Piénselo otra vez

China: ¿el más contaminante?

Edición de Mayo 2010

China está mucho más comprometida con el medio ambiente de lo que se cree, pero todavía puede –y le conviene– hacer mucho más frente al cambio climático.

Por Augusto Townsend K.

 

“China es el mayor emisor de CO2 del mundo”

DEPENDE DE CÓMO SE MIDA. La sabiduría convencional señala que China ya sobrepasó a EEUU como el mayor emisor de CO2 a nivel global, lo cual lo convertiría en el principal país contribuyente al cambio climático. Para buena parte de la prensa occidental, esto equivale a decir que el gigante asiático es el principal “villano” en materia de calentamiento global.

Pero lo anterior sólo es cierto si las emisiones de CO2 se miden en función de sus fuentes productoras (chimeneas, tubos de escape, deforestación, etc.), y ésta no es la única forma de medirlas. Por ejemplo, una forma alternativa que ha empezado a discutirse en ambientes académicos e incluso gubernamentales consiste en medir las emisiones asociadas a los productos y servicios que se consumen en un país, sin importar de dónde provengan éstos.

Véase qué pasa con China si se hace este último cálculo. Según un influyente artículo publicado por los científicos Steven Davies y Ken Caldeira en Proceedings of the National Academy of Science (la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos), China “dejó de emitir” 381 millones de toneladas de CO2 al importar productos en lugar de fabricarlos localmente en el 2004 (ésta es fecha más reciente a partir de la cual se pueden hacer estos cálculos). En sentido inverso, China “exportó” ese año 1,490 millones de toneladas de CO2 a otros países donde se consumieron sus productos. Por tanto, sus “exportaciones netas” de CO2 fueron de 1,109 millones de toneladas.

Para tener una idea de la magnitud de esto, Tao Wang y Jim Watson, del Sussex Energy Group, explican que tal cifra representa el 23% del total de las emisiones chinas, es decir, casi el equivalente a las emisiones de Japón o cerca de las de Alemania y Australia sumadas. The Economist lo describe de esta otra manera: es como tener 500 centrales eléctricas de 1,000 MW en China que exportan toda su electricidad a países vecinos, pero cuyas emisiones de CO2 se siguen contando dentro del país.

Ahora, si este cálculo de emisiones asociadas al consumo se hace a nivel global, el resultado es que EEUU sigue siendo el principal emisor de CO2 en el mundo (y lo seguirá siendo por mucho tiempo), mientras que las emisiones de los países europeos suben también en aproximadamente un tercio y las de China caen considerablemente. Nótese, por ejemplo, que de las 19.1 toneladas de CO2 que se emiten per cápita en Estados Unidos, 10.3 toneladas son “importadas”.

Detrás de todo esto está un fenómeno conocido como “leakage” (fuga), que consiste en la recolocación de las industrias contaminantes en países como China por el incremento de los estándares medioambientales en los países occidentales. Algunos académicos señalan que este fenómeno se explica también por los menores costos de mano de obra, el crecimiento mismo de los mercados emergentes, la globalización de las rutas logísticas y, en el caso chino, por la subvaluación de su moneda, que impulsó su modelo exportador. No puede decirse, por tanto, que China es una “víctima” de este fenómeno (ha sustentado su vertiginoso crecimiento económico en él). Pero lo que sí podría argumentarse es que la principal responsabilidad de enfrentar el cambio climático sigue estando en los países desarrollados, cuyo estilo de vida se sostiene en actividades contaminantes que no se realizan en sus propios vecindarios, sino que se tercerizan a los países en desarrollo.

 

“China no tiene mucho que perder por el cambio climático”

TODO LO CONTRARIO.El Premio Nobel de Economía Robert Fogel publicó un artículo en la edición de enero/febrero de Foreign Policy en el cual decía que el crecimiento económico de China en los próximos años sería mucho mayor al que se proyecta. Según sus cálculos, el PBI chino alcanzaría los US$123 billones en el 2040 y, aunque no superará el PBI per cápita estadounidense de ese momento, su participación en el PBI global será de 40%, frente a 14% de EEUU y 5% de la Unión Europea. Como diría Chris Patten, el último gobernador británico de Hong Kong, esto no sería una sorpresa para China, pues ésta ha tenido la economía más grande del planeta en 18 de los últimos 20 siglos.

