Piénselo otra vez

Las armas nucleares

Edición de Marzo 2010

La promesa de Barack Obama de liberar al mundo de bombas atómicas es una pérdida de tiempo. Pero no por las razones que usted puede imaginar.

Por John Mueller*

* Profesor de ciencias políticas en la Universidad Estatal de Ohio y autor de Obsesión atómica: alarmismo nuclear desde Hiroshima a Al Qaeda.

 

Nucleares_medium“Las armas nucleares constituyen la mayor amenaza para la humanidad”

NO. Pero usted podría pensarlo si escucha a los líderes mundiales en este momento. En su primer discurso ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el presidente estadounidense Barack Obama previno apocalípticamente: ”Sólo un arma nuclear que explote en alguna ciudad –sea Nueva York, Moscú, Tokio, Beijing, Londres o París– puede matar a cientos de miles de personas. Y desestabilizaría nuestra seguridad de mala manera, nuestras economías y nuestro mismo modo de vida”. Obama ha puesto el desarme nuclear otra vez sobre la mesa de una manera en que este tema no lo ha estado por décadas, al jurar perseguir un mundo libre de armas nucleares. Y, con un manojo de negociaciones de grandes tratados en su agenda de trabajo, parece que él cree que el 2010 se ha vuelto un año crítico.

Pero la conversación se apoya sobre presunciones falsas. Las armas nucleares son ciertamente los aparatos más destructivos que nunca se hayan fabricado, como nos lo recuerda Obama a menudo, y todos, desde los pacifistas a ultranza hasta los neoconservadores, parecen estar de acuerdo. Pero por más de 60 años ya todo lo que ellas han hecho es llenarse de polvo mientras los propagandistas y los alarmistas exageran la posibilidad de que ellas exploten –era una certeza que una explotaría en 10 años, proclamó autoritariamente C.P. Snow en 1960– y los metafísicos nucleares tejen teorías acerca de cómo ellas podrían desplegarse y apuntarse.

Las armas nucleares han tenido una inmensa influencia en las agonías y obsesiones del mundo, inspirando retórica desesperada, teorizaciones extravagantes y frenéticas posturas diplomáticas. Sin embargo, ellas han tenido un impacto actual muy limitado, por lo menos desde la II Guerra Mundial. Incluso los más ingeniosos pensadores militares han tenido dificultades en encontrar modos realistas en que los ingenios nucleares podrían convincentemente ser aplicados en el campo de batalla. Dejando de lado las consideraciones morales, es raro encontrar un objetivo que no pueda ser atacado igualmente bien con armas convencionales. En realidad, su mayor “uso” era detener a la Unión Soviética de instituir agresiones militares al estilo de Hitler, una quimera considerando la evidencia histórica que muestra que los soviéticos nunca tuvieron un interés genuino en hacer algo de ese estilo. En otras palabras, nunca hubo nada que detener.

En vez de eso, las armas nucleares no han hecho nada en particular, y precisamente eso lo han hecho muy bien. Ellas han tenido un éxito colosal en dilapidar el dinero. Un estudio acreditado de la Brookings Institution de 1998 mostró que Estados Unidos había gastado US$5.5 billones en armas nucleares desde 1940, más que en ningún otro programa salvo el Seguro Social. El gasto era aún más clamoroso en la Unión Soviética, que estaba hambrienta de efectivo.

Y eso no incluye la pérdida sustancial en que se incurre al requerir a legiones de talentosos científicos nucleares, ingenieros y técnicos a dedicar sus carreras a desarrollar y dar servicio a armas que han probado ser significativamente innecesarias y esencialmente irrelevantes. De hecho, la única parte útil de todo ese gasto ha sido lo gastado en ingenios, protocolos y políticas para prevenir que detonen esas bombas; gasto que, por supuesto, habría sido innecesario si ellas no hubieran existido.

 

“El plan de Obama de eliminar las armas nucleares es bueno”

NO NECESARIAMENTE.El plan de Obama, develado ante el mundo en un discurso en Praga en abril pasado representa un intento ambicioso de liberar al mundo de armas nucleares. Bajo el esquema del presidente estadounidense, los países en desarrollo tendrían acceso a un banco de combustible nuclear monitoreado internacionalmente, pero estarían prohibidos de producir material nuclear en grado de producción de armas nucleares. Las cabezas nucleares existentes se asegurarían, y las grandes potencias, tales como Rusia y los Estados Unidos, se comprometerían a reducir escalonadamente sus programas nucleares. En setiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución en apoyo de la propuesta de Obama, dando algún respaldo institucional a su masivo programa.

