¿El hombre poderoso nace o se hace?
Hace 150 años, el hombre se avergonzó de sus parientes, de sus vecinos y de sí mismo. Después del milagro griego, de la Capilla Sixtina, de Platón y de Newton, le molestaba el haber descubierto un origen humano nada especial. La publicación de El origen de las especies hacía sospechar de su peculiar origen divino y más bien lo vinculaba con las demás formas de vida terrenas, finitas e imperfectas.
Durante siglos el hombre convivía y competía con los dioses y semidioses. Si bien habitaba en la tierra y sentía las mismas necesidades de las demás formas de vida su verdadero destino era celestial. Sin embargo, la biología entró por la puerta trasera y fue ganando terreno hasta convertirse en la administradora de casi todo tipo de antropología. Los avances en este campo han sido tan sorprendentes, que así como en el pasado la centralidad de la ciencia estaba en la física, ahora ella está en la biología.
El descubrimiento del ADN fue uno de los pasos decisivos para configurar la nueva imagen del hombre biológico. Naturalmente, una nueva comprensión del hombre implicaba una nueva comprensión del mundo, cuyo panorama no termina de configurarse aún. ¿Qué consecuencias tendría en lo social y lo político, por ejemplo?
Más que jarabes y pastillas
Con el surgimiento del hombre biológico la lectura del genoma humano era a la vez un santo grial y una caja de Pandora. ¿Pero qué ha revelado el código genético? A menudo se cree que el estudio de la genética trae solamente implicancias médicas, que ayuda a bajar el colesterol o que previene el cáncer; sin embargo, el mundo celular también explica muchas conductas sociales, e incluso, las formas de gobierno.
Steven Pinker, psicólogo cognitivo de Harvard, tiene su propia lectura de las investigaciones genéticas con relación a las formas de organización política. Por mucho tiempo, algunos humanistas modernos sostuvieron que los seres humanos son básicamente iguales: que nacen como una especie de tabla rasa en la que no hay contenidos o capacidades previas como para que unos ejerzan el poder sobre otros.
Bajo este presupuesto de igualdad, sus formas de gobierno también serían igualitarias –es decir, democráticas–. En cambio, si el cerebro humano nace con ciertos contenidos o potencialidades biológicas innatos, entonces la igualdad de la especie sería solamente genérica o jurídica, mas no individual o concreta, sostiene Pinker.
De ser así, ello explicaría por qué durante la mayor parte de la historia humana el hombre ha vivido de modo jerárquico. Los principios de la Revolución Francesa, liberté, égalité et fraternité, apenas tienen doscientos años, lo cual no representa mucho en la historia de la humanidad. Sin embargo, paralelamente a las proclamas igualitarias, la ciencia comienza a estudiar al hombre desde su corporeidad. Por una parte, el derecho divino de los reyes y el mundo señorial no resistía análisis alguno. Pero la pregunta continuaba en pie: ¿son iguales los hombres?
Se esperaba que la lectura del genoma humano arrojara algunas explicaciones concluyentes. Para muchos científicos, el número reducido de genes básicos revelaba una igualdad fundamental, ya que a menor carga genética menos determinaciones naturales y por lo tanto mayor libertad para construirse por sí mismos; en otras palabras, iguales en potencialidad. Pero Pinker se pregunta: “¿Qué cantidad de genes habría demostrado que la diversidad de nuestra especie está integrada en nuestro código genético, o que somos más libres de lo que pensábamos, o que la derecha política está en lo cierto y la izquierda en un error?” En realidad, como argumenta el psicólogo, no hay una correspondencia entre la cantidad de genes y las estructuras innatas que hacen posible el pensamiento y el lenguaje. Más bien, en los últimos años se están encontrando importantes nuevas informaciones en los genes, las cuales abogan por la singularidad (PE julio 2008).
Pinker va más lejos aún al afirmar que la historia beneficia la lectura de una desigualdad dominante, ya que un grupo humano no ha dudado en “desplazar, subyugar o aniquilar al grupo que vive al lado” si con ello reafirmaba su poder y superioridad. Un dato significativo al respecto es que las investigaciones actuales parecen favorecer la hipótesis de que el homo sapiens aniquiló al Neardental y no precisamente por salvaguardar su propio “espacio vital”. El año pasado, la revista Nature publicó un estudio que mostraba la desaparición delNeardental como consecuencia de una “competición” directa con el homo sapiens, lo cual se lee como “limpieza étnica”, según la BBC.
Desde esta perspectiva, habría que esperar un nuevo rasgo evolutivo antes de ver las guerras y los poderes jerárquicos como cosas del pasado. Más bien, dentro de veinte o cincuenta años se seguiría leyendo en los periódicos sobre invasiones, guerras biológicas o asesinatos colectivos, porque no obstante su cultura metropolitana y su vasta tradición científica, el hombre siempre luchará contra su dimensión biológica.
No todo es naturaleza
Sin embargo, todavía es muy temprano para afirmar la naturaleza de un hombre programado genéticamente para el poder y la jerarquía. Junto a una historia de dominación, están también los valores morales, el arte, la ciencia, la filantropía. Ciento cincuenta años después de Darwin, el hombre no ha renunciado a su origen divino. Y la religión, como ya se ha visto en estas páginas (PE febrero 2008), goza de buena salud.
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