Con el desplome de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de los estados comunistas en Europa del Este se inició en el mundo una década caracterizada por el dominio hegemónico de Estados Unidos. Contribuyeron a dicha evolución varios factores: el éxito relativo de la democracia liberal y el capitalismo versus el comunismo estatista, la evidencia del deterioro económico y militar de la URSS, la incapacidad de la Unión Europea –a pesar de su fuerza económica agregada– de proyectar su poder como una organización integrada; la ausencia de poderes alternativos (como los que hoy podrían representar China e India), la posición predominante de Estados Unidos en organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, y el influyente atractivo que generan, para diversos sectores de la comunidad global, algunas de las características políticas, ideológicas y culturales del estilo de vida norteamericano.
Esa era ya concluyó. Probablemente en la historia, el 2008, con las Olimpiadas de Beijing, la invasión de Georgia por Rusia y las elecciones estadounidenses, se registre como el hito de una nueva era cuyas características aún no conocemos bien. Lo único que se puede afirmar con certeza es que no será unipolar. Será multipolar –con unos pocos grandes poderes regionales– o incluso nopolar, con una red de centros de poder que incluya organizaciones internacionales, existentes o por crearse, además de los estados-nación.
Afirmado ello, conviene señalar que no debe exagerarse la escala o naturaleza de la declinación relativa de Estados Unidos, una que puede, incluso, ser reversible. Hay factores fundamentales en la economía norteamericana que estimulan su dinamismo: su dominio en los campos de la investigación y desarrollo, la calidad relativa de sus universidades, su potencial resultante de innovación y productividad, incluso su bajo costo relativo de la mano de obra gracias a la inmigración. Por otro lado, aunque severamente tensado por las intervenciones en Afganistán e Irak, el aparato militar de Estados Unidos sigue siendo, por mucho, el más potente del mundo.
Pero, como señala Oxford Analytica en su informe anual, hay poderes emergentes que van a redimensionar la geopolítica. En principio, está China, que pretende la predominancia en Asia y aspira a superar, en algunas décadas, el PBI anual de Estados Unidos, aunque entonces el ingreso promedio del chino seguirá siendo un cuarto del norteamericano. Luego, India, cuya renovación económica fue posterior a la de China, pero que la ha superado en servicios de alta calidad. Por otro lado, su abundancia de recursos energéticos y otras materias primas han generado un renovado fortalecimiento de Rusia. Y la reciente invasión de Georgia revela el interés de Moscú de afirmar su zona de influencia. Por último, hay un conjunto de países grandes como Brasil, Irán, Nigeria y Venezuela, cuya fortaleza económica dependerá de su desarrollo económico y del stock de hidrocarburos u otros recursos estratégicos. Cualquiera de estos países tiene, eventualmente, la capacidad de bloquear el intento por Estados Unidos de imponer su voluntad en algunos temas, especialmente cuando ellos resultan especialmente sensibles a las regiones en las que se encuentran.
La crisis de Georgia resulta representativa de lo que puede caracterizar a este nuevo orden. Estados Unidos no pudo prevenir la invasión y desmembramiento territorial de un aliado estratégico. La Unión Europea se mostró incapaz para responder de manera concertada en un conflicto que afecta sus intereses cercanos. Existe poca capacidad de sanción para controlar la acción de las potencias regionales. Y el debate que se generó a escala mundial sobre las causas y responsabilidades de la invasión demuestra una carencia de alineamiento como el que se hubiera dado hace 15 años.
El surgimiento de estas nuevas potencias también va a renovar el debate respecto de cómo deben organizarse mejor los estados para aumentar el bienestar de su población. China y Rusia, aunque ya capitalistas, no han avanzado en su democracia y la hipótesis de que más mercado iba a significar, con el tiempo, más libertad política, ha demostrado ser una ilusión. El modelo de capitalismo autoritario va a empezar a ganar adeptos a escala mundial. En Tailandia, por ejemplo, se ha propuesto que se reemplace el Congreso por uno nominado.
Es en ese contexto que tienen lógica propuestas como la del candidato John McCain de constituir una organización que integre a las sociedades democráticas, que incluya, además de Estados Unidos, a los países de Europa, Japón, Australia; y, en América Latina, a los países que han firmado tratados de libre comercio con Estados Unidos.
El otro polo resultaría siendo uno liderado por China, Rusia y, probablemente, Irán. Probablemente India y Brasil se resistirán a una división del planeta así, que podría atentar contra sus intereses.
En un mundo como ese, los alineamientos y confrontaciones serían mutantes en un contexto incierto y muy cambiante. Los temas en conflicto serían la preservación de la integridad territorial de los estados, la democracia y los derechos humanos y el surgimiento del Islamismo.
Un mundo así obligaría a una restructuración de los organismos internacionales, muchos de los cuales fueron creados en una era de dominio hegemónico de Estados Unidos. Incluso los G7 y G8, por ejemplo, excluyen a China e India. Todas ellas deberán adecuarse para reflejar mejor las nuevas realidades del poder global.
“Probablemente en la historia, el 2008 se registre como el hito de una nueva era cuyas características aún no conocemos bien”
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