Economía

Vecinos, pero rivales

Edición de Octubre 2008

 

De cómo al interior del sur andino hay rivalidades iguales o más grandes que las que esa región tiene con el resto del país

 

 

Por Wilfredo Ardito Vega*

*Responsable del área de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Aprodeh

 

Diciembre del 2006. Por las calles de Abancay, la normalmente apacible capital de Apurímac, es trasladado en medio de una multitud el féretro con el cuerpo del taxista Cirilo Tuero, muerto cuando la Policía pretendía controlar una violenta movilización social.

En este caso, las protestas no estaban dirigidas contra el centralismo, la pobreza o algún otro de los graves problemas que afectan a Abancay, sino contra Andahuaylas, la ciudad de Apurímac con más intenso movimiento comercial y con la que los abancaínos mantienen una arraigada rivalidad.

Faltando apenas un mes para que entregara el cargo a su sucesor, la presidenta regional de Apurímac, Rosa Suárez, había anunciado que, ante la imposibilidad de realizar ciertas obras en Abancay, ejecutaría la partida presupuestal en Andahuaylas, su tierra natal. Algunos integrantes del gobierno regional la convencieron de que dejara sin efecto esa medida; pero, a pesar de ello, centenares de abancaínos salieron a las calles a protestar, alentados por algunos dirigentes locales y por varias emisoras radiales. Las turbas atacaron violentamente la sede del gobierno regional, exigiendo la renuncia de Suárez, pese a que la norma estaba derogada, y a que sólo le quedaban unos días en el cargo.

 

Conflictivamente hablando

La pobreza puede generar formas de solidaridad, pero muchas veces también genera numerosos conflictos, debido a las necesidades existentes y la frustración. Entre las personas pobres existe con frecuencia la noción del “bien limitado”, es decir, la percepción de que existen pocas donaciones y servicios, por lo que si éstos se destinan a algunos pobres, otros se estarán perjudicando. Una situación similar se produce en los departamentos más pobres del sur andino, donde las rivalidades y conflictos entre sus habitantes terminan generando un fuerte desgaste y bloquean la posibilidad de tener un planteamiento común.

De esta forma, los habitantes de Abancay no solamente rechazan a los andahuaylinos, sino a los cusqueños, que suelen ser percibidos como arrogantes. Los cusqueños mantienen una fuerte rivalidad con los arequipeños, mientras que los puneños son objeto de rechazo en Arequipa y Tacna, donde han migrado en los últimos años. El rechazo, en este caso, está vinculado al racismo, al punto que el periodista Andrés Bedoya Ugarteche se jacta de señalar que los puneños no son seres humanos.

A su vez, Arequipa, Tacna y Puno mantienen fuertes conflictos con Moquegua, que se manifiestan en problemas de límites, conflictos por el agua y el canon. Expresiones como bloqueos de carreteras, ataques violentos y denuncias judiciales por usurpación muestran cómo la escalada del conflicto termina cegando a los implicados. En el reciente conflicto en Moquegua, sólo el adecuado manejo del General a cargo –Alberto Jordán– evitó que se produjera una masacre.

He participado en decenas de actividades educativas con personas de todo el país y normalmente no escucho comentarios negativos como, por ejemplo, a los chiclayanos hablar mal de los piuranos o a éstos mofarse de los cajamarquinos. Sin embargo, aun en eventos sobre derechos humanos, quienes provienen del sur andino tienden a este tipo de intervenciones hacia los demás participantes de esa región.

Así, las rivalidades se han vuelto parte del “sentido común” que tienen las personas o incluso son defendidas como un “elemento cultural”. En Chumbivilcas, todos los años algunas comunidades campesinas libran verdaderas batallas campales, que dejan numerosos heridos, como si fuera una prueba de valor. En Huamanga, este año, una publicación cultural auspiciada por la sede del INC incluyó una serie de “huantinadas”, es decir, comentarios chocantes que los huamanguinos suelen contar sobre los huantinos.

