Buscando culpables para la crisis financiera más grande de los últimos tiempos
Por Dani Rodrik*
*Profesor de Economía Política en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard
CAMBRIDGE. No hace falta esforzarse demasiado para ser un escéptico de las finanzas en estos días. Así que vale la pena recordar lo convincente que nos parecía, hasta no hace mucho, la lógica de la innovación financiera que nos condujo a nuestro aprieto actual.
¿Quién no querría que los mercados de crédito sirvieran a la causa de la compra de una vivienda? De manera que empezamos por introducir cierta competencia real en el negocio de los préstamos hipotecarios. Les permitimos a instituciones no bancarias otorgar préstamos para vivienda y les dejamos ofrecer hipotecas creativas y más costeables a posibles propietarios no muy bien atendidos por los prestadores convencionales.
Luego permitimos que esos préstamos fueran agrupados y empaquetados en cauciones que se pueden vender a inversores, reduciendo el riesgo en el proceso. Repartimos el flujo de pagos sobre estos préstamos inmobiliarios en tramos de riesgo variado, compensando a los tenedores del tipo más arriesgado con tasas de interés más altas. Después llamamos a las agencias de calificación de crédito para certificar que las menos riesgosas de estas cauciones con respaldo hipotecario son lo suficientemente seguras como para que fondos de pensión y compañías de seguro invirtieran en ellas. En caso de que alguien todavía esté nervioso, creamos derivados que les permiten a los inversores comprar seguro contra incumplimiento de pago de parte de los emisores de esas cauciones.
Si queríamos exhibir los beneficios de la innovación financiera, no se nos podrían haber ocurrido acuerdos mejores. Gracias a ellos, millones de familias pobres y, por ende, excluidas se volvieron propietarias, los inversores obtuvieron grandes retornos y los intermediarios financieros embolsaron los honorarios y comisiones. Podría haber funcionado como un sueño –y hasta hace más o menos un año y medio, muchos financistas, economistas y estrategas políticos pensaban que era así–.
Luego todo se empezó a desmoronar. La crisis que absorbió a los mercados financieros en los últimos meses ha enterrado a Wall Street y ha humillado a Estados Unidos. El rescate de casi US$1 billón (millón de millones) de instituciones financieras en problemas que el Tesoro de Estados Unidos tuvo que montar hace que las crisis de los mercados emergentes –como la crisis del “peso” de México en 1994 o la crisis financiera asiática de 1997-1998– parezcan notas al pie de página en comparación.
Ahora bien, ¿dónde fue que todo se echó a perder? Si nuestros remedios no atacan las verdaderas causas subyacentes de la crisis, nuestro celo regulatorio recientemente descubierto podría terminar matando a los tipos útiles de innovación financiera, no sólo a los tóxicos.
El problema es que los sospechosos abundan. ¿El problema fueron los prestadores hipotecarios inescrupulosos que diseñaron términos crediticios –como tasas “gancho” de interés y penalidades por pago anticipado– que llevaron a prestatarios ingenuos a caer en una trampa de deuda? Tal vez, pero estas estrategias no habrían tenido sentido para los prestadores a menos que creyeran que los precios de las viviendas seguirían subiendo.
De manera que tal vez la culpable sea la burbuja inmobiliaria que se generó a finales de la década de los 1990 y la negativa por parte de la Reserva Federal de Alan Greenspan a desinflarla. Aun así, la explosión en la cantidad de obligaciones de deuda colateralizada y cauciones similares fue mucho más allá de lo que se necesitaba para sustentar el préstamo hipotecario. Eso también fue válido para los seguros contra default, que se volvieron un instrumento de especulación en lugar de uno de seguro y alcanzaron un volumen sorprendente de US$62 billones.
De modo que la crisis puede no haber alcanzado la magnitud que tuvo sin instituciones financieras de todo tipo que se apalancaron a sí mismas hasta el cuello en busca de mayores retornos. Ahora bien, ¿qué estaban haciendo entonces las agencias de calificación de crédito? Si hubieran hecho su trabajo correctamente y hubieran pronunciado a tiempo advertencias sobre los riesgos, estos mercados no habrían captado a tantos inversores como terminaron haciéndolo. ¿No es éste el quid de la cuestión?
O quizá los verdaderos culpables estén repartidos en todo el mundo. Los hogares asiáticos sumamente devotos del ahorro y los bancos centrales extranjeros proclives al acopio de dólares produjeron un “exceso” de ahorros global que empujó las tasas de interés reales hacia territorio negativo, cebando a su vez la burbuja inmobiliaria estadounidense y llevando a los financistas a emprendimientos cada vez más riesgosos con dinero prestado. Los estrategas de políticas macroeconómicas podrían haberse organizado mejor y actuado a tiempo para resolver esos desequilibrios de cuenta corriente importantes e insostenibles. Luego no habría habido tanta liquidez derramándose por ahí a la espera de que se produjera un accidente.
Sin embargo, lo que tal vez nos haya metido realmente en este embrollo sea que el Tesoro de Estados Unidos jugó un papel deficiente mientras se desataba la crisis. Con lo mal que estaban las cosas, lo que hizo que los mercados de crédito se empantanaran fue la decisión por parte del secretario del Tesoro, Henry Paulson, de no rescatar a Lehman Brothers. Inmediatamente después de esa decisión, la financiación a corto plazo incluso para las firmas mejor capitalizadas prácticamente colapsó y todo el sistema financiero simplemente se volvió disfuncional.
En vista de lo que estaba a punto de ocurrir, quizás habría sido mejor que Paulson se hubiera tapado la nariz y hubiera hecho con Lehman lo que ya había hecho con Bear Stearns y habría tenido que hacer en pocos días con AIG: salvarlos con dinero de los contribuyentes. Wall Street podría haber sobrevivido y se les podría haber ahorrado a los contribuyentes estadounidenses cuentas aún más grandes.
Tal vez sea inútil buscar una única causa sin la cual el sistema financiero no habría estallado en nuestras narices. Una idea reconfortante –si uno todavía quiere creer en la cordura financiera– es que éste fue un caso de “tormenta perfecta”, un fracaso excepcional que exigía que una gran cantidad de estrellas se alinearan simultáneamente.
¿Qué dirá, entonces, la autopsia de Wall Street? ¿Que fue un caso de suicidio? ¿Asesinato? ¿Muerte accidental? ¿O que fue un episodio excepcional de fallo orgánico generalizado? Probablemente nunca lo sabremos. Las regulaciones y precauciones que implementarán los legisladores para impedir su recurrencia, por ende, seguirán siendo necesariamente despuntadas y de efectividad incierta.
Por ese motivo pueden estar seguros de que tendremos otra crisis financiera importante en algún momento en el futuro, una vez que ésta haya desaparecido en los rincones de nuestra memoria. Pueden apostar sus ahorros de toda la vida a que así será. De hecho, probablemente lo harán.
Copyright: Project Syndicate, 2008
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