La historia que no fue

Lima: historia de tres ciudades

Edición de Febrero 2010

El metro cuadrado más caro en Zárate y a orillas del Rímac, y no en El Golf de San Isidro. Surco y La Molina convertidos en barrios bajos y Miraflores desprovisto de locales comerciales, para preservar la vista al mar. Ancón y San Bartolo más poblados que San Juan de Lurigancho y un largo etcétera. Esto no es una partida de Simcity: es sólo la Lima que pudo ser y no fue.

 

Por Serapio Cazana

 

Si Francisco Pizarro viviera, tal vez no sería un conquistador sino un empedernido jugador de videojuegos como Civilization o Simcity 3000, y pasaría sus tardes de domingo creando y fundando muchas versiones de la Ciudad de los Reyes. De hecho, aunque ahora se diga que Lima está en un desierto, precisamente donde no debe estar, en 1535 el valle del Rímac era unos de los valles más extensos y ricos de la costa. Además, había población nativa, canales de riego y campos de cultivo. Los ríos Chillón, Rímac y Lurín formaban las tres cuencas que hacían de Lima el lugar ideal para vivir.

A juicio del arquitecto Manuel de Rivero, en el tiempo de la fundación nació la “Lima abuela”, la cual tuvo una larga vida, pues se extendió durante la Colonia y parte de la República. Este período se caracterizó por la arquitectura de inspiración europea, la estética morisca, los balcones y todo aquello que buscaba replicar a las ciudades mediterráneas.

Sin embargo, a inicios de los años veinte del siglo pasado nace la “Lima hija”. La dimensión de la ciudad exigió un nuevo diseño, y se comenzó a planificar según los estándares del orden y el progreso. En esos años se abrieron las murallas y se creó la avenida Arequipa para conectar al centro con los suburbios del momento: San Isidro y Miraflores. Se persiguió el concepto de la ciudad jardín, salubre e iluminada, modelo que más que hispánico era anglosajón, a juicio del arquitecto y ex viceministro de Vivienda Luis de las Casas. En la nueva urbe, los gallinazos en los basurales no eran considerados buenos vecinos, ya que se aspiraba a crear una polis de inspiración norteamericana, para el automóvil y no tanto para el tranvía, como en Europa.

Pero este modelo de ciudad tuvo corta vida y fracasó. En opinión del arquitecto y urbanista Augusto Ortiz de Zevallos, “se tomó una utopía equivocada, una que no era propia”, la cual no consideró algunos procesos que comenzaron a gestarse en los años treinta, como la migración por motivos económicos. No obstante, en los cuarenta surgió una generación de urbanistas, integrada por el propio Fernando Belaunde y por figuras como la del español José Luis Sert, quien posteriormente llegaría a ser decano de Harvard y considerado el padre de la arquitectura moderna. El plan urbanístico que diseñaron para Lima fue uno de los más ambiciosos y espectaculares jamás vistos por estos lares.

 

Imagen_peru_col1La Lima que no fue

De haberse ejecutado esta planificación la ciudad tendría, obviamente, un rostro distinto del actual. La “Lima hija”, siguiendo a De Rivero, se planificó para que en su centro urbano tuviera solamente 6 millones de habitantes, pero distribuidos homogéneamente. Según ello, la urbe no debía comerse sus valles verdes, sino que se conservarían sin urbanizar las áreas del Chillón, de Lurín y algunas márgenes del río Rímac, que llegarían hasta Zárate. Todos estos campos iban a ser irrigados a través de canales que vendrían desde Marcapomacocha, en Junín.

Por lo demás, aunque la valorización del terreno sería más homogénea y no tan segmentada, la zona más cara sería la ribera del Rímac. El viento y la humedad serían controlados no sólo con las estructuras de las torres, sino con palmeras gigantes que aprovecharían la humedad del río. En contraste con lo que hoy ocurre, las viviendas de menor costo estarían en los suburbios de Surco y La Molina.

