Entrevista a José Tamayo Herrera, historiador cusqueño y ex director de la Biblioteca Nacional del Perú
Al borde de los 72 años de edad, José Tamayo Herrera conserva el mismo carácter, tan frontal y cuestionador como jovial, de sus años mozos en Cusco. Dos veces director de la Biblioteca Nacional y hoy dedicado a la producción historiográfica –acaba de publicar la obra Las élites cusqueñas-, comparte en esta imperdible charla sus impresiones sobre la realidad actual del sur andino en relación con el resto del país.
Por Roberto Castro Lizarbe* y Serapio Cazana**
*Jefe de redacción de Perú Económico
*Analista de Perú Económico
¿Qué edad tenía cuando salió del Cusco?
Tenía 33 años y nunca había vivido en Lima. Tuve que empezar todo de nuevo, y aquí la vida para el migrante es muy difícil. En todas partes la gente hace sus argollas, pero para uno que recién viene no hay nada de eso: uno tiene que construirlo. Y eso me costó décadas, porque además de ser extraño era andino y serrano. Ahora es diferente: me respetan por lo que escribo y enseño. Mi trabajo al menos tiene el valor de la sinceridad.
¿Qué le diría, entonces, a un joven que viene de los Andes a Lima para vivir el mismo proceso que usted?
No creo que todos puedan hacerlo; cada uno tiene capacidades e intereses distintos. Además, muchos no tienen la necesidad de eso porque tienen sus tierras, su chicha, su chuyucola, su chiyucho. Esas personas no tienen por qué emigrar. Más importante que salir del Cusco es crear una masa crítica de técnicos, profesionales, intelectuales orgánicos, dirigentes políticos, ejecutores y artistas. Con ello se modernizaría la región. Así podríamos hablar de igual a igual con Lima y reconquistar una autonomía madura.
¿Cree que el proceso de regionalización se encamina a esa autonomía?
Puede ser, pero depende de la calidad del proceso. Hasta ahora la regionalización fracasa por la migración, que ha dejado a las provincias sin su mejor capital humano. Los mejores talentos se han venido a Lima o se han ido al extranjero. Las autoridades que se han quedado en los departamentos francamente dan pena; lo único que hacen es justificar las burlas que hacen los limeños de los provincianos. Si hubiera un dirigente con un buen background, ¿qué podrían hacer los limeños con su centralismo?
¿Cómo surgió el libro sobre las elites cusqueñas?
Soy miembro asesor ad honorem del INC del Cusco. Y en el 2007 conversábamos con unos amigos en el Cusco sobre la desaparición de las antiguas elites y el surgimiento de las nuevas. De pronto, alguien nos dijo: “Ustedes ya están viejos y estas memorias dentro de poco se pierden, de modo que sería bueno que lo escriban”. Así surgió la idea y en un mes, en máquina de escribir, ya estaba el borrador. Un año después sale el libro.
¿Qué diferencia hay entre las antiguas y las nuevas elites?
Las antiguas eran propiamente cusqueñas; más que empresariales, eran elites agrarias, administraban sus haciendas. Las actuales son, más bien, “elites turísticas”, porque vienen de Lima o del extranjero; se forja así una elite “cusqueña” en apariencia, pero que en realidad es foránea. Las antiguas elites han emigrado a Lima, al extranjero o simplemente han perdido su posición. Muy pocas se han asimilado a las nuevas elites.
¿Que Cusco haya sido la capital del imperio explica su permanente fricción con Lima?
El hecho de que la capitalidad haya sido cambiada del Cusco a Lima fue fatal para los andinos. De capital pasó a ser una ciudad histórica, cabeza disminuida, hundida en un mar de montañas. En el siglo XIX, para venir del Cusco a Lima había que viajar en caballo 20 días, y en barco seis días más. Ahora la distancia ha sido conquistada por la tecnología. El Perú se ha integrado más, pero la gente sigue siendo rebelde porque la provocan. Cuando el vicepresidente Luis Giampietri dice “yo no entiendo al Cusco”, dice la verdad: Lima no entiende al Cusco, no se esfuerza por hacerlo. Y cuando el ministro Ántero Flores Aráoz dijo “quédense con su Machu Picchu”, mostró desprecio y alejamiento. La distancia entre Lima y el sur aún persiste. Pachacútec, que conocía bien a su gente, dejó una máxima: “No mandes demasiado”. A los andinos no se los puede gobernar mandando demasiado, con militares, como se pretende.