Pero todo esto es escasamente necesario. Las armas nucleares ya están desapareciendo, y los elaborados planes internacionales como los que empuja Obama no son necesarios para hacer que eso ocurra. Durante la Guerra Fría, los tratados negociados dificultosamente hicieron poco por acelerar la causa del desarme –y algunos esfuerzos, tales como el Acuerdo SALT de 1972, empeoraron la situación desde un punto de vista militar–. Con la reducción de tensiones después de la Guerra Fría, se ha declarado una especie de carrera de armas negativa, y las armas han estado desapareciendo más o menos por sí mismas a medida que los responsables de formular políticas han caído en la cuenta de que tener menos cosas inútiles es más barato que tener muchas de esas inutilidades. Para el 2002, el número de cabezas atómicas desplegadas en los arsenales de Rusia y Estados Unidos han bajado de 70,000 a alrededor de 30,000, y ahora apenas llegan a menos de 10,000. “El control real de las armas”, reflexionó apenadamente el ex secretario de estado adjunto para el control de armas Avis Bohlen en un ensayo el pasado mes de mayo, “se volvió posible sólo cuando ya no era necesario”.

En realidad, ambos lados han encontrado que las reducciones de armas eran más difíciles de lograr si se alcanzaban mediante explícitos acuerdos mutuos que requerían de exquisitos detalles y sutiles arreglos que se trabajaran para cada perno y tuerca que se abandonaba. En 1991, por ejemplo, los estadounidenses anunciaron que estaban reduciendo unilateralmente sus armas nucleares tácticas, y la Unión Soviética pronto los siguió. Un desarrollo alabado por una observadora acuciosa, la académica de Brown Nina Tannenwald, como “la movida más radical hasta el momento, para revertir la carrera armamentista” y una “dramática retirada de posturas nucleares ‘combativas’”.

Este “radical” y “dramático” avance se logró enteramente sin acuerdo formal alguno. En su mayor parte, el proceso formal de control de armas se ha quedado atrás tratando de ponerse al día con la realidad. Cuando el Senado de Estados Unidos en 1992 ratificó el tratado de reducción de armas, ambos lados se habían encaminado a reducir sus arsenales aún más de lo requerido por dicho acuerdo.

Francia también ha reducido unilateralmente su arsenal y muy sustancialmente, aunque explicar por qué Francia necesita armas nucleares esuna problematique merecedora de varias disertaciones impenetrables (¿quizá para amenazar a sus anteriores colonias, que de otra manera podrían abandonar el francés por el inglés?). Los británicos, también, están bajo presión política doméstica para reducir su arsenal nuclear a medida que forcejean con la pregunta de cuántos de sus envejecidos submarinos nucleares retener (¿y si fuera ninguno?). Y los chinos han construido muchas menos armas que las que podrían haber construido –ellos tienen en almacén sólo 180–.

Una carrera armamentista negativa es muy probable que sea tan caótica, lenta, cambiante, ambigua, autointeresada y potencialmente reversible como una positiva. Sin embargo, la historia sugiere que las reducciones de armas van a ocurrir si los negociadores de armas se mantienen fuera del camino. Los acuerdos formales de reducción de armas del tipo que Obama persigue, seguramente, van a aminorar el paso y rebalsar el proceso.

Pero todas las armas nucleares no van a desaparecer enteramente, sin importar el método que se utilice. La humanidad inventó esas armas, y van a seguir existiendo metafísicos nucleares tejiendo escenarios oscuros, teóricos, improbables y amedrentadores para justificar su existencia.

 

“Una explosión nuclear incapacitaría a la economía estadounidense”

SÓLO SI LOS ESTADOUNIDENSES LO PERMITEN. Aunque el anterior director de la CIA George Tenet insiste en sus memorias que una “nube atómica” podría “destruir la economía de Estados Unidos”, él nunca se da el trabajo de explicar cómo la destrucción instantánea y trágica de 3 millas cuadradas en algún lugar de Estados Unidos lograría llevar inexorablemente a la aniquilación económica nacional. Una explosión nuclear, digamos, en Nueva York –como Obama ha invocado sombríamente– sería obviamente una calamidad tremenda que llevaría a los mercados a tremenda turbulencia y causaría grandes dificultades económicas. ¿Pero extinguiría al resto del país? ¿Dejarían de sembrar los campesinos? ¿Cerrarían sus líneas de producción los industriales? ¿Se evaporarían todas las estructuras de negocios, de gobierno y los grupos comunitarios?

