¿Qué habría sido del Perú si Abimael Guzmán llegaba a Palacio?
Por Raúl Behr
Cierta o no, una de las leyendas más publicitadas en la China Popular fue la de un sexagenario Mao Tse Tung nadando 17 kilómetros del río Yangtsé a velocidad olímpica. Tan inverosímil como que el “Presidente Gonzalo” hubiera emulado tal gesta en el Amazonas fue la posibilidad de que Sendero Luminoso tomara el poder.
Pero, por un momento, omita las razones teóricas y prácticas por las que esto jamás hubiera pasado. Olvide también que la Encuesta del Poder ya no ubica a Guzmán como el tercer hombre más poderoso del país como en 1992 (estuvo entre los 10 primeros desde 1983). Imagínelo en Palacio. ¿Cómo habría sido la “República Popular del Perú”?
Iván Hinojosa, historiador y ex miembro de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), considera improbable que Sendero hubiera tomado el poder, al margen de sus métodos sanguinarios y la enorme destrucción que provocó. Pero, puesto ante la disyuntiva de imaginar un gobierno senderista, considera que -salvando las diferencias de contexto- la experiencia más similar es la Camboya de Pol Pot (1975-1979), incluso más que la propia China de Mao (1949-1976).
Tanto para Sendero como para el Khmer Rouge, todo lo que representara al “Viejo Estado” debía ser destruido para edificar una nueva estructura. Su pilar fundamental era la reeducación de la sociedad. Lo urbano, en su visión, era impuro: la ciudad representaba la corrupción, la desviación, la dependencia extranjera.
Su objetivo más radical era eliminar el concepto de “ciudad burguesa”, enviando a la población a trabajar la tierra para facilitar su control, hacerla autosubsistente y, fundamentalmente, para “purificarla”. “Es la idea de convertir al país en una enorme plantación”, como señala Hinojosa. Ello habría implicado la desaparición del mercado, de la moneda y de todos los símbolos (celebraciones, bandera, monumentos) que representaran el antiguo orden, para reemplazarlos por un proyecto de colectivización agrícola forzada.
Cuando un movimiento causa tanto terror, la gente imagina que, de llegar al poder, sus militantes saldrán a las calles a masacrar civiles para saciar su apetito asesino. Es una imagen algo distorsionada. En realidad, donde muere la gente, como señala Hinojosa, es en los “laboratorios sociales”: “Cuando llevan a la gente a trabajar la tierra, se mueren cientos de miles en el desplazamiento. No hay, además, suficientes tierras de cultivo, se acaban las existencias y la gente empieza morir, ya sea de hambre o por los trabajos forzosos a los que son sometidos”. Las ejecuciones, por ende, suelen darse bajo una lógica tan práctica como tenebrosa: si no hay comida para todos, algunos tienen que morir para que alcance.
En Camboya los resultados fueron catastróficos. Aunque las cifras siguen siendo discutidas, se estima que casi un cuarto de la población (cerca de dos millones de habitantes) murió en el proceso. Muchas familias fueron separadas e, incluso, los matrimonios fueron disueltos para desprender a la población de antiguos lazos que afianzaran su individualidad.
Pese a las similitudes teóricas con el proyecto polpotiano, Sendero difícilmente hubiera podido aplicarlo. Las diferencias saltan a la vista: Camboya era un país principalmente rural, que había sufrido una reciente y brusca migración hacia las ciudades por un factor externo: los bombardeos norteamericanos de 19691. Estos, además, habían destruido la infraestructura del país, incluyendo su poder militar. En el Perú, en cambio, la migración a las ciudades fue progresiva y por factores económicos concretos: los migrantes ya estaban insertados en la economía urbana. Para Sendero, por ejemplo, Lima hubiera sido inmanejable. Además, el ejército peruano, pese a sus carencias y a las graves violaciones a los derechos humanos, tenía mucho más hombres y armamento2. No hubiera podido derrotarlo, y aún haciéndolo, no habría podido disolverlo para rearmar otro.
Según Hinojosa, Sendero habría tenido que generar una destrucción aún mayor que la polpotiana para “poder adecuar al país a su diagnóstico”. Descarta que estableciera alianza alguna. Su ideología era inflexible: “Ser de izquierda o de derecha era irrelevante para Sendero; para ellos, todos eran de derecha”.
Aunque coincide con Hinojosa en la imposibilidad de que Guzmán tomara el poder, la imagen de un hipotético gobierno senderista que tiene Carlos Tapia, también ex miembro de la CVR, es distinta. Él cree que Abimael habría sido más pragmático, y establecido alianzas con “sectores de la burguesía nacional”.
Su tesis encuentra asidero en las propias declaraciones de Guzmán a la CVR sobre el atentado en Tarata: ”Tarata fue un craso error político, porque si desde noviembre de 1991 planteamos oficialmente que hay que ganar a la burguesía nacional, ¿qué sentido tiene golpear en Tarata?”. Asimismo, entrevistado por Vladimiro Montesinos en la Isla San Lorenzo poco después de su captura, el líder senderista afirmó que, dado el fenómeno de la globalización, un gobierno suyo hubiera tenido que ser “pragmático, adecuarse un poco a la situación”.