¿Y cómo se contradice la cohesión del sur andino con las rivalidades intrarregionales?
Ciertamente no todo es perfecto, no todo está integrado. Los cusqueños no soportan a los arequipeños, cuyo comercio domina el Cusco, y tampoco soportan a los puneños porque éstos son más dinamizadores. François Ricoeur dijo en 1958 que en Puno se inició la cholificación. Los puneños llegaban a Tacna, Moquegua, Arequipa, Cusco, y establecían sus relaciones sociales, reproducían su terruño, trabajaban entre ellos, se ayudaban y protegían, creaban círculos cerrados.
¿Cree usted que estamos en un máximo histórico de antagonismo entre la capital y el resto del país?
No; hace muchos años Loreto quiso independizarse, hace 50 o 60 años hubo una liga federalista. Lo que no había entonces es la prensa que hay ahora. Hoy la primicia tiene que vender y entonces se infla lo que en realidad es débil. Ahora estamos mucho más integrados, a pesar de la distancia que he mencionado.
Cambiando de tema, usted ha escrito sobre el neoindigenismo. ¿Cuál es el estado actual de éste?
Indigenismo ha habido desde Garcilaso y Guamán Poma, intelectuales partidarios de los indios. El neoindigenismo comienza con Velasco, época en la que se escriben miles de tesis sobre comunidades campesinas, ayllus, etcétera. Por ello, Basadre decía que el interés por el indio es lo más importante que se ha producido en el intelectual del siglo XX. Ahora el neoindigenismo se expresa en el interés por los cultos indígenas. Lamentablemente, hay antropólogos que están haciendo el negocio de su vida. Traen “gringos” y los hacen adorar a las piedras, hacer pagos a la tierra y cobran US$3,000 o US$4,000. Y el chamán que hace el rito sólo recibe S/.50. A eso se llama el último grito de la antropología, cuando en realidad es la religiosidad convertida en negocio.
¿Qué otras formas de neoindigenismo hay?
El interés por el quechua. Y eso es bueno porque se está perdiendo. Mi generación era bilingüe, pero ahora mis hijos nacidos en Lima ya no hablan quechua, lo cual es una pena porque es un idioma muy rico. No será el mejor del mundo, como dicen los cusqueños, pero sirve para la poesía, para insultar, para la sutileza. Yo tengo un poemario en quechua que al traducirlo sale pésimo, pero en quechua es bueno.
Ya que habla de literatura, ¿usted cree que se lee poco?
Sí, se lee muy poco. Cuando en la universidad se da material de lectura a los alumnos, para ellos es una tortura. Para hacerles más simple el asunto se les deja separatas, pero ni eso leen. O, si lo hacen, no comprenden, porque cuando se les toma el control dicen disparates.
¿Se puede volver al mundo de la lectura?
Creo que el libro no ha muerto por una sencilla razón: la televisión, la radio, los periódicos no agotan un tema. Dan la noticia, hacen despertar el interés, pero en la hora de la profundidad el libro es indispensable. En el libro se experimenta la evolución completa de una idea. Por eso, para entender un tema hay que escribir un libro sobre ello. Lo malo es que en el Perú se escriben libros de pura literatura. Como Vargas Llosa y Bryce triunfaron, todos quieren emularlos. Por ello, Estuardo Núñez decía que somos un país de simuladores e imitadores. Las novelas no son el único motivo para hacer un libro.
¿Qué le dejó su paso por la Biblioteca Nacional?
Me tocó dirigir la Biblioteca en una de sus etapas más difíciles. Los empleados ganaban sueldos de hambre, 120 ó 200 soles. No podíamos comprar ni un libro; no había presupuesto, era la cenicienta de la cultura. Ahora sí hay dinero y se ha hecho un buen local. Nosotros lanzamos la propuesta para construirlo en 1981, y ese primer paso fue fundamental. El ex presidente Toledo, aun en medio de su frivolidad, dio el presupuesto y se lo reconoce por ello.
En general, ¿el Perú requiere volver a ser pensado?
Por supuesto. Seguir leyendo a Mariátegui, (Víctor Andrés) Belaunde o Basadre como respuestas actuales es una vocación por la obsolescencia. Muchos de sus mensajes ya se han cumplido, como el problema de la tierra. Por eso preocupa que Ecuador y Bolivia quieran seguir el modelo velasquista, cuando nosotros lo hicimos hace treinta años y no funcionó. Los periódicos de la época publicaban que todo el Perú sería propiedad social, pero no ha quedado nada de eso. La empresa estatal es lenta y además en ella se roba, porque como es de todos no es de nadie. Como el peruano es cleptómano, entonces hay que cambiar de modelo; se requiere que el propietario vigile.