Sin embargo, esa misma opacidad de la realidad china en la cual Fogel se basa para decir que su crecimiento económico estaría subvaluado podría estar ocultando también la magnitud de sus problemas ambientales. Recuérdese, en ese sentido, que China no sólo es un país sin libertad de prensa, sino que además su gobierno es poco propenso a ventilar internacionalmente sus propias penurias. Ejemplo de ello fue el terremoto de Sichuan del 2008, cuyos estragos se manejaron inicialmente lejos de la cobertura mediática internacional hasta que ello ya no fue posible. 

Pero yendo concretamente a los efectos del cambio climático, parece que China tiene mucho que perder, más allá de su reticencia a comunicarlo. Según señalan Yuhan Zhang y Lin Shi en Energy Vision (la revista de energía de la Universidad de Columbia), el nivel del mar ha venido incrementándose en 2.6 milímetros por año en las costas chinas durante los últimos 30 años, lo cual ha deteriorado la infraestructura del país y su disponibilidad de agua y otros recursos naturales. Asimismo, las lluvias han visto disminuciones de entre 30% y 80% (comparadas con los promedios de largo plazo) en las provincias del norte, este y sur de China. En el caso de las provincias de Yunnan, Guizhou y Guanxhi, la caída desde marzo del 2010 ha sido de entre 70% y 90% respecto de las precipitaciones registradas en el año previo.

Todo esto ha hecho que se vean afectadas más de 21 millones de hectáreas cultivadas entre el 2004 y el 2008, y el costo económico directo ha sido equivalente al 1.1% del PBI chino, según su Academia de Ciencias Agrícolas. Esto se ha traducido en un impacto directo en los niveles de ingresos de las familias rurales. Así, de acuerdo con Yuhan y Lin, la sequía extrema del 2007 en el noreste de China ocasionó reducciones de 50% en los ingresos agrícolas de 25 millones de chinos.

Por tanto, el riesgo de una revuelta rural por este tipo de acontecimientos vinculados al cambio climático es motivo suficiente para que el gobierno chino lo tenga entre sus prioridades. Y, por si eso fuera poco, también están los problemas de seguridad energética que tiene China (Perú Económico febrero 2007). Según Michael Rodgers, de PFC Energy, China podrá mantener su producción petrolera en entre 3.6 millones y 4 millones barriles de petróleo por día (bpd) durante buena parte de esta década, pero luego, hacia el 2020, caería a cerca de 1 millón de bpd. El incentivo para luchar contra el cambio climático, por tanto, es doble: evitar los impactos (que ya ha empezado a sentir) y asegurar el desarrollo de fuentes de energía locales que le permitan apalancar su crecimiento económico.

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“China está atrasada en la lucha contra el cambio climático”

MÁS BIEN, ESTÁ A LA DELANTERA. Es cierto que una de las alternativas a las cuales ha recurrido China para asegurar su abastecimiento de energía es la instalación de centrales a carbón –se dice, incluso, que pone en marcha dos por semana–. De hecho, pese a tener una de las mayores reservas de carbón en el mundo, el gobierno chino acaba de suscribir un contrato de US$60,000 millones con un proveedor australiano para abastecerse de carbón por 20 años. Por tanto, aun cuando haya construido la emblemática central hidroeléctrica Las Tres Gargantas –la más grande del mundo–, el carbón –enemigo declarado en la lucha contra el cambio climático– seguirá presente en la generación eléctrica china por varias décadas más.  

Sin embargo, esto no debe ocultar un importante suceso que se consolidó el año pasado: desde el 2009, China es el país que más invierte en “energías limpias” (eólica, solar, biomasa, entre otras) en el mundo, y por lejos. Según el reporte “Who’s Winning the Clean Energy Race?”, elaborado por The Clean Energy Economy y The Pew Charitable Trusts, China invirtió US$34,600 millones el año pasado en energías limpias, mientras que EEUU sólo invirtió US$18,600 millones y el Reino Unido, US$11,200 millones. Ello le permitió a China doblar su capacidad eólica respecto del 2008, y estar, por ende, bien posicionada para alcanzar su meta de tener 30 GW eólicos para el 2020. De hecho, se ha propuesto para la misma fecha tener otros 30 MW de generación con biomasa y 1.8 GW de capacidad solar.

China también viene avanzando aceleradamente en el ámbito de la energía nuclear. Así, en el 2004 le compró cuatro reactores nucleares a Westinghouse, y tiene planes para instalar otras 28 centrales nucleares. Pero el aspecto más relevante de este deal no es la compra de las centrales en sí, sino el acuerdo al cual ha llegado el gobierno chino con Westinghouse para que ésta realice una transferencia de know-how tecnológico, lo cual podría permitirle a China desarrollar su propia industria nuclear.