Aunque estas palabras reflejan un doble discurso, pues para Guzmán toda concesión a su ideología era calificada de “revisionismo” -como llamaba al resto de la izquierda, sobre todo a las facciones pro-soviéticas-, Tapia descarta un escenario camboyano. Cree, contra lo que pudiera pensarse, que el sector de la “burguesía nacional” al que Sendero se hubiera aliado, habría sido la derecha: “Para Guzmán, el socialimperialismo (la URSS, la China pos-Mao) era una amenaza mayor que el imperialismo”, pues competía por el nicho ideológico en el que se hallaba la izquierda legal. Según Tapia, el principal enemigo externo de su gobierno no habría sido Estados Unidos, sino el Partido Comunista Chino, pervertido para Guzmán desde que el “reformista” Deng Xiaoping subiera al poder en 1976.
Tapia recalca, sin embargo, que dicha alianza con la “burguesía nacional” no debe ser entendida como “una alianza política, formal o electoral”; más bien, habría de ser vista como una unión de intereses convergentes, pero bajo la hegemonía de la dictadura senderista. La aprensión maoísta a toda dependencia foránea, por ejemplo, podría haber alentado un proteccionismo que favoreciera a determinados sectores del empresariado local.
A la inversa de Hinojosa, para Tapia el proyecto senderista no estaba destinado a “campesinizar” la ciudad, sino a “proletarizar” el campo: “Para Guzmán, el campesinado era un lastre, una masa de arcilla a la cual hay que moldear a la imagen del obrero”. Cree que el senderismo estaba destinado al fracaso, a menos que virara como el Partido Comunista de Nepal, que actualmente gobierna ese país tras haber ganado en las urnas. Considera también que ese viraje era improbable, ya que Sendero nunca habría contado con caudal electoral.
Resulta, asimismo, improbable que un gobierno senderista hubiera sido reconocido en el exterior. El propio Sendero descartaba cualquier influencia externa, pues en su lógica el Perú debía ser autosuficiente. La izquierda mundial no encajaba en su proyecto. China, Corea del Norte y Cuba eran “revisionistas”. Los movimientos maoístas en Turquía, Sri Lanka o Filipinas eran muy pequeños. “Lo máximo que hubieran formado habría sido un movimiento internacional alternativo, con gente que aceptara la vigencia de la lucha armada”, señala Hinojosa.
Sendero no tenía un afán expansionista: jamás se habría lanzado, por ejemplo, a la conquista de Bolivia o Ecuador –recuérdese que su proyecto era de muy largo plazo e incluía una transformación completa de la sociedad peruana–. Pero la preocupación de los países vecinos era evidente: su llegada al poder podía extender la influencia de sus planteamientos. A finales de los ochenta, incluso, los rumores más alarmistas señalaban que, ante tal eventualidad, se cocinaba una invasión al Perú apoyada por Estados Unidos, después de la cual el territorio peruano sería repartido entre todos los estados colindantes.
No obstante, era muy difícil que Estados Unidos optara por la invasión. En primer lugar, porque eso era precisamente lo que querían los senderistas, como indica Tapia: “Encabezar una guerra de liberación nacional, tal como hiciera Mao con la ocupación japonesa (1938-1945)”. En la lógica de Guzmán, eso aglutinaría a la nación en torno a ellos. En segundo lugar, porque, como apunta Hinojosa, “era armar un Vietnam muy cerca”, con riesgo de extender el conflicto a otros países. Finalmente, porque, considerando que el Perú es un territorio poco articulado, una invasión a gran escala habría destruido la infraestructura del país, lo que habría acercado a éste más al escenario camboyano.
Libertad de prensa, cero; educación privada, cero; ambas debían estar en función al pensamiento único. En justicia, por su parte, se habrían institucionalizado los “juicios populares”, incluidos sus métodos más brutales. El Congreso habría sido cerrado, y se habría creado una especie de asamblea de representantes, sin oposición. La economía habría sido autárquica, sin relaciones con el exterior.
Se habría derribado el sistema político. Los líderes de oposición no necesariamente habrían sido asesinados, pero sí encarcelados y degradados. Las ejecuciones, en principio, se habrían reservado para el sector militar y, posiblemente, a movimientos armados como el MRTA. Sin embargo, como señala Hinojosa, la represión hubiera sido más brutal si Sendero recogía la experiencia china, “si hubiera tenido la paranoia de evitar traidores, como le habría representado tener un gobierno paralelo afuera. Como Taiwán con Chang Kai Sek, que es el ejemplo madre. Si Sendero quería impedir eso, sí habría sido una salvajada”.
Es probable que también se hubieran aplicado medidas absurdas que el maoísmo chino quiso implantar, como la producción de algodón rojo (mezclando algodón y tomate) o la transformación de los símbolos vehiculares, de modo que la luz roja de los semáforos diera el “siga” en lugar del “pare”.
Seguir especulando ya es un riesgo. Como se ve en este artículo, el sendero entre lo sensato y lo delirante puede ser muy corto.
1 En el contexto de la guerra de Vietnam, los bombardeos en Camboya se debieron a la presunta presencia de vietnamitas en dicho territorio. En 1968, Phnom Penh, la capital camboyana, tenía medio millón de habitantes. En 1975, año en el que Pol Pot toma el poder, la población estimada era de 3 millones.
2 Cfr. Hinojosa, Iván. Entre el poder y la ilusión: Pol Pot, Sendero y las utopías campesinas. En: Debate Agrario Nº. 15. Octubre-Diciembre 1992.
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