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La historia que no fue

Los guerreros que perdieron la guerra

Edición de r 2008
¿Cuál habría sido el destino del Tahuantinsuyo si los chancas hubieran derrotado a los incas?
En quechua, según el Vocabulario de la Lengua General de todo el Perú de fray Diego González Holguín[1], “chanca” significa “pierna”. Otros, como Recaredo Pérez Palma en Evolución mítica en el Imperio Incaico del Tahuantinsuyo[2], sostienen que por tal término debe entenderse a la parte del cuerpo que une las extremidades y el sexo. José de la Riva Agüero señaló en Paisajes peruanos[3], a su vez, que la palabra era sinónimo de “reciente”, “advenedizo” e “inestable”.

Cualquiera haya sido la etimología más precisa de la palabra en cuestión, queda claro que la traza de guerreros con que dicho término acuñó a los pobladores de la etnia que se extendió entre las márgenes de los ríos Pampas y Pachachaca, sobre el territorio del actual departamento de Apurímac, no era gratuita. Los chancas quedaron inscritos para la posteridad como los componentes de aquel fiero ejército que mayores dificultades presentó a los incas en su proceso de expansión. Y como las víctimas de la victoria militar clave que, a partir de 1438, permitió que los herederos de Manco Cápac y Mama Ocllo, encabezados a esas alturas de la historia por el mítico Pachacútec Inca Yupanqui, consolidaran el Imperio que poco menos de un siglo después sería conquistado por los españoles.


“Si los chancas hubieran vencido a los incas en la batalla del Cusco, el Imperio que en el siglo XVI encontraron los españoles habría tenido quizás como capital la ciudad de Vilcashuamán y se hubiera llamado Imperio Chanca y no Imperio Inca. En tal caso ahora quizás sabríamos de los incas como sabemos de los chancas. Porque cada vencedor escribe la historia a su manera”, reza el fragmento de un texto escolar de Editorial Bruño escrito por el historiador Pablo Macera[4]. Suposición válida y casi de tanto dominio de la sabiduría popular como la comentada fama bélica de los chancas. Pero como está leído en anteriores ediciones de esta sección, los sucesos que no fueron exigen atención a una entremezcla de factores que trascienden el simple intercambio, por lógico que parezca, de roles protagónicos. Y esta ucronía, en particular, requiere especial determinación para el difuso límite entre el mito y la historia.

 

Chancando piedras

En su Historia del Tahuantinsuyu, la historiadora María Rostworowski[5] sostiene que el carácter legendario de la guerra entre incas y chancas hace imposible asegurar cuándo se produjo. No obstante, los cruces entre la mayoría de las crónicas permitirían situar a 1438 como el año en que las escaramuzas entre ambos pueblos, que aparentemente databan de varios siglos atrás, derivaron en un feroz ataque chanca al Cusco que fue repelido por las fuerzas incaicas. Éstas luego habrían hecho retroceder al enemigo hasta Ichupampa, donde en un violento combate –que instaría a los cronistas a rebautizar la localidad como Yawarpampa (“campo de sangre”)–, siempre según la leyenda, habrían fallecido 8,000 incas y 22,000 chancas para sellar el triunfo de los primeros.


Del mismo modo, no existe pleno consenso en torno de quién estuvo a la cabeza de la victoria incaica. Aunque –como se observa en la tabla adjunta– la mayoría de crónicas reconoce como tal a Pachacútec Inca Yupanqui, noveno soberano de la historiografía oficial inca, otros cronistas matizan de diversa forma los acontecimientos e incluso algunos mencionan a Viracocha, padre de Pachacútec, como el vencedor. Entre estos últimos se ubica nadie menos que Garcilaso de la Vega, aunque según el libro de Rostworowski esta versión habría estado condicionada por el hecho de que el cronista mestizo descendía por su madre de la panaca Cápac Ayllu, que en la guerra civil previa a la llegada de los españoles era la perteneciente a Huáscar y se oponía a la panaca Hatun Ayllu, favorable a Atahualpa y que descendía del linaje de Pachacútec. Por tanto, suele aceptarse que fue este último el verdugo de los chancas.