¿Cree usted que requerimos nuevos intelectuales?
Claro que sí. Verán ustedes, el gran mérito de Mariátegui es que hizo una obra genial que no pudieron hacer otros. Lo mismo sucedió con Basadre, con Valcárcel y con Haya de la Torre, que conmocionó a la política peruana y latinoamericana. Su aporte fue significativo porque dieron una visión unitaria del Perú; sus libros fueron totalizadores. Pero después de ellos sólo vinieron monografías. Ahora, más de 80 años después, seguimos haciendo monografías de ellos. Necesitamos, entonces, otros grandes intelectuales. Aunque ahora es más difícil, ya que, como decía Ortega y Gasset, el intelectual ha sido reemplazado por el técnico. Ahora, sobre el intelectual están el publicista, el economista, el administrador. Por ello, para que los libros del intelectual se vendan se tiene que desnudar al autor y armar un escándalo con el que se consiga publicidad.
En el plano político, ¿cree que sigue habiendo dicotomías como izquierda y derecha?
Sí las hay, pero de modo diferente. Antes los izquierdistas morían por sus ideales, ahora los caviares mueren por un cóctel. Son como los rabanitos, rojos por fuera pero blancos por dentro. Temen los enfrentamientos, es la herencia cortesana que ha tenido Lima. En la sierra, en cambio, la gente suele ser más directa.
¿Y cómo se imagina el sur andino en el futuro?
Esplendoroso. Yo creo en la profecía atribuida a Santa Rosa que dice: “Lima desaparecerá, Arequipa desaparecerá, Cusco florecerá”. Claro, no hay duda que la profecía la hizo un cusqueño (risas). Por ello me imagino una gran ciudad, con un gran pasado y un gran futuro. Ahora mismo los gringos encuentran allá de todo: comida, ropa, drogas, hoteles de gran calidad. Los mismos limeños hoy empiezan a querer al Cusco, y no sólo por lo histórico, sino por el paisaje, el ambiente, la vida. Es algo mágico que atrae. Eso quizá se explique por el clima de Lima. Se dice que los indios se vengaron de Pizarro convenciéndole de que fundara la capital aquí. Claro, pensaban que con niebla todo el año y con bacterias por todos lados se iba a joder (risas).
Un cusqueño global
José Tamayo Herrera nació en el Cusco en 1936, por lo que ha vivido la mayor parte del siglo XX, “un período muy vital en la historia”, como él mismo lo define. “Aunque a la vez, pude conocer algo del mundo feudal, ya que tenía mi predio. No he explotado a los indios, aunque puedo decir que me he servido de ellos, sobre todo de su reciprocidad”.
La reforma agraria terminó con esa etapa de su vida y abrió otras: la de profesor universitario, historiador y conferencista, además de haber estudiado en España y México. “He realizado mi propia modernidad, mi propia globalización. Al inicio fue un choque tremendo, porque añoraba el Valle Sagrado, y también la vida universitaria, pues ahí estudiaba poco y me divertía mucho (risas)”.
Es católico practicante y comulga todos los domingos, “aunque no soy cucufato”, acota. No obstante, admite que si debiera elegir un solo libro para llevarse a una isla desierta, ése sería la Biblia, “pero la Biblia de Jerusalén, traducida directamente del hebreo, arameo y griego, pues ésa conserva todo el valor literario de la obra”. De joven leía a Salgari y a Verne, así como revistas y diarios argentinos, ya que éstos “llegaban en cinco días al Cusco, mientras que El Comercio se demoraba un mes en llegar desde Lima”.
Luego de haber publicado Las élites cusqueñas, José Tamayo siente que le queda pendiente una obra que ya viene preparando: “Estoy escribiendo sobre el futuro del Perú. Ya tengo material en mis fichas y en mi computadora, aunque siento que ésta me seca la inspiración”. Sea escrito donde fuere, el mensaje es positivo: “Yo he vivido la rebelión campesina, la reforma agraria, la hiperinflación y el terrorismo. Ahora que ya no hay eso, cabe bien el optimismo, porque el Perú tampoco está tan mal”.
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