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La Crisis Europea y sus efectos

Edición de Junio 2010

Cuando la crisis financiera estalló en EEUU, muchos europeos abrigaban la esperanza de que ella sólo los afectaría marginalmente. Algunos, incluso, presumían que la debacle de las hipotecas basura en Norteamérica podía hasta beneficiar relativamente a Europa y a su modelo de organización regional. Pronto, sin embargo, resultó evidente que los bancos europeos estaban tan cargados de activos tóxicos como los norteamericanos. Y, como lo revela la situación reciente en Grecia, el marco de la Comunidad Europea y las naturales exigencias de una moneda única genera una complicación adicional para superar esta crisis financiera.

         Como relata George Friedman en un informe de Stratfor, la crisis en Europa se ha dado en tres fases: En primer lugar, como en EEUU, como consecuencia de la intoxicación de instrumentos derivados en los que sus bancos habían invertido; tal vez con el agravante de que, en muchos casos, ni siquiera sabían dónde quedaban las ciudades donde se ubicaban las inversiones inmobiliarias cuyas hipotecas respaldaban.  Una segunda fase tuvo una causa más propiamente europea, las  colocaciones en el sistema financiero de los países de Europa del Este. Así, por ejemplo, el sistema financiero checo resultaba un acreedor muy significativo de los bancos austriacos y de los italianos. Y en Europa del Este (en aquellos países aún no integrados al euro), muchos préstamos fueron denominados en yenes, francos suizos o euros, y no en sus monedas respectivas, por la ventaja de reducir las tasas de interés nominales y volverlos más atractivos, pero al costo oculto de transferir el riesgo cambiario a los clientes. Cuando tales monedas empezaron a devaluarse, el descalce generó una explosión de moras en cadena. Y la Comunidad Europea –liderada por Alemania– se resistió a apoyar a los sistemas financieros de tales países. Convocó más bien al FMI, para que con dinero no sólo europeo sino también proveniente de EEUU y China, se impidiera una cesación de pagos.

         La tercera fase ha sido consecuencia de la natural preocupación por la solvencia de la deuda soberana en países ya integrados al euro: Grecia, en primer lugar, pero también eventualmente Portugal y España. Y, en estos casos, el gobierno alemán volvió a arrastrar los pies hasta que pudo nuevamente comprometer al FMI en el acuerdo.

         Ello porque si bien la élite alemana acepta como inevitable el auxilio a Grecia, el alemán promedio está en contra. Así como la mayoría de la élite en Grecia probablemente reconozca la inevitabilidad del ajuste, pero la población menos enterada y educada lo considera resultado de un intervencionismo de fuera y un atentado contra la soberanía griega. En estos países del Mediterráneo en problemas, la Comunidad Europea puede empezar a ser vista como el problema más que como la solución.  

         El acuerdo de rescate de Grecia implica un ajuste verdaderamente dramático. El gobierno griego no sólo acepta reducir significativamente su muy elevado déficit público sino también efectuar, en el curso del próximo mes, no menos de diecisiete cambios específicos en su legislación así como en su presupuesto público. Entre ellos, por ejemplo, reducir las gratificaciones de Navidad del sector público y sus pensionistas, aumentar los impuestos a la gasolina, al tabaco y a las bebidas alcohólicas; así como reducir el costo operativo de los gobiernos locales y simplificar las reglas para establecer nuevos negocios.

         Pero el ajuste no termina en el “paquete” inmediato. Para setiembre 2010, Grecia deberá cumplir con otros nueve requisitos adicionales, entre ellos una reforma de pensiones que eleve la edad de jubilación de un promedio de 61 años a un mínimo de 65 años. El gobierno tiene hasta fines de año para cumplir con doce medidas adicionales, como el uso mandatorio de medicinas genéricas en el sistema estatal de salud. Y hay otras tantas normas que deben aprobarse antes de marzo 2011, junio 2011 y setiembre 2011. Si Grecia quiere recibir el respaldo de Europa, su gobierno debe aprobar todos y cada uno de estos requerimientos.

         En décadas anteriores, los programas del FMI con países en desarrollo eran redactados en lenguaje más respetuoso y circunspecto. Tal vez ello se debía a que las maneras de la tecnocracia francesa del FMI pueden ser más sutiles que las de la tecnocracia alemana. En el texto de la Comunidad Europea, en cambio, se lee brutalmente: “Grecia deberá…”.

         En el curso de la historia moderna, Grecia ha sufrido etapas de ocupación extranjera, el imperio otomano, primero; el nazismo alemán después. Actualmente, algunos de sus grupos políticos vienen convocando a una resistencia contra lo que consideran un intervencionismo europeo. En Grecia hay poca conciencia tributaria. En Atenas, sólo 364 contribuyentes declaran tener piscina en sus casas, cuando las fotos satelitales demuestran que la ciudad cuenta con 16,974 piscinas privadas. Si la inevitable reforma tributaria requerida para reducir el déficit fiscal fuera considerada una intromisión extranjera, ¿sería ésta finalmente aceptada por la mayoría de los ciudadanos griegos? ¿Enfrenta Europa un problema económico o un problema político?         

         Como en EEUU –donde la opinión política está disgustada, no sin razón, con la élite financiera– en Europa también hay una crisis de legitimidad. El curso de la crisis en EEUU resulta más predecible. Se aprobará pronto un sistema más estricto y exigente de regulación y control para el sistema financiero. La evolución probable de la crisis europea es más incierta porque pone a prueba la legitimidad misma de la Comunidad y de la élite multinacional que la dirige.

 

         Los mercados –Adam Smith lo reconocía bien– no constituyen instituciones naturales sino el resultado de decisiones políticas. Es el sistema político el que crea la asignación del riesgo que permite su funcionamiento. Cuando pareciera que tales sistemas no cumplen con el objetivo de converger con el bienestar general, sus consecuencias no son sólo financieras y económicas, sino también políticas y regionales.

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