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Un presidente jaqueado

Edición de Enero 2010

El comité de políticos noruegos que le otorgara el Premio Nobel de la Paz al presidente Barack Obama probablemente no previó que su homenajeado iba a aumentar prontamente la presencia de fuerzas militares norteamericanas en Afganistán (incluso, pudo haber pretendido, ilusamente, evitar dicha acción). En Oslo, el presidente Obama usó su discurso de aceptación para ensayar una explicación y justificación de su posición respecto de la guerra y la paz en el mundo contemporáneo, visión que planteó no sólo como pensador liberal, sino como presidente y comandante en jefe de la primera potencia del mundo.

Diversos analistas han criticado párrafos del texto por ambiguos y contradictorios. No pocos afirman que partes del mismo podrían haber sido pronunciados por George W. Bush, lo que resultaría en extremo irónico, ya que probablemente la principal razón por la que Obama recibió el premio es por ser visto, en Europa al menos, como el anti-Bush. Para Fred Kaplan, analista de Slate, el presidente de EEUU hizo un especial esfuerzo para posicionarse como alguien que rechaza los “false choices” –un planteamiento que suele utilizar frecuentemente en temas de política interna– y que es capaz de reconocer, a la vez, principios universales y realidades concretas, las múltiples ambiciones y los límites específicos, y –como afirma la cita de Martin Luther King Jr. que utilizara en su discurso– el cómo las personas “son” y cómo éstas “debieran ser”.

Más allá del argumento de la “guerra justa”, originalmente planteada por San Agustín, Kaplan identifica en Obama la influencia gravitante de Reinhold Niebuhr en su concepción del realismo moral. Si bien no citó a éste en Oslo, el entonces candidato, durante la campaña electoral, se refirió al teólogo protestante como uno de sus “filósofos favoritos” y reconoció sus muchas enseñanzas, las que resumió en: “el mal existe, debemos ser humildes en la creencia de que algún día lo podremos eliminar, aunque ello no debe servir de excusa para la inacción ni para el cinismo”.

En contra de lo reclamado por los grupos pacifistas, Obama no se excusó por el uso de la fuerza militar (finalmente no debe olvidarse que Nobel fue el inventor de la dinamita). Defendió la eventual necesidad de la guerra como un “reconocimiento de la historia, de las imperfecciones del hombre, de los límites a la razón”. Recalcó que después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Europa, la seguridad no se logró sólo con tratados y declaraciones, sino también con sangre y lágrimas. ¿Cómo reconciliar –se preguntó– dos verdades que parecen irreconciliables: la necesidad ocasional de las guerras, con la convicción de que ellas constituyen expresiones del error humano? En lo posible, toda guerra debe siempre ser evitada. Pero, para ello, las alternativas a la violencia militar –planteó Obama– también deberían ser lo suficientemente duras y estrictas como para inducir a cambios efectivos en el comportamiento porque, para el logro de una paz duradera, las resoluciones de la comunidad internacional deben finalmente ser reconocidas y acatadas. Quienes quiebren las reglas –agregó– deben asumir sus responsabilidades. (Es evidente que, en estos párrafos, se refería, preventivamente, a Corea del Norte e Irán. Teherán ya tiene varios meses resistiéndose a abrir su programa nuclear a la inspección internacional y EEUU carece aún del apoyo de Rusia para lograr un programa de sanciones efectivas.)

El presidente de EEUU se muestra actualmente satisfecho del número de países –43 en total– que lo apoyan en la guerra contra Afganistán. Su objetivo sería consolidar una coalición suficientemente amplia, basada en el reconocimiento de un mayor alineamiento de EEUU con la comunidad internacional. Para Europa, la situación ideal sería una en la cual EEUU deje de demandarle su colaboración para aventuras militares diversas o, mejor aún, que sólo se embarcara en aquellas acciones que recibieran la aprobación previa de los líderes europeos.

Al final de su discurso, Obama se refirió a la promoción de los derechos humanos. Una paz duradera sólo puede afirmarse en “lo derechos inherentes y en la dignidad de cada individuo”. Buscando un respaldo generalizado en su país, se refirió al efecto final feliz de los actos de tres figuras conservadoras: Richard Nixon y su apertura y viaje a China, a pesar de la Revolución Cultural; Juan Pablo II y su compromiso con el proceso político en Polonia; y Ronald Reagan y su respaldo a la Perestroika de Mijail Gorbachov. En casos como éstos, afirmó Obama, se requiere combinar “bloqueos y compromisos, presiones e incentivos, para que los derechos humanos y el respeto a la dignidad de la persona avancen en el tiempo”. No resulta muy claro, sin embargo, cuáles serían los criterios prácticos para establecer dicho equilibrio. “No hay una fórmula única para estos casos”, resumió finalmente. Si a los liberales no les queda claro cómo el gobierno de EEUU manejará en el futuro tales tensiones y contradicciones, al menos les reconfortará saber que su presidente es plenamente consciente de las paradojas. Los partidarios de la Realpolitik, por el contrario, acusan a Obama de ser un diletante intelectual.

EEUU ha ejercido, por más de un siglo, poder militar más allá de sus fronteras. La distancia geográfica considerable que separa a la primera potencia de sus eventuales rivales la indujo, desde el inicio, a ejercer un dominio marítimo en dos océanos para defenderse, y a intervenir, preventivamente, en otros países con el fin de contrarrestar la posible emergencia y expansión de potencias regionales competidoras. En la historia reciente, ningún presidente norteamericano le ha corrido a la guerra. Y, muchas veces, la intervención militar norteamericana ha sido calificada de infructífera por no haber logrado su propósito declarado; sin embargo, suele haber también intereses subyacentes, como la interrupción de tendencias o patrones que, algún día, pudieran haber resultado amenazantes para los intereses de EEUU.

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