Es altamente improbable que los estadounidenses reaccionen ante una explosión atómica, al margen de cuán desastrosa sea, inmolándose ellos y su economía. En 1945, Japón sobrevivió no sólo a dos ataques nucleares, sino al intenso bombardeo convencional en todo el país. La horrenda experiencia no lo destruyó como sociedad, ni incluso a su economía. Tampoco el persistente –aunque no nuclear– terrorismo en Israel ha causado la desaparición del Estado –ni lo ha hecho abandonar la democracia–.

Incluso la noción de que un acto de terrorismo nuclear pudiera hacer que la población perdiera confianza en su gobierno es negada por la traumática experiencia del 11 de setiembre del 2001, cuando paradójicamente la confianza expresada por la población en los líderes de América se incrementó notablemente. Y eso contradice décadas de investigación de desastres que documentan cómo se incrementa el comportamiento socialmente responsable en esas condiciones –lo cual se volvió a demostrar en la respuesta de aquellos que evacuaron el World Trade Center el día de los atentados–.

 

“Los terroristas podrían apoderarse de las armas nucleares abandonadas de Rusia”

ESO ES UN MITO.Se ha afirmado sobria y repetidamente, a través de Graham Allison, de Harvard, y de otros que Osama Bin Laden dio a un grupo checheno US$30 millones en efectivo y 2 toneladas de opio a cambio de 20 cabezas nucleares. También existe el “informe” acerca de cómo Al Qaeda adquirió una maleta-bomba nuclear hecha en Rusia de fuentes de Asia Central que tenía el número de serie 9999 y que podía hacerse explotar por medio de un teléfono móvil.

Si estos rumores que llaman la atención fueran ciertos, se podría pensar que un grupo terrorista (o sus supuestos proveedores chechenos) habrían intentado hacer explotar una de esas cosas hasta ahora, o que Al Qaeda habría dejado algún trazo o pista de las armas en Afganistán después de que se escapó apuradamente de allí en el 2001. En lugar de eso, nada. Parece ser que lograr tener entre manos una bomba nuclear que funcione es, en la actualidad, muy difícil.

En 1998, un año cumbre para esas historias de armas nucleares sueltas, el jefe del Comando Estratégico de Estados Unidos hizo varias visitas a las bases militares rusas y comentó con toda claridad lo siguiente: “Quiero desechar, de una vez, todas esas preocupaciones de que hay armas nucleares sueltas en Rusia. Mis observaciones son que los rusos se preocupan muy seriamente acerca de la seguridad”. Los físicos Richard Garwin y Georges Charpak han reportado, sin embargo, que este fuerte testimonio de primera mano no persuadió a la comunidad de inteligencia “quizá porque ella (tenía) acceso a variadas fuentes de información”. Una década más tarde, y careciendo de informes creíbles acerca de armas rusas robadas, parece que el general tenía la razón –y no los espías–.

De acuerdo con todos los informes (incluyendo los de Allison), las armas nucleares rusas se han vuelto incluso más seguras en años recientes. No se necesita ser un científico especialista en cohetes para concluir que cualquier arma nuclear robada en Rusia más probablemente detone en la Plaza Roja que en Times Square. Los rusos aparentemente no han tenido dificultad alguna en aprehender este principio fundamental de la realidad.

Hacer detonar un arma nuclear robada podría incluso ser imposible, fuera de la serie de televisión 24 y de las películas de desastres. Las bombas terminadas son equipadas, por rutina, con ingenios que llevan a una explosión no nuclear para destruir la bomba si ésta es manipulada por extraños. Y, como enfatiza Stephen Younger, ex director de investigación y desarrollo de armas nucleares en el Laboratorio Nacional estadounidense Los Alamos, en Nuevo México, sólo muy poca gente en el mundo sabe cómo causar una detonación no autorizada de un arma nuclear. Incluso los diseñadores de armas y el personal de mantenimiento desconocen los múltiples pasos necesarios. Adicionalmente, algunos países, incluyendo Pakistán, almacenan sus armas desarmadas, con las piezas en bóvedas seguras y separadas.

