La economía es una ciencia relativamente joven, cuenta con menos de 250 años. Por ello, es natural que se dé un proceso dinámico de continua renovación y reformulación de sus leyes y modelos, así como de cambios frecuentes en sus prioridades de investigación. En décadas recientes, por ejemplo, fue común que sus profesionales se formaran con libros de texto que minimizaban la importancia de las burbujas en la economía.
Al menos Wikipedia subsana dicho error, y describe a las burbujas como “un fenómeno en los mercados, parcialmente originado por la especulación, que produce una alza anormal y prolongada del precio de un activo o producto. Tal proceso induce a nuevos agentes a comprar, con el fin de vender en el futuro a un mayor precio, lo que provoca una espiral de alza continua e irracional. Cuando el precio del activo alcanza niveles absurdamente altos, la burbuja estalla (en inglés crash), debido al inicio de una venta masiva del activo cuando hay pocos compradores dispuestos a adquirirlo. Ello provoca una caída repentina y brusca de los precios, hasta niveles irracionalmente bajos, dejando tras de sí un reguero de deudas. Esto se conoce como crack. Tales burbujas tienen un impacto bastante negativo porque inducen a una inadecuada asignación de recursos. Asimismo, el crack con el que finaliza una burbuja suele destruir una gran cantidad de riqueza y puede ocasionar un malestar sostenido en el tiempo, como ocurrió con la tulipomanía holandesa, la Gran Depresión de los años 1930 y la burbuja inmobiliaria en Japón en los años 1990.”
En 1954, el estadístico Leonard Savage fue ampliamente celebrado por desarrollar los axiomas de la racionalidad. Ello permitió un gran avance metodológico en la teoría macroeconómica. Tales axiomas postulan que resulta razonable asumir que las personas actúan como si estuvieran siempre bien informadas; es decir, como si ellas conocieran las probabilidades de ocurrencia de todos los distintos eventos posibles y supieran efectuar con propiedad los cálculos requeridos para tomar siempre una decisión racional. En un mundo así, las burbujas no existirían.
De otro lado, Milton Friedman, mentor y coautor de Savage, escribió en 1963 una monumental historia monetaria de EEUU, en la cual demostró que la política monetaria fue el factor causante principal de la Gran Depresión de los treinta. Jeffrey Sachs y Ben Bernanke ampliaron luego los alcances del trabajo de Friedman. Así, la peor crisis económica del siglo XX fue predominantemente explicada con una teoría que también excluía a las burbujas. Como consecuencia de ello, la atención dedicada a este fenómeno en la investigación económica –bien sea en los más calificados departamentos académicos o en los diversos bancos centrales– ha sido muy limitada. La reciente crisis financiera, sin embargo, ha sido esencialmente la consecuencia de burbujas en muy diversos mercados: inmobiliarios, bursátiles, energéticos, así como de commodities.
En la última década, impulsada por la potencia creciente de las computadoras, el behavioral economics, la economía del comportamiento, ha resultado la disciplina más revolucionaria de la ciencia económica, una que impugna la validez universal de los axiomas de Savage. Por ejemplo, en su libro más reciente Animal Spirits, George Akerlof y Robert Schiller se refieren a cinco factores, ajenos a la racionalidad, que resultan muy influyentes en las decisiones económicas: la confianza, cuyo rol es fundamental; el sentido de justicia, que suele afectar, por ejemplo, a la fijación de salarios y al funcionamiento del mercado laboral; la corrupción y la mala fe, que ocasionalmente pueden perturbar de manera abrupta los mercados financieros; la ilusión monetaria, la propensión a ser engañados por la inflación; y, por último, las “historias”, las narraciones que engloban la cosmovisión de una cultura social y que incluye, obviamente, ideas económicas. Factores como éstos pueden explicar fenómenos que resultan inentendibles para economistas que siguen modelos ortodoxos.
En el mundo real, las personas casi nunca conocen las probabilidades de los eventos económicos futuros. El mundo en el que vivimos es uno en el cual las decisiones económicas son esencialmente ambiguas, porque el futuro no es nunca la repetición de un pasado cuantificable. Para la mayoría de las personas, incluso, el futuro es siempre “diferente”.
Asimismo, a través de experimentos recientes con la resonancia magnética, neurocientíficos de la Universidad de Duke han demostrado que aquellas decisiones económicas que involucran ambigüedad son incluso procesadas por distintas partes del cerebro y usando diferentes canales emocionales que en el caso de aquellas decisiones entre alternativas que resultan más claras y transparentes.
Y Shiller, en reciente artículo en The International Economy, se refiere a colegas suyos en Yale que vienen estudiando la tolerancia a la ambigüedad en las decisiones económicas de las personas. Así, una misma persona que, en mercados en alza, tolera ampliamente la ambigüedad, conforme los precios empiezan a caer, pasa a experimentar un creciente rechazo a la misma. Esta es una hipótesis con sentido, teniendo en cuenta que la autoconfianza probablemente esté correlacionada con el valor de las inversiones que se manejan, pero lo sorprendente que viene generando la economía del comportamiento son los estimados cuantificables de estas variables, lo que permitiría modelar los eventuales impulsos irracionales en el proceso de toma de decisiones.
Por cierto que los axiomas de la racionalidad siguen siendo válidos en muchos casos y para muchas cosas. Pero es obvio que la validez de su alcance fue extendido indebidamente para suponer, por ejemplo, un mundo real sin burbujas. Como éstas finalmente existen, transcurrirá un tiempo en que los investigadores se concentrarán en entenderlas y analizarlas. Sólo entonces podrán desarrollarse modelos que permitan a las autoridades monetarias entender mejor los riesgos de que una burbuja pueda descarrilar a cualquier economía y qué es lo que puede hacerse efectivamente para evitar un resultado así.
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