Del lado de los vencidos, las cosas parecen estar algo más claras: de Paucaray (hoy distrito de la provincia de Sucre, departamento de Ayacucho) salieron tres ejércitos chancas, el último de ellos con dirección al Cusco. Estaba encabezado por Tumay Huaraca y Astu Huaraca, quienes habrían sido deudos de Anco Huallo, legendario héroe chanca. Ellos habrían enviado emisarios al inca Viracocha, quien dada la superioridad del invasor, habría huido junto a sus hijos Urco (heredero del trono) y Socso a refugiarse al fuerte de Caquia Xaquixaguana. Esto no habría sido aceptado por uno de los hijos de Viracocha: Cusi Yupanqui, quien organizó la defensa del Cusco junto a otros siete jefes –para sumar ocho o un doble cuatro, cifras perfectas en el sistema quechua–. Luego de la victoria de Yawarpampa, él se habría personado ante su padre a exigirle pisotear los despojos de los jefes chancas muertos en combate, como mandaba la tradición. Según la crónica de Juan de Betanzos[6], Viracocha se negó y quiso que fuera Urco quien lo hiciera, lo cual enfureció a Cusi Yupanqui y desató una guerra civil entre ambos ganada por este último. A la muerte de Urco, Cusi Yupanqui quedó hábil para asumir como soberano y adoptó el nombre de Pachacútec Inca Yupanqui. 


Algunos detalles de las batallas también son sujetos de polémica. Es célebre la leyenda de los “soldados” Pururauca, piedras supuestamente revestidas de ropaje por Cusi Yupanqui para simular un ejército a la espera del ataque chanca y que, una vez producido éste, habrían tomado vida para intervenir en el combate e inclinar la balanza a favor del ejército inca. Como explica Liliana Regalado, profesora principal del departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú, incluso lo primero sería parte de un lenguaje figurado: “Eso se puede interpretar como una manera de simbolizar que, dado el tipo de complejas relaciones entre las sociedades y los grupos de poder, varios curacas comenzaron a adherirse a los incas luego de su victoria inicial sobre los chancas, por lo cual constituyeron fuerzas que entraron de un momento a otro a combate”, afirma la catedrática. Para ella, hasta las trampas supuestamente colocadas por los incas para la caída de los chancas (ramas en los suelos que escondían hoyos profundos) representarían una extrapolación de eventos militares posteriormente presenciados por los cronistas en las guerras de la conquista.

 

Legado imperial

¿Podrían haber, entonces, resultado los chancas ganadores en su ataque al Cusco? El precario análisis militar factible de realizar en torno al hecho sugiere que sus fuerzas sí les otorgaban la posibilidad, y que ello no ocurrió sólo por una aparente estrategia defensiva bien diseñada. Pero se vislumbran otras luces al respecto. Por ejemplo, que los chancas conformaban, más que una etnia con cultura común, una confederación de pueblos que concertaban cada vez que decidían lanzarse a una nueva conquista. Esto, sin embargo, tampoco los hacía per se menos desarrollados que los incas, que hasta antes de esa victoria no habían conseguido un desarrollo cultural significativamente superior al de sus pueblos vecinos.


Para Efraín Trelles, historiador y periodista de RPP Noticias, la gran interrogante que flota en ese punto es si los chancas habrían tenido la capacidad de los incas de financiar un eventual proceso de expansión postvictoria militar con un adecuado manejo de excedentes de producción. “Los incas no aseguraron su expansión con la victoria, sino con intercambios regionales bien ejecutados. Así, es claro que sin el triunfo sobre los chancas no hubiera habido Imperio Incaico. Si en el caso contrario hubiera habido Imperio, eso no lo sé”, sostiene. Al respecto, también es importante anotar que la incorporación de la tecnología militar chanca al ejército incaico fue clave para las expediciones que expandieron el Imperio, como la realizada al norte por Túpac Inca Yupanqui, sucesor de Pachacútec.


A su turno, Regalado señala –tras precisar que considera que la ucronía no es idónea para el análisis histórico y sólo resulta útil como ejercicio intelectual– que cualquier pueblo de la época que hubiera diseñado su organización a partir del legado dejado por la cultura Wari (los caminos, por ejemplo) habría tenido las mismas posibilidades de expansión. “Esa imagen de los chancas guerreros que no tenían cultura en comparación con los incas no se debe considerar. Es posible que su vieja tradición se hubiera desarrollado y ocupado el sitial que a la postre correspondió a los incas”, afirma la catedrática.


