina, a partir de 1990, los piqueteros se convirtieron en una fuerza de protesta. En Ecuador y Bolivia, las masas de la calle han derrocado presidentes electos. Los nuevos grupos de presión no canalizan sus demandas por el sistema político tradicional.

Centeno señala que el gobierno norteamericano suele limitar su atención en el grupo o la ideología que controla el Estado. Pero, en muchos casos, la propia viabilidad estatal constituye el más crítico de los desafíos políticos. La pregunta: “¿Quién controla el poder?” puede ser una menos importante que: “¿Existe, en realidad, suficiente poder controlable?”. Por la ausencia de una identidad étnica común, de raíces institucionales profundas, o de legitimidad histórica, la mayoría de los estados latinoamericanos ha devenido en aparatos frustrados y empíricos. Y la globalización ha generado una revolución de demandas difíciles de atender en un contexto en que la poca eficiencia y la corrupción constituyen lastres pesados.

Una expresión de ello, para Centeno, la constituyen los enfrentamientos recurrentes entre el poder central y las autoridades provinciales en casi todos los países de América Latina. Por ello, estima que Washington puede equivocarse cuando asume que las políticas dictadas en las capitales nacionales son relevantes en todo el país. Ello casi nunca ha sido el caso en la mayor parte de América Latina, donde vastas regiones carecen de presencia estatal, sea una comisaría, una oficina de correo, o una municipalidad que recoja la basura. La poca seguridad ciudadana que genera esta falla institucional no sólo complica el problema social, sino que debilita cotidianamente a la autoridad política.

Para la visión pesimista de Centeno, la crisis boliviana podría no terminar siendo la única en la región, sino un adelanto de lo mucho que está en juego ante la incapacidad de poder renovar un sentido de identidad y propósito verdaderamente nacionales. Según él, la nación boliviana pareciera tener que optar, al borde del precipicio, entre una confrontación racial o una regional. ¿Por qué debiera importarle Bolivia a Estados Unidos? –se pregunta el autor–. Responde afirmando que un caos social o político en alguna parte de América Latina no podría ser fácilmente contenido como un caso aislado. Para empezar, la mayor parte de los inmigrantes a Estados Unidos son latinos. El gobierno norteamericano estará imposibilitado de regular su flujo si no tuviera, del otro lado, contrapartes que puedan influir efectivamente en éste. Durante los últimos años, la inmigración desde Centroamérica ha venido acompañada de la emergencia de pandillas transnacionales que disponen de importantes recursos financieros y militares, y que trafican drogas, armas y vidas humanas. En última instancia, Estados Unidos podría ignorar el colapso de la seguridad interna en San Salvador o Managua, pero ello influiría eventualmente en la violencia urbana de Los Ángeles.

Si Estados Unidos intentara limitar el flujo de latinoamericanos inmigrantes, ello podrá tener, según Centeno, consecuencias funestas. La disminución de las remesas ocasionaría efectos adversos severos en algunos países, especialmente en la pobreza y la desigualdad de sus sociedades. Probablemente, los inmigrantes sean las únicas personas que ahorran en el territorio de Estados Unidos y transfieren dichos recursos a sociedades en los que el gobierno norteamericano tiene un interés estratégico de largo plazo. Para el autor, las posiciones en Estados Unidos respecto de migración, comercio y drogas revelan posiciones contradictorias.

Centeno considera que, ante los crecientes déficit fiscales, Estados Unidos no va a estar en capacidad de aumentar la poca ayuda no militar que da a la región. Por ello, además de proponer la NWEU con criterios de acceso condicionales similares a los establecidos al interior de la Unión Europea para la integración comercial y el flujo de capitales y personas (sin que se trate en la propuesta de una integración federal), sugiere fijar políticas flexibles que permitan que el continente encuentre autónomamente su nicho en un mundo globalizado. En el tema de la droga, propone que el consumo de ésta (no necesariamente su venta) deje de ser un crimen en Estados Unidos o, al menos, que se dé un giro en la política para focalizarla más en la limitación de la demanda que en el combate a la oferta.

 

Estados Unidos podría ignorar el colapso de la seguridad interna en San Salvador o Managua, pero ello influiría en la violencia urbana de Los Ángeles

 

 

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