 

“Al Qaeda está buscando obtener capacidad nuclear”

PRUÉBELO. Al Qaeda puede haber tenido algún interés en armas atómicas y otras armas de destrucción masiva (ADM). Por ejemplo, un hombre que se salió de Al Qaeda luego de ser sorprendido robando US$110,000 de la organización –”un bandido atrayente, con fijación por el dinero, al que le gusta complacer”, como describió a Jamal al-Fadl el agente del FBI que lo entrevistó– ha atestiguado que los miembros intentaron comprar uranio a mediados de los años noventa, aunque los engañaron y compraron material falso. Hay incluso informes de que Bin Laden tuvo “discusiones académicas” acerca de ADM en el 2001 con científicos nucleares pakistaníes que no sabían realmente cómo construir una bomba.

Pero la invasión de Afganistán parece haber cortado las piernas de cualquier esquema de ese tipo. Como sostiene la analista Anne Stenerson, evidencia sacada de un computador de Al Qaeda abandonado en Afganistán cuando el grupo se retiró apuradamente indica que sólo unos US$2,000 a US$4,000 se habían asignado a investigar ADM y que ese monto estaba dirigido mayormente a trabajo muy elemental en armas químicas. Para compararlo, ella sostiene que el grupo terrorista milenarista japonés Aum Shinikiro parece haber invertido US$30 millones en su programa de manufactura de gas Sarin. Milton Leitenberg del Centro Internacional y de Estudios de Seguridad en la Universidad de Mayland-College Park, cita a Ayman al-Zawajiri como afirmando que el proyecto era “tiempo y esfuerzo malgastado.”

Incluso el ex inspector David Albright, de la Comisión de Energía Atómica Internacional, quien está más impresionado con la evidencia encontrada en Afganistán, concluye que cualquier esfuerzo atómico de Al Qaeda estuvo “seriamente descarrilado”–o en realidad abortado desde el inicio– por la invasión de Afganistán en el 2001, y que después de la invasión la “chance de Al Qaeda de detonar un explosivo nuclear parece muy baja cuando se reflexiona sobre ella.”

 

“Fabricar una bomba es juego de niños”

DIFÍCILMENTE.Un editorialista de Nature, la respetada revista científica, aplicó dicha caracterización a la manufactura de bombas de uranio en oposición a bombas de plutonio, en enero pasado; pero incluso eso parece ser una exageración absurda. Younger, el ex director de investigación de Los Alamos, ha expresado su asombro ante la manera en que autodenominados expertos en armas nucleares, ”muchos de los cuales nunca han visto una verdadera arma nuclear”, continúan sosteniendo “cuán fácil es manufacturar un explosivo nuclear funcional”. Él añade que “el uranio es excepcionalmente difícil de maquinar y que el plutonio es uno de los metales más complejos que se han descubierto, un material cuyas propiedades básicas son sensibles a exactamente cómo se están procesando”. Se requiere tecnología especial, e incluso el arma más simple requiere tolerancias precisas. Se puede adquirir información acerca de la idea general de construir una bomba en línea, pero ninguna información, dice Younger, es suficientemente detallada para permitir “el ensamblaje seguro de un explosivo nuclear real”.

La falla en la apreciación de los costos y las dificultades de un programa nuclear han llevado a masivas sobreestimaciones de la habilidad de fabricar armas nucleares. Como la Comisión Silberman-Robb del 2005 que investigó las fallas de inteligencia que llevaron a la guerra de Irak apuntó, “es un error analítico fundamental” equiparar “la actividad de aprovisionamiento con la capacidad de producir sistemas de armas”. Es decir, “simplemente porque un Estado pueda comprar partes, no significa que las pueda juntar y hacer trabajar”.

Por ejemplo, después de tres décadas de labor y con más de US$100 millones en gastos, Libia fue incapaz de progresar de manera alguna hacia una bomba atómica. En realidad, gran parte del material nuclear del país, entregado luego de que abandonó su programa, estaba todavía en sus cajas originales.

 

“Las armas nucleares iraníes y norcoreanas son intolerables”

NO, SALVO QUE SOBRERREACCIONEMOS.Corea del Norte ha estado buscando lograr capacidades nucleares por décadas y ahora ha logrado llevar a cabo un par de ensayos nucleares que parecen haber sido meras luces de bengala. Igualmente, ha lanzado unos cuantos cohetes que aparentemente han llegado a impactar en su presunto objetivo, el Océano Pacífico, con mortal puntería. Podría hacer mucho más daño en el área con su artillería.