Más complejo es plantear una posible ubicación geográfica para la capital del Imperio alternativo. Trelles sugiere que la leyenda describe una nebulosa en ese aspecto: “Es curioso que habiendo protagonizado la zona de Andahuaylas muchos sucesos decisivos de la historia del Perú, como el combate decisivo entre Huáscar y Atahualpa, o la concentración previa a la Batalla de Ayacucho, la derrota de los chancas no se sitúe allí sino en Yawarpampa”. Para Regalado, en tanto, el Cusco sí tenía algunas condiciones de privilegio que lo convertían en un foco natural para proyectar una expansión: “Contaba con el mejor maíz de los Andes, que era una especie valorada tanto por alimentación como con fines ceremoniales”, comenta.

 
Versus los otros

La otra gran duda que se cierne a partir de un eventual triunfo chanca sobre los incas es cómo habría impactado en el proceso de conquista del Perú por parte de los españoles, sobre todo debido a que ni siquiera un siglo separaría a un evento del otro. Para plantearla, conviene recordar el escenario de atomización que predominaba hacia 1438 en el espacio andino, con muchos pueblos dispersos tras la pérdida de hegemonía de los Wari y los cuales, casi 100 años después, serían los que en buena cuenta sostendrían la invasión de Pizarro y compañía.


Las opiniones consultadas coinciden en que, amén del desarrollo cultural o político que un sistema alternativo pudiera haber alcanzado, el panorama práctico que hubieran encontrado los españoles habría sido muy similar: riñas internas que habrían devenido en que los pueblos oprimidos por el imperialismo se hubieran plegado, naturalmente, al aparente libertador. “Está claro que la conquista del Perú fue una guerra de indios contra indios. Y quizá habríamos tenido la misma guerra con los papeles invertidos: los quechuas luchando contra los chancas, pero como aliados de los españoles”, señala Trelles, quien a modo de anécdota comenta que luego de las guerras civiles entre los conquistadores, en Andahuaylas se registró una llamativa inmigración de refugiados almagristas, como si se hubiera dado una mimetización natural entre derrotados indígenas y españoles.


Así, por lo visto, en este caso la historia que no fue habría terminado siendo muy parecida de la que acabó ocurriendo, a lo mejor con algunos matices. Quién sabe si el espíritu guerrero de los chancas hubiera permitido dilatar la duración de la guerra de conquista. O si el idioma chanca, que según el español Lorenzo Hervás en su Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas[7], difería del quechua y se habría extinguido progresivamente luego de la derrota ante los incas, hubiera predominado en el Imperio alternativo. Incluso, es posible que los chancas no fueran hoy conocidos como tales, por las connotaciones peyorativas que el quechua derivaba al término repasadas al comienzo del artículo.


De ese modo, probablemente las diferencias más claras con el presente hubieran tenido otro corte: “Si hubieran ganado los chancas, es seguro que Alejandro Toledo se habría autodenominado Anco Huallo y no Pachacútec. Y Machu Picchu, de haberse construido, sería más una especie de Choquequirao que la hacienda del vencedor”, ironiza Trelles. Bien dicen que la historia la escriben los que ganan.



[1] Gonzales Holguín, Diego. Vocabulario de la Lengua General de todo el Perú llamada lengua quichua o del Inca. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1952 (1608).

[2] Pérez Palma, Recaredo. Evolución mítica en el Imperio Incaico del Tahuantinsuyo. Imp. Vidal, Lima, 1938.

[3] De la Riva Agüero y Osma, José. Paisajes peruanos. PUCP, Instituto Riva Agüero, Lima, 1995 (1912).
[4] Macera, Pablo. Historia del Perú 2: Los Incas. Editorial Bruño, Lima, 1985.

[5] Rostworowski, María. Historia del Tahuantinsuyu. Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1988.

[6] Betanzos, Juan de. Suma y narración de los Incas. Biblioteca de Autores Españoles, Ediciones Atlas, Madrid, 1968 (1551).

[7] Hervás, Lorenzo. Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas. Vol. 1: Lenguas y naciones americanas. Imprenta de la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia, edición digital Google Books, Madrid, 1800.


Roberto Castro Lizarbe

* Analista de Perú Económico y de Semana Económica

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