Sin embargo, esta ciudad tendría un gran potencial de densidad, y no sólo por crecer hacia arriba, sino porque en Ancón vivirían un millón y medio de personas y otro tanto en San Bartolo, lo cual sumaría en conjunto más de 9 millones de habitantes, sin contar los discontinuos urbanos entre Lima y Chosica.

“Se pensó en una ciudad donde se viviera en una zona, se trabajara en otra y se divirtiera los fines de semana en otra”, puntualiza De Rivero. Partiendo del Centro a Miraflores, en dirección a Barranco y Chorrillos, se erigiría una zona residencial, con grandes edificios en medio de parques, y desde muchos lugares se tendría una vista privilegiada del mar. No habría centros comerciales ni complejos de oficinas en dicha área. Por otra parte, la zona cercana al puerto del Callao, como la trazada por las avenidas Colonial y Argentina, sería efectivamente la zona industrial, pero no con la polución actual, “sino tal vez como una especie de Puerto Madero en Buenos Aires a partir de su remodelación”, refiere el urbanista.

Por el norte, toda la margen derecha del Chillón se habría mantenido verde, al igual que gran parte del actual San Martín de Porres. Ambas, conjuntamente con la zona del Naranjal, albergarían haciendas, parques y granjas adonde la gente iría a correr y pasear. De modo similar a muchas ciudades europeas, llegar de la ciudad al campo tomaría 10 ó 15 minutos. Todo ello se extendería hasta Puente Piedra, Carabayllo y las pampas de Ancón. Ahí comenzaría, nuevamente, la ciudad.

Hacia el sur el panorama no sería distinto. A San Bartolo, elegido como punto de quiebre por su particular forma de bahía, también se llegaría por discontinuos urbanos para no perjudicar los campos de cultivo, y quizá por Surco habría pequeñas villas donde se cultive uva para preparar cachina y pisco de manera artesanal.

Además, los hospitales, escuelas y universidades estarían estratégicamente distribuidos, sin que se tenga que recorrer grandes distancias para conseguir cualquiera de estos servicios. En el centro, los hospitales Arzobispo Loayza o Dos de Mayo, entre otros, habrían adoptado quizá los mismos nombres, pero su estructura sería de edificios mucho más grandes y con mejor capacidad de conglomeración. También la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la misma área, albergaría al doble de alumnado, y sin que se sienta saturación.

Pero no todo se quedaría en Lima, puesto que la “generación Belaunde” pensó impulsar polos industriales en Chimbote y en Pisco, los cuales serían articulados desde la capital; esto, obviamente, a través de una Panamericana amplia y con un sistema de transporte bien regulado. La idea del patriarca (recuérdese “el Perú como doctrina”) incluía su propia versión de las interoceánicas en dirección a la selva para así aprovechar el terreno racionalmente, como lo habían hecho los prehispánicos.

 

La Lima que es

¿Por qué no fue posible llevar a cabo la planificación de los cuarenta y de otros proyectos urbanísticos de los sesenta? En el libro inédito Lima 3.0 –o “Lima nieta”–, De Rivero y su equipo reúnen toda una historia de la lucha entre urbanistas y políticos, tanto ediles como del gobierno central. Así, en 1961, antes que ningún otro país del mundo, el Perú reconoce a la barriada como una forma válida de hacer ciudad. Pero hasta los ochenta y noventa se siguió dando licencias a los asentamientos espontáneos, siempre “por única vez”.

Curiosamente, una de las tesis del famoso arquitecto Daniel Libeskind afirma que la urbanística es más espontánea que determinista, cosa que también suscribe De las Casas. “La ciudad tiende a adaptarse a los cambios mucho más rápido que la planificación. Por eso, la urbanística ya no se entiende como estática”, puntualiza el ex ministro. Ello explicaría por qué el Estado brasileño ha tenido que invertir fuertes sumas para dar vida a su capital, Brasilia, una de las ciudades más planificadas del mundo.