En tanto, si los iraníes quiebran su solemne promesa de no desarrollar armas nucleares (quizá en la eventualidad de un ataque aéreo israelí o de Estados Unidos sobre sus laboratorios), ellos van a encontrar, con toda seguridad, como todos los demás países en nuestra era nuclear, que ese desarrollo ha sido una pérdida de tiempo (le llevó a Pakistán 28 años) y esfuerzo (¿acaso Pakistán está más seguro hoy con toda su paranoia acerca de la India y el incremento de la amenaza jihadí?).

Más aún, Irán muy probablemente va a “utilizar” cualquier capacidad nuclear del mismo modo que todos los otros estados nucleares lo han hecho: por prestigio (o sea, para masajear su ego) y para detener. En realidad, como el estratega y laureado premio Nobel Thomas Schellling sugiere, detener es casi el único valor que las armas podrían tener para Irán. Esas inventivas, apunta, “deben ser demasiado preciosas para regalar o vender”, y también demasiado preciosas para "malgastarse" matando gente, cuando ellas deben orientarse a hacer reflexionar a otros países respecto de “dudar al considerar llevar a cabo una acción militar”.

Si un Irán nuclear empieza a blandir sus armas para intimidar a otros o para lograr su voluntad, es muy probable que encuentre que aquellos que se sienten amenazados, en vez de capitular o apurarse por construir un arsenal equivalente, se alíen con otros (incluso hasta con Israel) para enfrentar la intimidación. La idea popular de que las armas atómicas conceden a un país la habilidad de “dominar” su área tiene poco o ningún apoyo histórico –en general, las amenazas nucleares de los últimos 60 años han sido ignoradas o se han dado de bruces con medidas contrapuestas de oposición, no con temerosa aquiescencia–. Fue la fuerza militar convencional –los soldados y los tanques, no las armas nucleares- la que le mereció a Estados Unidos y Rusia sus respectivas esferas de influencia durante la Guerra Fría.

En su campaña del 2008, Obama prometió que como presidente él “haría todo lo que estuviera a su alcance para impedir que Irán obtuviera una arma nuclear... Todo”. Esperemos que no: las sanciones antiproliferación impuestas a Irak en los años noventa probablemente llevaron a más muertes que las bombas en Hiroshima y Nagasaki, y lo mismo se puede decir acerca de la guerra en curso en Irak, vendida como un esfuerzo para eliminar las armas nucleares de Saddam Hussein. No hay nada intrínsecamente malo en hacer de la no proliferación una prioridad alta, siempre y cuando ella sea coronada por algo más alto: evitar políticas que puedan llevar a la muerte de decenas o centenas de miles de personas bajo el obsesivo influjo de escenarios fantasiosos de el-peor-de-los-casos.

Obama ha logrado mucho en su primer año como presidente en materia de política exterior mediante una reducción de la retórica, fomentando la apertura hacia la consulta y la cooperación internacional, y ayudando a reconsiderar la imagen de Estados Unidos como un arrogante y amenazante cañón suelto. Eso es, ciertamente, algo sobre lo cual se puede construir en un año o dos.

Forjar acuerdos de reducción de armas nucleares, en especial con los rusos, puede continuar el proceso. Aunque ésos son, en su mayor parte, esfuerzos por sentirse mejor que en realidad impiden el paso natural de las reducciones de armas nucleares, hay algo que decir respecto de sentirse bien. Reducir las armas que tienen poco o ningún valor puede no ser terriblemente sustantivo, pero es uno de esos gestos que pueden producir consecuencias positivas en el ambiente –y algo que puede aparentemente justificar ciertos premios Nobel–.

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La confrontación con Irán y Corea del Norte sobre sus prospectivas o actuales armas nucleares es más problemática. Obama y la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, ya han contribuido ampliamente a la histeria que se ha vuelto moneda común dentro del establishment de la política exterior sobre este tema. Está muy bien aplicar la diplomacia y la coima en un esfuerzo por disuadir a esos países de que prosigan programas de armas nucleares: de hecho, les estaríamos haciendo un favor. Pero, aunque puede ser considerado un herejía decirlo, el mundo puede vivir con un Irán y una Corea del Norte nucleares, de la misma forma en que ha vivido ya 45 años con una China nuclear, un país alguna vez considerado el villano supremo. Si eventualmente el desliz se vuelve empujón en este terreno, la solución será una solución familiar: establecer estrategias ordenadas de contención y detención y evitar la tentación de dar palos de ciego ante amenazas fantasmas.

 

Reproducido con el permiso de Foreign Policy ° 177 (enero/febrero 2010), www.foreignpolicy.com. Copyright: 2010 Washington Post. Newsweek Interactive LLC.

 

 

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