El discurso sobre la responsabilidad social corporativa se ha venido multiplicado en artículos, conferencias y publicaciones durante las últimas décadas. La mayoría de las grandes empresas ya incluyen en su organización departamentos dedicados a lidiar con su delicado manejo. Y hay instituciones diversas dedicadas a asesorar a las empresas en esta materia. Hasta rankings se hicieron, calificando a las empresas en función de su responsabilidad social, aunque los escépticos de estas clasificaciones recuerdan que, hasta que quebrara fraudulentamente, Enron fue una de las empresas más elogiadas por sus supuestas virtudes. Hay quienes confunden la ética con la estética.
Según Wikipedia, la responsabilidad social corporativa puede definirse como “la contribución activa y voluntaria al mejoramiento social, económico y ambiental por parte de las empresas, generalmente con el objetivo de mejorar su situación competitiva y valorativa, así como su valor añadido”. El tema es especialmente crítico en países como el nuestro con ingentes recursos pesqueros y mineros.
En 1999, Kofi Annan, entonces Secretario General de las NNUU, sugirió ante el Foro Económico de Davos un Pacto Mundial con el propósito de “unir el poder de los mercados con la autoridad de los ideales universales”. El Pacto Mundial plantea el compromiso de respetar y promover nueve principios, que luego se ampliaron a diez, referidos a derechos humanos, laborales, medioambientales y medidas anticorrupción. Miles de empresas de más de 80 países lo han suscrito a la fecha. Por su parte, en 2001, la Comisión de la UE aprobó un Libro Verde Fomentar un Marco Europeo para la Responsabilidad Social de las Empresas.
Cuando se hablaba del tema en 1970, Milton Friedman afirmó enfáticamente que la principal responsabilidad social de las empresas era aumentar el beneficio de sus accionistas como propietarios. La labor de filantropía –según Friedman– debía ser una que correspondiera a individuos y no a empresas. Éstas, en el marco del cumplimiento de la ley, deberían maximizar sus resultados y así facilitar el que sus accionistas, con los dividendos que obtenían, pudieran realizar la obra filantrópica que desearan. El Estado, con los mayores impuestos, debería cumplir su función social común.
Hoy, el término stakeholders es tan conocido y usado como el de stockholders, entendiendo por el primer término no sólo a accionistas sino también a trabajadores, clientes, proveedores, contexto social, medio ambiente y administración pública relevante.
La responsabilidad social no se entiende como mera filantropía, sino como la proyección de la acción de la empresa de manera que ésta tenga en cuenta los intereses de todos los afectados por ella. En 2007, Michael Porter con Mark Krammer ganaron el Premio McKinsey con su artículo en el Harvard Business Review: “El vínculo entre la ventaja competitiva y la responsabilidad social corporativa”. En él, plantean una metodología que una empresa podría usar para identificar las consecuencias sociales de su actividad productiva, determinar los problemas a enfrentar, y encontrar las maneras más efectivas de hacerlo, fortaleciendo simultáneamente el contexto competitivo en el que operan.
Las empresas, finalmente, como las personas, desarrollan un carácter, una cultura, y hay, no cabe duda, unas más virtuosas que otras. La virtud más valiosa para la responsabilidad social es tener una predisposición natural tanto a la prudencia como a la justicia.
Ortega y Gasset decía que el buen carácter permite también generar un estado “alto de moral”. El término moral se suele contraponer al de inmoral, pero Ortega y Gasset advierte de otra comparación igualmente ilustrativa: entre lo alto de moral y lo desmoralizado. Y suele ser el alto de moral quien mejor anticipa el futuro, quien está dispuesto a crearlo, a ser proactivo. Es claro que, para ser competitivas en el largo plazo, las empresas deben ser, como las personas, de buen carácter y altas de moral.
La responsabilidad social resulta, pues, un tema ético y no estético. Constituye un compromiso voluntario para generar un balance integral, social y económico con todos los afectados por la empresa. No pretende que la empresa actúe desinteresadamente –que es el principio de la filantropía, acción más propia de individuos– sino que ella contribuya no sólo generando beneficios para sus propietarios sino en la dirección de un bien más común, que su acción empresarial cumpla un estándar autoimpuesto de prudencia y de justicia.
Como se ha señalado, los tres temas más referidos cuando se habla de responsabilidad social son: el medio ambiente, la explotación de trabajadores débiles y la corrupción.
En el caso del medio ambiente, ya hace mucho que la preocupación se ha extendido de la demanda tradicional de atenuar el impacto de los humos en las chimeneas al reclamo incluso de controlar el apetito por los recursos naturales. Hace décadas, por ejemplo, las peleterías se preciaban de la legitimidad de sus pieles. Hoy, las hay que publicitan: “¡No se equivoquen, todas nuestras pieles son imitaciones!”
En el caso de la explotación laboral, la preocupación principal es sobre el trato a las mujeres y niños, especialmente en los países menos desarrollados. Hay conciencia de que la globalización ha aumentado el poder de las multinacionales y, a la vez, ha debilitado la influencia de los sindicatos y otras organizaciones orientadas tradicionalmente, al menos en teoría, a defender a los trabajadores.
En el caso de la corrupción, se pretende gradualmente establecer códigos que establezcan criterios universales para determinar lo que constituye una coima. No es fácil esta definición porque es un tema cultural. Las atenciones en el Asia son más comunes y generosas que en Escandinavia. También se ha planteado la conveniencia de establecer un paraguas protector a quienes denuncien la corrupción al interior de empresas.
Si hay algo permanente en la globalización es el proceso de cambio. Ello genera incertidumbre respecto de dónde vamos, de quiénes somos, de qué queremos. Las empresas que generen más confianza serán finalmente las que terminen teniendo más viabilidad.
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