Por otro lado, de ser cierta la tesis de Marx en el sentido de que el hombre piensa como vive, ¿cómo sería la idiosincrasia del limeño en el 2010 casi cinco siglos después de que Pizarro diseñara su vecindario? Probablemente, a partir de los sesenta se habría formado una clase media criolla, homogénea, de costumbres regulares y predecibles. La cultura sería más europeizada, aunque con una marcada influencia estadounidense, sobre todo a partir de los ochenta.

Sin embargo, las virtudes de una Lima así no llegan muy lejos. Ortiz de Zevallos afirma que la urbe criolla nunca tuvo una energía productora y progresista. Desde la colonia, la ciudad era más administrativa que industrial: dejó las máquinas y la producción para los países vecinos y la Ciudad de los Reyes se encargó de llevar la contabilidad, además de ser la sede de las órdenes religiosas y de otras instituciones. De modo que en la región hoy tendría baja capacidad competitiva y, en consecuencia, no se atraería las grandes inversiones que tiene ahora. “Lima debe a los inmigrantes la gran población joven y el vigor”, puntualiza Ortiz de Zevallos.

Por su parte, De Rivero manifiesta que lo paradójico es que una Lima planificada y ordenada, con todas las virtudes descritas, no necesariamente habría sido mejor. Es más: quizá ya sería muy obsoleta, puesto que “su virtud del orden le habría llevado al vicio de la resistencia al cambio”. Así, quizá no se habría renovado en sus gustos y tradiciones al ritmo que exigen las circunstancias, ni tampoco en su manera de relacionarse con el resto del Perú. Sería una ciudad en la que, por ejemplo, no se escucharía la cumbia y donde la comida no sería tan diversa; ahora, en cambio, todo el país está representado en Lima en ambos sentidos. Una urbe planificada, pues, no conocería las demás regiones, y en alguna medida se mostraría más excluyente e injusta. Y probablemente, los urbanistas de ahora tratarían de inducir al cambio y a la variedad, como lo hacen las ciudades europeas que pecaron de exceso de planificación y ahora –conscientemente o no– buscan la diversidad.

 

La Lima que podría ser

“¿Qué estará pasando en el Perú que los peruanos ya no vienen a España como antes?”. Josep María Rosanas, profesor del IESE Business School de la Universidad de Navarra, cuenta que ésa es la pregunta que le suelen hacer sus amigos cada vez que él viene al Perú en los últimos 12 años. “Y cada vez encuentro un edificio y una pista nueva”, añade. “Lo bueno de Lima es que ya no mira sólo a Estados Unidos ni a Europa: ahora se dirige a todo el mundo”, opina a su turno Etienne Cracco, profesor del Brussels Management School, otro visitante asiduo de la capital.

En un estudio reciente de IBM, se menciona que el concepto de estado-nación ya no es relevante para la geopolítica contemporánea. Más bien, ahora es la ciudad la que centraliza el poder y la influencia. El mismo informe desarrolla el concepto de smart city o “ciudad inteligente”, condición que depende de las capacidades de la población, del clima de negocios, la infraestructura vial, las telecomunicaciones y de la disponibilidad de recursos como el agua y la energía. Irving Wladasky, vocero de IBM, refiere que Lima necesita tener información precisa de sí misma en tiempo real: sólo así será competitiva.

¿Habrá dejado de ser Lima, pues, la “ciudad laberíntica” que describía Sebastián Salazar Bondy (Lima, la horrible) para convertirse en una que se orienta al concepto de smart city? ¿Cómo percibe la metrópoli el ciudadano promedio? En una encuesta de la Universidad de Lima se muestra la evolución de la percepción del ciudadano respecto de la capital: mientras que en el 2005 sólo el 36.2% pensaba que Lima había mejorado, en el 2010 esa percepción subió a 73.8%.

De cualquier forma, la “Ciudad de los Reyes, de los Chávez y de los Quispe” –como reza el libro de Rolando Arellano y David Burgos– tomó los valles por asalto. Ahora, la población capitalina asciende a 7.7 millones, lo que representa el 27% de la población nacional. Y quizá, aunque no se pueda planificar al cien por ciento, sí es el momento de empezar a inducir una urbe más creativa y competitiva.

 

 

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