Las consecuencias de estas rivalidades son muchas veces graves para la vida familiar, por cuanto muchas familias no aceptan fácilmente que un integrante suyo se vincule a una persona proveniente de la ciudad o la región “no deseadas”. En el ámbito laboral, existe mucha insistencia para que no se contrate a personas “foráneas”, pese a que estén bien calificadas. Esta exigencia no se basa en que sea necesario manejar el idioma local o estar familiarizado con la cultura o la geografía, sino a que se considera que los cargos públicos deben ser para los lugareños.

Estas percepciones pueden ser manipuladas para generar fuertes resentimientos: al linchado alcalde de Ilave, Fernando Robles, sus adversarios lo acusaban de haber contratado “personal de fuera” para la municipalidad, dejando de lado a los profesionales ilaveños. Muchos de los empleados cuestionados provenían de Juliaca o Puno, pero eran igualmente rechazados.

 

La razón de la sinrazón

En los orígenes de estas rivalidades desgastantes está el hecho de que los departamentos andinos fueron creados de manera artificial, sin una verdadera identidad común. La construcción de carreteras en el siglo XX contribuyó a la fragmentación, pues fueron diseñadas para unir las diferentes provincias con la costa, pero no entre sí. Un vecino de Cora Cora o Puquio difícilmente conoce Huamanga y un habitante de Cotabambas debería viajar varios días para llegar a Abancay. Ante tal fragmentación, la Iglesia Católica y el Poder Judicial han optado por establecer sus propias jurisdicciones, basándose en la accesibilidad real. De esta manera, por ejemplo, las provincias de Huancavelica han sido asignadas a los distritos judiciales vecinos (Ica, Junín y Ayacucho), quedando apenas tres provincias vinculadas a la Corte Superior.

Por otro lado, las capitales departamentales tradicionalmente han sido la sede de una elite que percibía con desdén a las demás provincias. El ejemplo más visible de ello es que el Gobierno Regional del Cusco ha declarado el quechua como idioma oficial de toda la región y establecido que todos los funcionarios públicos deben hablarlo, sin considerar los problemas que esta decisión genera para los indígenas amazónicos que viven en la provincia de La Convención.

Los comprensibles rezagos son hábilmente manipulados por periodistas/agitadores o dirigentes políticos sin escrúpulos. Como en la “percepción del bien limitado”, se suele pensar que los beneficios que la región o la provincia rival obtengan serán en desmedro del propio bienestar. En los conflictos más recientes, difícilmente los abancaínos o los moqueguanos podrían señalar en qué medida iban a ser menos pobres si no se escuchaban sus reclamos, pero protestaban empujados por los sentimientos de sentirse postergados.

Resulta interesante cómo elementos simbólicos o culturales que podrían ser comunes también pueden generar rivalidades y conflictos. Por ejemplo, dentro del sur andino, pese a que la mayoría de personas habla quechua, no es posible sugerir un quechua estandarizado, como ha ocurrido en el Ecuador y en Bolivia, en buena medida porque en cada región se sostiene que allí se habla el verdadero quechua y en el resto de lugares “se habla mal”. Estas actitudes sólo terminan perjudicando a los propios quechuahablantes.

 

Encauzando las rivalidades

En un país tan fragmentado como el Perú, las identidades locales o regionales no deberían ser negativas. De hecho, sólo lo son cuando se expresan como rechazo a otros ciudadanos en una especie de “xenofobia interna”. Estas manifestaciones muestran la necesidad de construir una identidad como país y como regiones. A las autoridades y dirigentes políticos a nivel nacional, regional y local les correspondería actuar con madurez al respecto, pero algunos parecen encontrar más fácil atizar prejuicios y rivalidades, para obtener réditos.

Además, a más recursos lleguen a gobiernos locales y regionales, más probables serán estos conflictos de gobernabilidad y es más urgente prevenirlos. No se trata de esperar a que el conflicto estalle para que se busque una intervención represiva por parte de las autoridades del gobierno central, sino de evitar que surja, procurando que los habitantes de la región más excluida del Perú se sientan paulatinamente reconocidos. De lo contrario, medidas positivas como la regionalización o el canon pueden terminar generando mayor violencia.

 

 

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