Ahora, estas inversiones en energías limpias no han estado libres de obstáculos. Según Elizabeth C. Economy, directora de Estudios Asiáticos del Council on Foreign Relations, el 20% de la capacidad eólica china no opera aún por no estar conectada a la red eléctrica o por un exceso de capacidad. De igual modo, un estudio del Lawrence Berkeley National Laboratory, McKinsey & Co y Qinghua University refiere que a China todavía le falta trabajar mucho si lo que quiere es reducir el rol de las industrias intensivas en energía en su PBI. Aun así, lo que no puede negarse es que –como dice Economy– la lentitud que caracteriza al gobierno chino en las negociaciones internacionales sobre cambio climático contrasta notablemente con su avidez para alzarse como el ganador en la carrera por ser el principal proveedor global de tecnología de energías limpias.

 

“China no quiere dar su brazo a torcer en las negociaciones internacionales”

YA LO HA HECHO. El resultado de la Cumbre de Copenhague de diciembre pasado fue el escueto “Acuerdo de Copenhague” que –conforme dicen algunos testigos– se logró luego de que Barack Obama, presidente de EEUU, irrumpiera sin invitación a una reunión donde estaban las cabezas del denominado grupo BASIC (Brasil, Sudáfrica, India y China). Según se ha reportado, Obama pidió tres cosas: que se adoptara el 2020 como año en el cual las emisiones de CO2 alcanzarían su pico; que se comprometieran reducciones de emisiones de 50% para el 2050; y que se estableciera un sistema de monitoreo y verificación para estos objetivos. De los tres planteamientos, los BASIC sólo habrían aceptado el último, y parcialmente.

Esto ha llevado a que se califique a China particularmente como el país que “boicoteó” las negociaciones de Copenhague (el secretario de Energía del Reino Unido lo dijo textualmente en un artículo en The Guardian). No obstante, en Copenhague ocurrió un gran cambio que pocos han notado: el grupo BASIC, con China a la cabeza, dejó de lado el argumento de la “responsabilidad histórica” de los países desarrollados, el cual señala que han venido contaminando desde mucho antes para poder apalancar su propio crecimiento económico. Es decir, el planteamiento de los BASIC ya no consiste en que deben ser los países desarrollados los únicos que hagan esfuerzos por combatir el cambio climático, sino que han reconocido su responsabilidad individual (lo que le generó un problema al enviado climático indio, por ejemplo, cuando tuvo luego que enfrentar a su parlamento). Esta postura es distinta a la que típicamente venía teniendo el gobierno chino, que se oponía a todo tipo de compromiso –incluso voluntario– por el miedo a que éste diera pie a mayores exigencias en el futuro inmediato.

Esta vez, los compromisos de China han sido incluso más tangibles que los de EEUU: reducir el ratio de emisiones de CO2 por unidad del PBI en entre 40% y 45% para el 2020 (respecto de niveles del 2005), incrementar su parque de energías renovables en 15% y aumentar la cobertura de bosques en 40 millones de hectáreas. Pese a que China ha sido el principal beneficiario del Mercado de Desarrollo Limpio vinculado al Protocolo de Kyoto (ha recibido la mitad –US$1,000 millones– de los fondos colocados), parece haberse resignado también a no ser uno de los receptores de los fondos para adaptación que también se establecieron en el Acuerdo de Copenhague.

Esto parece indicar que la posición china ha dejado de ser obstruccionista, pero no necesariamente implica que los compromisos chinos sean los ideales. Según Michael A. Levi, especialista en temas energéticos y ambientales del Council on Foreign Relations, el problema con las propuestas chinas no es que no vayan a generar reducciones de emisiones, sino que no se apartan de la trayectoria actual (business-as-usual) del país. De acuerdo con Levi, la meta de reducir la intensidad del carbono por unidad de PBI podría cumplirse aun cuando las emisiones de CO2 de China aumenten en un 40% hasta el 2020. Es más, si se tienen en cuenta los esfuerzos realizados por China en el período 2005-2010, lo que tendría que hacer el gigante asiático de acá al 2020 sería mucho menos ambicioso de lo que ha venido haciendo en los cinco años previos.

Desafortunadamente, esto no distingue a China de otros países –incluso los europeos–, sino que sólo confirma una realidad global: los compromisos medioambientales podrían ser muy mayores a los que se han propuesto en el marco del Acuerdo de Copenhague. Así las cosas, bien podría ser la propia China la que muestre con el ejemplo –y para bien de sus propios ciudadanos– que se puede ir más allá del “business-as-usual”.

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